—Camila...
Aun Inconsciente, escuché claramente que alguien susurró mi nombre con dulzura; y con una caricia a mi rostro, esa voz me llevó a regresar detenidamente del sueño oscuro que me acogió mientras dormía.
Sonreí indeliberadamente cuando desperté.
Aún con los ojos cerrados, giré la cabeza hacia el lado izquierdo, buscando otra vez esas caricias que no sabía si eran reales o residuo de un sueño bonito. Quise moverme, pero el dolor me recordó dónde estaba. Todo mi cuerpo era una queja muda, machacado por la frialdad y dureza del suelo.
Abrí los ojos encontrándome con la pintura desgastada del techo y la puerta junto a mí; sin saber cuánto tiempo estuve allí, incliné mi rostro con intención de ver hasta el otro extremo de la habitación. Entonces me encontré con su mirada irreflexiva; escéptica de que fuese real, no fui capaz de despegar mis ojos de los suyos.
—¿Tú...? —sacudí ligeramente el rostro apretando mis párpados—. ¿Azael?
Por supuesto que lo reconocía. Lo reconocería aunque regresara en otra forma, aunque se escondiera entre mil rostros.
Me levanté lo más de prisa que me fue posible sosteniéndome de la pared.
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué volviste?
Qué raro. No tuve miedo. Era casi absurdo lo normal que me parecía verlo.
Él no tenía la intención de responderme. Mirándome como si hubiera esperado con desespero tenerme frente a él.
—Quiero que te vayas.
—Camila...
Mis ojos se llenaron de lágrimas; me sentía desgraciadamente infeliz.
—Mi tía murió. ¿Lo sabes, verdad?
—Sí.
—Entonces... ¿cómo te atreves a venir aquí? Cuando te veo, solo pienso en cosas asquerosas...
—Camila...
—Tú me la quitaste.
—Camila...
—¡¿Qué?! ¡Ya deja de decir mi nombre! ¡¿A qué viniste?! —avancé, clavando los ojos en los suyos—. ¿Qué más has venido a quitarme?
—Tus desgracias no son asunto mío. No puedes siquiera pensar en acusarme.
—Bien —me limpié las lágrimas con la mano, o al menos lo intenté. Otras las reemplazaban de inmediato—. Entonces, ¿qué haces aquí? —mi rostro se deformaba con cada palabra, con cada suspiro—. Nada de mí es asunto tuyo. Yo no soy asunto tuyo. Sal de una vez por todas de mi vida. Aléjate de mí.
—Era necesario que viniera.
—¡¿Para qué?! —desvié la mirada avergonzada de tanto llanto—. Me lo has quitado todo, Azael.
—No te he quitado nada. La vida solo sigue su curso. ¿Cómo podría haberme llevado a tu tía? ¿En algún momento te declaré ser el ángel de la muerte? Además, ¿a qué llamas "todo"?
Retrocedí impotente chocando mi espalda contra la puerta.
—Era lo único que tenía... La única persona que me acogió. Que se hizo cargo de mí. Mi tía... mi tía me amaba.
—No tuve nada que ver —se acercó—. No tuve parte en esto. ¿Acaso no ves lo insignificante que soy? Durante todos estos años... he existido dependiendo de ti. Te esperé.
—No sé de qué hablas —lo miré—. Pero tus engaños se vuelven más estúpidos cada vez. No importa. Ya no está.
—Me vi obligado a volver —declaró, terminando de exigir la distancia entre nosotros—. Llevo tus emociones como una carga, Camila.
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IN cubus ©
Narrativa generaleLa desordenada y estancada vida de Camila se ve irrumpida por sueños recurrentes que distorsionan su realidad. Las imágenes difusas de quién se mostraba en sus sueños pasaron a tener carne, huesos y un rostro. Un demonio, un Incubus, Azael... Vesti...
