34. Está embarazada

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– Bueno – el agente se rascó el mentón –, la señora sabe guardar un secreto. Sabe muy bien.

– Gracias.

– Pero el senador sigue desaparecido. Y parece que – se miró el reloj – ya han pasado más de 48 horas.

Solo una hora más. – Abuela sonrió.

– ¿Una hora más?

– Ahí traigo de vuelta al senador y a su adorable esposa.

– ¿Esposa?

Abuela sonrió.

– Bueno, no tengo cómo estar en dos lugares al mismo tiempo, ¿No?

– Creo que necesito más café.

– Confía en mí, el final de la historia es mi parte favorita.

Dulce

Dos semanas habían pasado, y yo no había tenido noticias de Christopher. Pero, como soy suertuda, no dejaba de recibir miradas de pena de Alfonso y Anahí siempre que iba a visitarlos. Cenábamos juntos todos los domingos. Ellos pensaban que iban a ayudarme a superar la tristeza alimentándome con cantidades enormes de comida y vino. Alfonso, que Dios lo bendiga, también pensaba que necesitaba darme unos golpecitos gentiles en la mano, vuelta y media. Saben, como si tuviera tres años. El resto del tiempo, él solo me miraba muy fijamente, como si las miradas y expresiones de pena fueran a fortalecerme.

En ese domingo, yo solo quería olvidarme de todo lo que había pasado. Esperaba poder comer tranquila, con Alfonso lanzando miradas preocupadas mientras llenaba mi copa de vino hasta el tope y con Anahí maldiciendo a todos los hombres excepto a su esposo, que, desde su matrimonio, se había convertido en un santo a sus ojos.

Entonces, cuando abuela abrió la puerta de la gigantesca casa de Alfonso en Lake Washington, casi me caigo al piso. Tiró de mí para un abrazo y me apretó tan fuerte que me quebró una costilla.

– ¡Ay, mi niña hermosa! ¿Cómo estás?

– Increíble. – Mentí, forzando una sonrisa. Emocionalmente, me sentía pésimo. Como también había terminado una gripe el día anterior, todo estaba realmente increíble.

No estaba muy segura si era el abrazo aplastante o el estrés emocional de ver a la abuela otra vez, pero de repente sentí ganas de vomitar. Pasé por ella justo a tiempo para llegar al baño y vaciar el contenido de mi estómago en el vaso de porcelana que debía ser más caro que mi alquiler.

– ¿Dulce? – Abuela tocó suavemente la puerta. – Querida, ¿estás bien?

Di la descarga, me enjuagué la boca y abrí la puerta. Odiaba vomitar. Nada era peor que eso. Odiaba el sabor y el modo en que mi estómago se contraía, de una forma en que solo quería acostarme en posición fetal y morirme. Además, vomitar siempre me daba ganas de llorar.

¿Por qué abuela estaba sonriendo? Entrecerré los ojos.

– ¿Estás un poquito agripada? – Sus ojos brillaban, y se estaba frotando las manos. Asentí lentamente.

– Sí. He estado indispuesta hace algunos días.

– Qué interesante. – Abuela asintió, la sonrisa cada vez mayor. – Con toda certeza... Perfecto.

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