28. Té de plumas

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– ¿Así que su nieto logró engañar a la señora?

– No – respondió abuela. – Yo dejé que pensara que me había engañado. Dejé que supiera sobre Dulce a propósito, esperando que Alfonso hiciera algo al respecto. Sabía que Christian intervendría, bendito sea. Él siempre ha sido el del corazón más blando. ¿Pero Alfonso? Él no mide sus palabras. Es honesto y brutal. Creo que el senador necesitaba tener una pequeña conversación con él.

– ¿Y escuchar qué?

Que necesitaba dejar de hacer estupideces.

Dulce

Corrí hasta la cabaña. Alfonso había vuelto sin Christopher, diciendo que estaba mareado, vomitando peces. No era la imagen mental que alguno de nosotros necesitara, ya que estábamos comiendo pescado.

– ¿Será que debo ir a ver cómo está?

– ¡Alguien tiene que ir! – Abuela hizo ademán de ir hacia las cabañas, así que Christian empezó a ahogarse.

Varias cosas pasaron al mismo tiempo. Y todas, estoy absolutamente segura, que fueron estratégicamente planeadas por la familia Titus.

– ¡Ay, no! – Maite le dio golpecitos en la espalda. – ¡Christian! ¡Abuela, ayuda!

Christian ensanchó los ojos cuando abuela gritó y empujó a las personas fuera de su camino hasta lograr llegar a su nieto. Se parecía mucho a una pantera atravesando la selva. En cuestión de segundos, abuela estaba allá, con los brazos alrededor del pecho de Christian, iniciando la maniobra de Heimlich.

Y por supuesto que ese fue el momento exacto que Alfonso escogió para derramar el ponche de ron encima del papá de Christopher, empujar la silla para levantarse y terminar alcanzando el rostro de la mamá de Christopher con su vaso.

Sillas cayeron.

Personas gritaron.

Y podía jurar que veía gente llorando.

Y, en el medio de todo eso, Anahí se inclinó hacia mí y susurró:

– Creo que nadie va a notarlo si te vas.

Y fue por eso que corrí hasta la cabaña.

No fue por miedo a que Christopher estuviera mal. Fue por miedo a la abuela Nadine. Un miedo real. Del tipo que impide que las personas sean comidas por osos. Estaba corriendo para no ser atrapada. Paré de repente al llegar a la puerta, giré la llave y entré, después tiré la puerta atrás de mí y me recosté en esta, sin aliento.

– ¿Te estaban persiguiendo burros salvajes?

– No – logré decir. – No quería que la abuela me siguiera.

– Ah, eso explica el pánico.

– Ella es más rápida de lo que parece. – Me incliné hacia adelante y respiré profundo por la nariz, algunas veces. – Me parece que necesito hacer más ejercicios.

– O comer menos galletas. – Christopher completó.

– Y pensar que vine aquí a cuidarte, que estás mal. – Levanté la cabeza lo suficiente para mirarlo enojada, y después levanté los brazos.

– Quítate ese collar, de ahí puedes cuidarme todo lo que quieras.

– ¿El collar? ¿Por qué? – Agarré el collar marrón y me lo quité del cuello.

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