Una apuesta, llevándonos a sufrir las consecuencias de no medir las palabras estando enfurecidos, lastimándonos, terminando lo poco que habíamos conseguido.
Para Gregg Hamilton, enamorarse era clavarse otra espina en el corazón.
¿Para mí? Enamorar...
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Me acosté en la cama, poniendo mi mano en su estómago, acariciándolo con cuidado y sintiendo las pequeñas pataditas del ser que crece ahí dentro. Aun que su padre sea un imbécil al que sueño con golpear, este pequeño no tiene la culpa de nada de eso.
—No le amo... —susurró Susy, negando con la cabeza.
—Eres mala mintiendo —le recordé burlón, ganándome una mirada furiosa—. Sé que le quieres y sabes que será un buen padre.
—No es Axel...
—No, pero él está cuidándolos desde el cielo y sé que no le gustaría verte pasar toda la vida sola —le di un suave golpe en la frente cuando quiso interrumpirme—. Rosie no cuenta, porque es una pequeña que un día será una adulta y tendrá que hacer su propia familia.
—¿Por qué no usas tus propios consejos?
—¡Lo hago! —me defendí, haciéndome el ofendido— Ahora estoy con Cristal, intentando no ser un idiota para no arruinarlo.
Se acomodó en la cama, mirándome a los ojos con el ceño fruncido.
—¿Vas a decirle que recuerdas esa noche donde te emborrachaste? —negué con la cabeza, negándome a tocar ese tema—. Sigues siendo idiota, Gregg.
Esa noche, me emborraché completamente, balbuceaba cosas sin sentido a la vez que terminé confesándole que la quería. Ella entendió que lo decía en forma de "te quiero como amiga o como de la familia", cuando quería decir "te quiero para tenerte siempre en mi vida, como la mujer que me vuelve loco". Malas palabras en malos momentos, porque mi borrachera no me hacía hablar con mucha claridad. Y terminamos besándonos, escuchando sus palabras de amor, confesando que siempre quiso que la viera de otra forma.
En la mañana, entré en pánico y la única solución que encontré fue hacerme el que lo había olvidado. Aún tengo guardada la mirada de tristeza en sus ojos cuando se lo dijo, pues ella había despertado radiante, esperando que desde ese día algo cambiara en nosotros.
—Decirle que siempre supe de sus sentimientos no hará que nuestra relación mejore, Susy —susurré, temiendo que Cristal escuchara nuestra conversación—. Solo haría que se sintiera mal y que me odie por haber seguido lastimándola a pesar de saber de sus sentimientos. Ya tuve suficiente con el castigo de mamá cuando se lo confesé...
—Ocultarte los dulces de la oficina de tu padre no es un castigo, tonto.
Pero las palabras "Me has decepcionado. Creí haber criado a un dulce hombre, no a un insensible que juega con los sentimientos de las mujeres", me lastimaron. No podía enojarme con mamá por esas palabras, porque tenía razón. Ella y papá me enseñaron a amar, a dar amor a quien se lo merece y yo solo lastimaba a Cristal a pesar de ser la mujer que más amor merecía.
—Si le digo, creerá que todo lo que hice después por ella fue porque mis padres me obligaron —le expliqué, sonriendo de lado—. Ellos me abrieron los ojos, pero yo lo hice porque quería que ella viera que debajo de los rumores y de mi miedo, había alguien que quería...