— La señora está siendo acusada de secuestrar a un senador de Estados Unidos. ¿Cómo se declara?
La abuela Nadine dio una sonrisita. Aficionados. Le guiñó un ojo al agente del FBI y respondió, atrevidamente:
— Pues, culpable, claro.
Dulce
Me dolían mucho las piernas, mi cara estaba metida en una almohada suave que olía bastante a político rico, y yo me acordaba nítidamente de haber comido por lo menos tres galletas. ¿O será que habían sido cuatro?
Soltando un gruñido, traté de moverme, pero todo mi cuerpo, y también mi cerebro, decían que sería una pésima y dolorosa idea.
Igual, traté de moverme.
Y grité.
No pude evitarlo.
— ¿Qué pasó? — Una voz grave hizo eco desde algún lugar debajo de mí.
Cerré los ojos.
— No sirve de nada que cierres los ojos, ya sé que estás despierta.
— Esto es un sueño — murmuré, mi voz estaba sonando ronca y rara — Soy un producto de tu imaginación. Lo juro. En dos segundos, vas a sentir...
— Vergüenza — completó la voz — ¿No era eso lo que ibas a decir? ¿Una vergüenza gigantesca y aplastante?
Abrí los ojos.
— ¿Qué? — Y me di cuenta que debí haberlos dejado cerrados.
En serio. Son las pequeñas cosas de la vida que acaban con la gente. Cierra la boca. Cierra los ojos.
Finge que no viste nada. Mierda. La gente no olvida algunas cosas.
Y ese rostro...
Esa boca...
Esos ojos castaños y brillantes...
Ese pelo rubio, corto hasta donde tenía que estar...
Todo eso se quedaría guardado para siempre en mi memoria, hasta el día en que muriera solita, con mis gatos.
— Estaba bromeando — El señor Sexy soltó una risita — Solo lo dije para que te sientas mejor.
Sí, porque estar acostada sobre un completo desconocido usando nada además de una sonrisa, prácticamente decía: hey, me encantaría escuchar bromas. ¡No puedo esperar! Agarré las sábanas más que deprisa y me alejé de él, dándole un rodillazo accidental al pobre hombre.
Después de algunas malas palabras, su cuerpo musculoso se movió al lado opuesto de la cama.
— ¿Sabes que no puedes contarle esto a nadie, verdad? — Dijo él.
Como si yo realmente tuviera ganas de ir a buscar a la prensa para hablar sobre mi estado de desnudez actual.
— ¿Eso qué? — Traté de usar una voz bien aguda e irritante, como las de las chicas tontas de la TV.
Básicamente, estaba quedando como idiota.
— ¿Es en serio?
Él se viró, y un huequito apareció en el lado derecho de su rostro cuando me miró, divertido.
Soltó una risita.
Bien, yo no dije que era buena en quedar como idiota. ¡Soy química, por el amor de Dios! Lo más cerca que he llegado a quedar como buena idiota fue cuando permití que un tipo aplastara los botones del ascensor por mí porque él pensó que conseguiría sexo por ser tan caballero. Creo que el episodio tenía incluido jugar con el pelo y guiñarle el ojo. Porque sí, yo coqueteaba así.
— Bueno... — Me encogí de hombros — Creo que debería... este... irme.
¿Por qué no podía acordarme de nada de la noche anterior? Nunca había hecho eso. Yo realmente NO era esa clase de chica. Rápidamente, recogí mi brassiere del piso, mi vestido de madrina de la silla y... mierda, mis zapatos estaban en el baño, y parecía que alguien había vomitado en ellos.
¡Genial! ¿Será que el vómito era mío? ¿Será que me había emborrachado?
— ¿Sueles hacer esto?
Aquel hombre sexy, que era como gotas para los ojos, agarró mis brazos. Fue ahí que pasó. No, no es lo que estás pensando. Ni que yo fuera tan fácil como "él me toma en sus brazos, yo me derrito toda, me enamoro perdidamente y me caso con el clon de Chris Hemsworth al día siguiente, en las Vegas". Nada de eso. Esas cosas no pasan conmigo.
Una vez más:
No soy esa clase de chica.
No paso la noche con tipos.
Corrección.
Nunca pasé la noche con un tipo.
Nunquita.
Nunca de los nuncas.
Nunca, jamás.
¿Será que quedó lo suficientemente claro? Por San Batman y San Robin, ¿será que estaba comenzando a sudar? ¿Será que me estaba viendo menos atractiva ante ese dios del sexo? ¿Y por qué él estaba invadiendo mi espacio personal?
Cerré los ojos para invocar los recuerdos de la noche anterior. El vestido de madrina, padrinos guapos, abuela ofreciéndome un trago. Torta, baile, abuela ofreciéndome un trago más, después Christopher y yo bailando, riéndonos, entrando en un carro y... Ah, mierda.
Galletas.
¡Maldito político Christopher!
Él había crecido desde la última vez que lo vi. Corrección: sí que había crecido y se había convertido en un hombre tan guapo que da ganas de llorar. Nunca le conté a nadie sobre esa noche — la noche en que él prácticamente salvó mi alma de ser destruida por el jugador de ataque del equipo de fútbol del colegio. ¿Así demostraba mi gratitud? ¡Solo lo había visto una vez en la vida! ¡Una vez! De todos los políticos aprovechados que podrían llevarme a la cama, ¿por qué tenía que ser Christopher?
El mismo Christopher que, según abuela Nadine, necesitaba ser consolado después de que mi hermana, Anahí, partiera su corazón en miles de pedazos.
Bueno, que lo consolara bien. Estaba segura de que no era la intención de la abuela que yo sedujera al padrino y después me fuera corriendo.
