36. Lo que significas para mí

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– Entonces, ¿la señora está diciendo que él se secuestró a sí mismo?

– Eso mismo.

– ¿No hubo ninguna sustancia ilícita envuelta?

Abuela se encogió de hombros.

– Esa van tiene muchas utilidades. Puedo haber guardado unos compuestos bajo los asientos para esconderlos de la Policía Federal. Pero, ¿hablando en serio, Gus? ¡Entré en pánico!

– ¿Entonces dónde está el senador? Un periodista vio a la van irse. Ellos vieron a la señora entrar en ella.

Abuela rodó los ojos.

– Por supuesto que entré a la van. ¡Les prometí a ambos que los llevaría al aeropuerto!

– ¿Aeropuerto?

– Sí. – Abuela bostezó. – En serio, fue muy bueno conversar contigo, y lo estoy diciendo de corazón, Gus. Pero tengo más cosas que hacer que estar aquí sentada contando historias de amor. Si no me crees, llama a este número. Creo que, a estas alturas... – Miró su reloj. – Sí, a estas alturas, ya se acabaron los tres días.

– ¿Tres días?

– Pero por supuesto. – Abuela se levantó. – Christopher le prometió seis días de cuento de hadas a Dul, pero solo le dio tres. Están en Hawaii, perdedor.

Christopher

– ¿Estás segura de que estás lista? – Pregunté, agarrando sus manos entre las mías.

– Sí. – Me dio una sonrisa enorme. – Lo estoy.

– Es un riesgo enorme.

– Que va a valer la pena. – Susurró ella.

– Bueno, entonces creo que no hay nada más que decir. – Le di una sonrisa. – ¡Mierda, mierda!

Burro avanzó, cargando a Dul en el lomo. Parecía muy feliz con el hecho de que, en el caso de que estuviera apostando una carrera con una tortuga, perdería mal. Él siguió en la dirección del pequeño altar. Decidí caminar al lado de Dulce y de ese burrito sin gracia. Nos parecía correcto que ella no fuera hasta mí, o que yo estuviera esperándola, y sí que hiciéramos la caminata juntos. Porque a veces es así que el amor funciona. No es un tipo corriendo atrás de una mujer, ni un hombre invadiendo un castillo, ni una mujer esperando a que el amor llegue.

Son dos personas asumiendo un compromiso. Dos personas dándose cuenta de que tienen la llave de su propia felicidad en las manos. El problema es que la mayoría de las personas se olvidan que tienen el poder de transformar su vida en un cuento de hadas. Yo me había olvidado de eso y, a fin de cuentas, me dispuse a renunciar a mi futuro.

Dulce también se había olvidado. Entonces, caminamos con las manos tomadas. Ella montada en Burro, y yo al lado de ellos, saben, solo en caso de que ese mierdita se asustara y saliera corriendo con mi futura esposa a su espalda.

– Veo que lo encontró. – El rostro del capitán del yate se iluminó con una sonrisa mientras ayudaba a Dulce a bajarse del animal y a entrar al barco.

– ¿Encontré?

– Su keiki.

– ¿Keiki? – Repitió Dulce.

– Es una larga historia. – Murmuré, subiéndome al barco.

El capitán nos llevó al medio del mar y apagó el motor.

– Todo bien, ¿vamos a hacer esto rápido, belleza?

– No es muy romántico, ¿no? – Dulce guiñó el ojo.

– Yo le dije que hiciera esto rápido – admití.

– ¿Por qué?

– Porque no me importan mucho las palabras, solo quiero que sepas lo que significas para mí. Estoy harto de las palabras, Dul. Las palabras han sido mis herramientas durante toda mi vida profesional. Me parece que es hora de un poco de acción, ¿estás de acuerdo?

– Sí – respondió ella, sin aliento.

– ¿Acepta usted a esta mujer como su legítima esposa? – Preguntó el capitán.

– Sí. – Mi voz salió alta y clara en el aire caliente de la tarde. – Acepto.

– ¿Y usted acepta a este hombre como su legítimo esposo? – El capitán carraspeó. – No necesita hacer esto, sabe.

– Acepto. – Dul sonrió y murmuró: – Thor.

– Con el poder a mí conferido por el estado de Hawaii, los declaro marido y mujer. – El capitán agarró dos collares hawaiianos hermosos y nos puso uno a cada uno. – Que su amor de frutos. – Completó, feliz.

– Este... No necesitas entusiasmarte tanto. – Me reí, nerviosa.

– Abuela dijo que, para romper la maldición, debería bendecirlos. – El capitán dio una sonrisa malvada. – Yo los bendigo con hijos... un montón de hijos.

– ¡Retráctate! ¡Quítame este collar!

– Olvídalo. – Susurró Dul. – Al final, es mejor solo estar de acuerdo, cuando se trata de la abuela.

– Está bien – refunfuñé, moviendo esa porquería de collar de la fertilidad.

– Míralo por el lado bueno. – Dul pasó los brazos alrededor de mi cintura. – Si un matrimonio va a mejorar la opinión pública, imagínate lo que los hijos van a hacer. Además, eso quiere decir que vamos a poder tener sexo.

– Para tu información – carraspeé –, si sigues nombrando a la abuela, voy a necesitar de una de esas pastillas azules mágicas para cumplir mi deber.

– Ay, pobrecito, ¿no estás inspirado?

– Para nada. – Gruñí.

– Estoy segura de que puedo resolver eso. – La boca de Dul, caliente, se encontró con la mía, su lengua trataba de abrirse paso entre mis labios.

– ¿Para dónde vamos? – Preguntó el capitán.

Senté a Dulce en mis piernas y apunté a la costa, sin querer separarme de su boca ni por un maldito segundo. ¡La iba a amar, honrar, respetar y me iba a acordar muy bien de este momento!

– Muy bien. – El capitán soltó una risita. – De vuelta a la cabaña, entonces.

El RiesgoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora