— Sí. Estoy seguro de mi virilidad. Y, por última vez, los perros no saben hablar.
— Fue lo que dijo Alfonso.
— ¿Alfonso?
Abuela asintió.
— Él dudó de mí una vez. Solo una vez.
El agente del FBI se quedó en silencio un momento, entonces preguntó:
— ¿La señora también secuestró a Alfonso?
— No, pero casi lo mato. Ya hasta había comprado una pala.
El agente escupió el café que estaba tomando.
— ¿La señora casi lo mata?
— Por suerte, cuando lo consulté con Dios, Él me dijo que se encargaría del asunto. ¿Quiere saber lo que Él tiene que decir al respecto?
Christopher
Recuerdos de mi ex-novia interesada, Natalia. Recuerdos que ahogué en una botella de whisky y amenazaban con regresar. Ella solo me había usado, por mi fama, y, cuando descubrí su incapacidad de mantener las piernas cerradas, ella fue a la prensa y distorsionó toda la historia.
Mi reputación casi fue arruinada. Y mi corazón nunca más fue el mismo. Mi corbata parecía muy apretada, y el cuarto, muy pequeño. Por suerte, Dulce impidió que me estrangulara, y, por un segundo, aproveché el momento.
La sensación de su toque.
La idea de que YO le importaba de verdad a alguien, más que mi cuenta bancaria o mi capacidad de comprarle regalos.
Pero, sobre todo, la preocupación estampada en su cara mientras me ayudaba. Las personas no solían preocuparse por mis sentimientos. Era un político, por lo tanto, no tenía sentimientos. Solo opiniones con las cuales solo el 40% de Oregon estaba de acuerdo. Tal vez yo estaba proyectando la imagen que tenía de ella del pasado. ¿Quién sabe en qué tipo de persona se había convertido ella? Hasta donde yo sabía, la chica del colegio podía haber desaparecido hace mucho tiempo. Yo ya no era la misma persona, y la culpaba un poco por eso. Dulce me había hecho creer en la magia, hasta que aquel accidente lo cambiara todo.
Abuela se llevó las manos a la cintura.
— ¿Qué están esperando ustedes dos? ¡Necesitamos salir de aquí! — Agarró dos bolsos de lona para nosotros y entró al cuarto. — Cámbiense ya de ropa.
— ¿Cambiarnos de ropa? — Preguntamos, Dulce y yo al unísono.
Abuela cogió la caja de galletas abierta y se comió una, cerrando los ojos mientras masticaba.
Varias migajas caían en su bufanda de animal print, que funcionaba como servilleta.
— ¿Entonces? — Abuela abrió los ojos y nos encaró.
Yo quería esconderme atrás de Dulce o salir corriendo, pero algo me detenía. Tal vez era la curiosidad o, quién sabe, desesperación. O lo que fuera, era malditamente aburrido.
— ¿Se puede saber por qué estás usando... — Dulce tragó fuerte — eso?
— ¿Ah, esto de aquí? — Abuela soltó una risita, levantó la mano, y maulló — Soy una gata.
— Ya nos dimos cuenta. — Tosí para disimular la risa. — Pero ¿no deberíamos pasar desapercibidos?
— Los gatos tienen siete vidas.
— Gracias, señora Wikipedia — Dulce sonrió, tensa.
— La gente ama a los gatos y también me adoran. Es el plan perfecto. Yo también soy famosa, ¿sabían? No los van a ver saliendo por el fondo cuando yo aparezca en la escena. Voy a darle una cantidad enorme de dinero al zoológico de Portland. Van a pensar que era publicidad, y, bien... ahora ya no necesito organizar una rueda de prensa.
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El Riesgo
RomanceEsta historia es una adaptación de @firesvondy, pero algunas amigas mías están interesadas en leerla y ellas no hablan portugués, así que yo hablé con ella y me dejó traducirla para todas ustedes, bellas mías. -- Dulce nunca hizo nada arriesgado. Na...
