El asesino, es el mayordomo

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 Las doce de la noche.

Un grito retumba por el ala este de una mansión de la época victoriana. 

Un asesinato.

Un asesinato en una casa con dinero, mucho dinero.

Está claro, ¿verdad?

El asesino, es el mayordomo.

Pero, sin embargo, a veces las cosas no son lo que aparentan.

Mi nombre es Anne Matthews. Sí, soy la hija pequeña de el señor y la señora Matthews, Henry y Beatrix. Mi hermana, Emily, es dos años más grande que yo. Vivimos en las afueras de Londres, en una gran mansión. A nuestro servicio se encuentran un gran numero de mayordomos y sirvientas. En ellos cabe destacar a Edward, nuestro mayordomo más fiel, y a la vez más egocéntrico y Marianne, sirvienta que se encuentra a mi cargo y, por ello, la única persona en la que puedo confiar en esta casa. Mi padre es un gran hombre de negocios, que ha conseguido alzarse en riquezas cuando apenas era un chiquillo de doce años, un año posterior a la muerte de mis abuelos paternos, que fallecieron en un incendio producido en su anterior casa. Mi madre era una de las jovenes más guapas y deslumbrantes de la ciudad y las afueras, y todos los hombres matarían por estar con ella. La gente dice que mi madre es lista, pero no lo es. Se casó con mi padre por el dinero que él le prometía una vez fuese su esposa, pero no era una relación sana, no era la opción correcta. Toda niña sueña con encontrar al amor de su vida, y mi madre deshechó ese gran sueño por un bulgar fajo de billetes.

Pero nunca es tarde para soñar, ¿no?

Aquella noche el chillido de un hombre me despertó de golpe. Me incorporé y, con el pulso a cien, escuché atentamente. La mansión tiene tres espacios principales. La planta baja, donde se encuentran las cocinas, las salas de té y demás estancias; el ala este, donde residen los empleados de la casa y el ala oeste, donde encontramos las habitaciones de los miembros de la família Matthews y una para nada humilde habitación de invitados. Aquel grito retumbó en el ala este, por lo que lo escuché bastante difuminado. Aún así fue lo suficientemente fuerte como para saber que algo iba mal. Me levanté de mi cama y me dirigí a la habitación de mis padres.

-¡Padre, madre!-Gruñeron algo aún medio dormidos.-¡Ha pasado algo en el ala este!

-Ya lo veremos mañana Anne... Vete a dormir.-Me contestó mi padre.

-Pero... Está bien, iré a mirar yo sola.-Salí del cuarto a regañadientes.

Volví a mi habitación y encendí un candelabro de tres velas. Emily estaba profundamente dormida. Cogí fuerzas y me dirigí al ala este. Recorrí el largo pasillo con el pulso tembloroso. Fuera llovía con fuerza y solo llevaba puesto un camisón blanco de suave seda. Hacía frío. Al llegar al pasillo del ala este mis ojos divisaron algo que me marcó para siempre.

Edward estaba tumbado en el suelo con tres puñaladas en el corazón. 

Solté un grito agudo.

Su rostro estaba contraído y sus ojos estaban empapados de terror. Unas lágrimas surcaban sus mejillas hasta el cuello. Algo de sangre se acumulaba en su boca y el suelo estaba manchado por un grande charco de sangre.

En ese momento aparecieron las otras personas.

Mis padres se asomaron por detrás asustados.

-¿Anne qué pa-

Mi madre no acabó la frase.

Observó el cuerpo sin vida de Edward y se echó a llorar.

-No... no puede ser...-Cayó de rodillas al suelo.-¡Henry!, ¡Henry dime que es un sueño!

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