A donde él me había dejado ahí me quedé, durante diez horas.
Me sentí tentada a llorar. Y es que de alguna manera absurda me hirió la manera tan indiferente en la que Azael se había ido; él simplemente se desvaneció ante mis ojos sin molestarse en articular un adiós, ni con la mirada se despidió.
«Cierto, no es necesario» —pensé mientras lo reproduje con un balbuceo.
Me levanté y me dirigí hacia la bañera con la intención de quedarme ahí un largo tiempo. Sin embargo, en ese preciso instante, resonó nuevamente la voz de mi tía llamándome, tocando mi puerta por décima ocasión.
Atravesé mi habitación desnuda, con el cuerpo mojado me envolví en una bata de seda color azul que tanto me gustaba. Miré distraída a través de mi ventana la tarde despidiéndose, atrayendo sombras envueltas de nubes grises que ocultaban que los últimos reflejos del sol.
—¡Por fin sales de ahí! —exaltó Margaret con cierta torpeza al verme tras abrir la puerta—. ¿Está todo bien? ¿Por qué no me respondías?
—Me estaba bañando.
—¿Llevas todo el día bañándote? ¿Te gustaría que hablemos?
—Estoy bien tía, de verdad —balbuceé abriendo la puerta por completo—. Te preocupas por nada.
—¿Nada, dices?
—Sí, nada.
Dejé a Margaret atrás acercándome a la sala. Todo estaba organizado como siempre y mi comida había esperado por mí unas ocho horas. Sentándome a la mesa, empecé a comer.
—¿Querrás que te prepare algo más? —preguntó detrás de mí.
—No.
—Voy a decirlo de la única manera que sé, la única que tengo... Si está ocurriendo algo tienes que decírmelo; tienes que contármelo porque de una manera u otra me preocupas.
—Lo sé.
—Necesito dormir... Buenas noches.
—Descansa —le dije mientras se alejaba dando pasos chuecos.
«Qué haré después de cenar, comer o lo que sea que esté haciendo» —me pregunté removiendo la comida. Ni trauma, ni chiste y mucho menos una anécdota pasada; era lo mismo, no había nada pendiente que hacer, ninguna obligación. No había amigos a los cuales podía visitar ni lugares a los que deseara ir. Entonces, deseé inmensamente que Alex tocara mi puerta esa noche pero hacía días que ni siquiera me enviaba un mensaje.
Me sentía bastante triste.
Una vez termine de forzarme a comer al menos la mitad, me senté en el sofá para ver la televisión, más no soporté más de cinco minutos. Entonces, decidí dejar de evitarlo en mis pensamientos, desenfoqué mi atención de la escenas del televisor y le di riendas sueltas a la creación de mi propio escenario y escenas délirantes que venían envueltos en deseos incoherentes recorrieron mi mente hasta que me levanté bruscamente del sofá.
«Maldito Azael».
Volví a mi habitación.
Sentándome al borde de la cama, agarré mi cuaderno para leer lo que había escrito unos días antes, buscando una manera de distraerme, una tregua ante la asechanza de la locura. Pero solté un bufido, lo dejé de golpe y me tendí en la cama. Cuando sentí que el sueño se apoderaba de mí, me estiré y alcancé el interruptor de la lámpara.
Entonces lo vi. Sus ojos azules, inquietos, me observaron con firmeza. El que rondaba en mis pensamientos minutos atrás, de cabello negro con matices castaños y labios rosados que resaltaban su plenitud, se materializó nuevamente esa noche en mi habitación, acompañado de un viento abrasador.
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IN cubus ©
General FictionLa desordenada y estancada vida de Camila se ve irrumpida por sueños recurrentes que distorsionan su realidad. Las imágenes difusas de quién se mostraba en sus sueños pasaron a tener carne, huesos y un rostro. Un demonio, un Incubus, Azael... Vesti...
