14. Beso bajo la lluvia

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– ¿Usted los drogó... otra vez? – El agente se rascó la cabeza.

– A ver, Gus, ¿qué más podía hacer?

– Eh... ¿qué tal no drogarlos?

– Ay, Gus, no eres nada divertido. Dime, ¿alguna vez las drogas han hecho más mal que bien?

– La señora está bromeando, ¿verdad? – El agente miró alrededor – Solo eso puede ser.

– Yo no bromeo en horas de servicio. – Abuela se sorbió la nariz. – Y no he cambiado de opinión. Todos los hombres necesitan una ayudita de vez en cuando.

– ¿Entonces debo agregar a la acusación de secuestro que la señora los drogó a ambos?

– Bueno, si me preguntas a mí... No quiero que tengas tanto trabajo burocrático, Gus. No te quiero molestar, no.

Christopher

– Este... ¿Dulce?

Nadé hasta el borde de la piscina y traté de pensar en una manera de contarle sin que pareciera una locura.

– ¿Qué pasó?

Estaba nadando desde hace unos cinco minutos mientras Dulce iba a buscar toallas, pero, ahora que estaba de vuelta, tenía que contarle. Pero qué mal.

¡Maldita abuela!

Sacudí el puño hacia arriba.

– ¿Todo bien, Christopher?

– No. – Cerré los ojos, avergonzado. – Creo que había algo en mi té.

– ¿Cómo así?

– Creo que me drogaron.

Dulce abrió los ojos en grande. Se acercó al borde de la piscina y se inclinó, quedando en cuatro para hablar conmigo. Y, siendo sinceros: en el estado en el que estaba, eso tenía consecuencias peores de lo que ella podría imaginarse.

– ¿Qué tipo de droga? ¿Te sientes mal?

– Yo no diría que me siento mal... – Miré hacia abajo. – Solo... un poco indecente.

– A ver... ¿qué?

– Viagra. Ella puso Viagra en mi té.

Dulce estalló en carcajadas.

– Christopher, no creo que ella haría una cosa así. Eres joven, saludable, viril... – Abrió los ojos. – Ay, por Dios.

– ¿Qué. hago? – Me agarré al borde de la piscina como si fuera un bote salvavidas.

La sonrisa de Dulce creció.

– Está claro que tienes un... problemita... chiquito – haciendo un gesto de "chiquito" con su dedo.

– ¿Podemos decirle problemote? – Siseé. – Tú sabes... ¿por el bien de mi autoestima? Podemos no referirnos a eso como pequeño, mínimo, chico o...

– Ya entendí. – Dulce levantó la mano, en señal de que me callara. – Tenemos un problema minúsculo.

– Mierda. Debí habérmelo imaginado.

– Solo... – Dulce lo acentuó – arréglalo.

– ¿Que lo arregle? ¿Que lo ARREGLE? ¿Cómo quieres que lo haga? ¿En un lugar público? ¿En una piscina pública? ¿Bajo los ojos vigilantes de Dios? ¿Eh?

– Wow. Cálmate, pecador. No quise decir que debías usar los juguetes de la piscina, ni nada de eso. Solo estoy... pensando en alto.

– ¿Podemos pensar en una idea mejor? ¿Una que deje los juguetes de la piscina fuera?

El RiesgoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora