Una apuesta, llevándonos a sufrir las consecuencias de no medir las palabras estando enfurecidos, lastimándonos, terminando lo poco que habíamos conseguido.
Para Gregg Hamilton, enamorarse era clavarse otra espina en el corazón.
¿Para mí? Enamorar...
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Me senté junto a mamá, observándola teclear sin parar, sin darse cuenta que estoy con un ramo de flores y su postre favorito. Sonreí cuando estornudó, finalmente dándose cuenta que no estaba sola en la habitación.
—¿Te doy alergia, madre? —pregunté burlón, sabiendo que lo que le da alergia es el pelo de gato, el cual se me pegó cuando pasé recogiendo a Nicky de la casa de los Grant.
—Dime que Nicky no anda dejando pelos de gato en mi casa —sonreí inocente, recordando que olvidé cambiar el pantalón de la pequeña niña—. Quieres matarme, Greggory.
—No, esa es culpa de tu sobrina por tener dos gatas peludas.
Mamá suspiró, sabiendo que tenía una larga limpieza por hacer y que Nicky no será fácil de bañar, ya que está por llegar su hora de la siesta y esa pequeña es un monstruo en miniatura cuando no la dejan dormir a su hora. Apartó la laptop de sus piernas para agarrar el plato con el pastel de caramelo con mini alfajores encima, mirando el ramo de flores con atención.
—¿Manchaste mi sofá? —preguntó entre bocados.
—Solo sentí que estaba pasando menos tiempo que de costumbre junto a ti, algo muy raro —dejé el ramo en la mesita, desocupando mis manos para poder retocar su coleta desordenada—. Ya no eres tan joven como antes, tengo que aprovechar nuestro tiempo el máximo posible.
—Eres un bobo, cariño...
Su voz era más suave que cuando me regaña por llamarle vieja y cuando terminé de arreglar su coleta, me ofreció una cucharada de su postre, alimentándome como lo hacía cuando era un bebé.
—Soy tu bobo, mamá.
Nicky entró en la habitación, tomando asiento en mis piernas con facilidad, demostrando lo rápido que está creciendo la pequeña princesita malvada. Hace unos meses, tenía que cargarla porque no alcanzaba sentarse en el sofá y ahora, pone ese pequeño traserito en el sofá por si sola... todo el día.
He estado pensando en muchas cosas estos últimos días, muchas relacionadas con los dos anillos que están en mi habitación, esperando una decisión. No es que tenga que pensarlo demasiado, pero tampoco quiero parecer un idiota. Aunque parece que siempre lo soy... De igual manera, hace mucho que tengo la idea rodando por mi cabeza, sin importarme que ahora no sea por la misma razón. Cristal es la mujer que siempre soñé, es dulce, romántica con un poco de perversión, atractiva, mi razón de volver a creer en el amor.
No merece que piense mucho las cosas.
—Hay algo que quiero decirte, madre —le dije, ganando la atención de ambas mujeres. Bueno, mujer y mujercita bebé.
—Dime que no has vuelto a discutir con Cristal...
Que bella mi madre...
—No, pero gracias por la confianza —suspiré, abrazando a Nicky, ignorando las protestas de la pequeña—. Quería mudarme con ella y tal vez, cuando comprobemos que nuestra relación es más fuerte que nuestras peleas tontas, pedirle matrimonio.