Dormir con un político prácticamente me hacía una zorra.
Genial, había perdido mi virginidad con un hombre que, algún día, sería presidente. Monica Lewinsky y yo deberíamos ser amigas en Facebook. Aunque, pensándolo bien, dudo que Monica fuera virgen cuando ella y Bill...
— ¿Escuchaste lo que dije?
— Sí — Asentí — Por supuesto que escuché. — Estaba segura de que me iría al infierno por mentir así.
— Bien, entonces vamos a arreglar todo.
¿Arreglar todo? ¿Qué? Hasta parecía que estábamos haciendo algo ilegal en ese cuarto de hotel. ¿Qué había pasado con el Christopher que conocí en el colegio? ¿Ese que rescataba a las doncellas en su caballo blanco?
— Me parece que es lo mejor que podemos hacer — Christopher dijo una mala palabra y cogió el celular. — Solo no salgas del cuarto. Por el amor de Dios, no salgas. Tengo que llamar a la seguridad. Pero primero voy a bañarme. Cómete una galleta. Sé que te gustan.
— ¿Qué?
Me viré para encararlo. Entero. En otro momento de mi vida debía haberme quedado con los ojos cerrados, en vez de quedarme babeando.
Lo único que tapaba su desnudez era un bóxer negro. Todo lo demás de ese cuerpo estaba a la vista para ser admirado. Y vi bastante. Hey, no me juzguen. Además, ¿cuándo tendría otro chance de ver la perfección tan de cerca?
Nunca había visto a un hombre con un abdomen tan definido, ni con unos brazos que parecían más largos que mi cabeza. Parecía que el señor Senador tenía una pequeña obsesión con la buena forma; no es que estuviera reclamando. Dudaba mucho que alguien reclamara tener aquel torso maravilloso delante suyo, en todo su esplendor, digno de un modelo.
— ¿Dulce? — Christopher soltó una sonrisita. — ¿Estás despierta o eres sonámbula?
Giré la cabeza de repente para encarar esos ojos que me miraban divertidos.
— Estoy despierta. Perdón, ¿cuál era la pregunta?
— ¿Quieres una galleta? — Christopher soltó otra sonrisita — Estabas llorando, abrazada a una caja de galletas, ayer de noche.
Era oficial: necesitaba reescribir la noche anterior. ¿Había perdido mi virginidad con un político aprovechado y llorado, abrazada a una caja de galletas? ¿Dónde estaba la justicia, por Dios?
¡Eso no era justo! No era...
— Creo que quedaron algunas, están allí en la esquina. — Apuntó al minibar. Sintiéndome repentinamente hambrienta, fui hasta allá, todavía semidesnuda, y cogí la pequeña caja. Increíble, había consumido la mitad de mi peso en algo que muy probablemente me causaría cáncer en unos cinco o siete años. Una maravilla. Tiré la caja al piso.
— No tengo tanta hambre.
— Pero deberías tenerla, después de tanto ejercicio.
— ¿Cómo así? — Me viré tan rápido que tuve que apoyarme en el minibar para recuperar el equilibrio.
Christopher cogió una camisa y se la puso, tapando su torso musculoso y bronceado.
— Tranquila, Dulce, eso no fue lo que quise decir. — Sus ojos brillaban, divertidos.
Ja ja ja, muy gracioso. Mantuve el ceño fruncido y hasta me puse las manos en la cintura, solo para demostrar que no me había gustado el comentario.
Guiñándome un ojo, Christopher agarró la caja medio vacía, cogió una galleta y la balanceó en mi cara.
— Tenías hambre. Te ofrecí una galleta. Dijiste que no querías.
— ¿Y? — Me encogí de hombros.
— Y que la razón por la que me dijiste que no era que no habías hecho ejercicio, entonces yo me ofrecí para...
Levanté una de mis manos, como señal de que se callara.
— Ya sé cómo termina esta historia.
— Belleza.
Christopher se comió la galleta que había balanceado en mi cara, después otra, y se me hizo agua la boca. ¡Ese maldito fan de Clinton!
— Pero me rechazaste. Dijiste que las flexiones funcionaban tan bien como... Bueno, tú sabes. — Se aclaró la garganta. — Entonces comenzaste a... — Balanceó la galleta en el aire y soltó una sonrisita.
— Por favor... — Me mordí el labio inferior y cerré los ojos. — Por favor, no me digas que hice ejercicio desnuda solo para comer una galleta.
— Está bien. — Se comió otra galleta y se fue al baño.
Suspiré aliviada cuando escuché la ducha prenderse. Estaba a punto de acostarme en posición fetal cuando él gritó:
— Comiste cinco galletas y, según tus cálculos extraordinarios, concluiste que treinta flexiones compensaban todas las calorías consumidas, aunque no dejaste de decir algunas locuras de cómo los ejercicios no prevenían el cáncer. Y también dijiste un montón de tonterías y finalmente te dormiste después de gritar "¡muéranse, células malignas, muéranse!" — Hizo una larga pausa para reírse. — Ah, y le pegaste al aire. Creo que estabas intentando ser dramática.
Después de eso, silencio total.
Quería morirme.
— That's what you get for waking up in Vegas (Eso te pasa por despertarte en Las Vegas). — Cantó una voz, desde la ducha.
Genial, ahora él estaba burlándose de mí con una canción de Katy Perry.
Las cosas no podían ser peores.
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El Riesgo
Roman d'amourEsta historia es una adaptación de @firesvondy, pero algunas amigas mías están interesadas en leerla y ellas no hablan portugués, así que yo hablé con ella y me dejó traducirla para todas ustedes, bellas mías. -- Dulce nunca hizo nada arriesgado. Na...
