21/3 -Mar de Contradicciones.

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Horas después de haber regresado a la habitación, el calor del día comenzó a filtrarse por la ventana.

Yo seguía enredada entre las sábanas. No había dormido. No podía. No quería.

Tenía hambre, entonces empecé bostezar constantemente; con los ojos lagrimosos y los pies inquietos bajo las sábanas, di vueltas hasta que decidí levantarme. No por ganas, sino por inercia.

Me acerqué a la ventana.

Escuchar risas en esa calle era un fenómeno inusual. Los nietos de los vecinos jugaban del otro lado de la cerca, y apenas si vi el trazo de sus sombras danzando entre los reflejos.

Sonreí.

Todo parecía estar bien esa mañana. Injustamente bien.
El aire tenía ese olor a día nuevo. La luz era suave, el mundo seguía girando.
Y por un segundo creí —o quise creer— que todo lo ocurrido había sido solo una línea que marcaba un antes y un después.
Que, de alguna forma ilógica, ese día era el primero de algo.
Una vida que comenzaba justo ahí.

Entonces, tres golpes secos y urgentes sacudieron la puerta.

Iba a preguntar quién era, pero no me dio tiempo.
Volvieron a tocar, esta vez con más fuerza opacando un sonido como si un cuerpo se hubiese desplomado.

Mi corazón se detuvo un segundo.

—¿Alex? —susurré, sin moverme aún.

Di dos pasos largos, apresurados, y tomé el pomo de la puerta.

—¡¿Tía?!

La escena me arrancó el aire. Tirando la puerta, me abalancé sobre su cuerpo inconsciente cayendo de rodillas. Tomé su cabeza con el corazón disparado y las manos temblorosas.

—Tía, qué te pasa —le di ligeros toques en las mejillas—. Por favor, abre los ojos.

Era peor, mucho peor que la vez anterior.

—Tía, por favor —a penas me salió decir, impotente—. ¡Alex! ¡Alex, ayúdame!

Al gritar su nombre con tanta necesidad, confié en verlo al final del pasillo desesperado por acercarse a nosotras.

—¡Alex! —insistí, más alto. Más sin embargo, él no apareció para romper el silencio en los segundos en que callaba.

Me sentía incapaz de despegarme de su lado, pero me obligué a moverme. Me arrastré a la sala pensando que quizás, Alex dormía profundamente en el sofá. No lo encontré. Todo estaba intacto. Como si nada hubiera pasado. Como si él nunca hubiera estado ahí.

Alex se había ido.

Volví corriendo con Margaret, las lágrimas ya me nublaban la vista. Entré con urgencia a la habitación de Margaret para tomar el celular y marqué a emergencias.

—Emergencias 911, ¿cuál es su emergencia?

—Necesito ayuda; mi tía se desmayó, no lo sé, no sé qué le pasa, está tirada en el suelo inconsciente, creo que es su corazón —comuniqué agobiada arrastrada por el llanto volviendo a su lado.

—¿Cuál es su dirección?

—Calle Ac... la puerta diecisiete...

—La ambulancia está en camino. ¿Hay alguien más contigo?

—No...

—¿Qué edad tienes?

—¡¿Qué importa eso ahora?! —grité dejándome llevar por el llanto—. No sé qué le pasa a mi tía, no despierta... Vengan ahora, por favor...

IN cubus ©  Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora