Capítulo 24

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Un cielo resplandeciente me veía caminar por las calles que me habían visto crecer, y morir en vida ciento de veces. Era 28 de enero. Regresaba a casa después de hacer unas compras con el dinero que Alex me había dejado. El calor era sofocante y aun así decidí caminar. Lo hice  despacio; mis pies seguían su curso mientras pensaba en naderías y observaba con vaga atención ciertas cosas, —el pasto marchito de la casa morrón de la derecha, sus puertas y ventanas viejas; en realidad, nadie habitaba allí, se habían ido al pueblo. Seguí avanzando, trayendo a memoria las veces que huí sonriente de Alex, las veces que nos habíamos dejado caer sobre el césped de los Thomson's.
Claro que tenía historias que contar; una vez fui feliz. Ese recuerdo me dolió, porque me obligó a desear lo imposible: que el tiempo se hubiera detenido justo antes de que todo se desmoronara.

Hubo un punto de partida. El nuestro llegó cuando anunciaron la construcción de la nueva ciudad. Recuerdo cómo los padres comenzaron a guardar a sus hijos como si fueran monedas de oro; todos estábamos convencidos de que el país iba directo hacia una crisis y que nosotros —los que vivíamos allí— seríamos los primeros en hundirnos. La calle Ac cambió. La ciudad entera cambió. El estudio y el trabajo se convirtieron en trincheras. Un poco más de la mayoría buscaron la manera de que reubicaran la construcción del centro comercial, pero al no lograrlo empezaron a preparase para lo que vendría. Como tres familias renunciaron inmediatamente a sus hogares. Nosotros, los demás, decidimos quedarnos.
Diez años después, la construcción se detuvo.

Durante toda mi niñez, intenté sobrellevar las cosas que me faltaban, me esforcé por sobrellevar las muchas cuestiones que al alcanzar los once quise enfrentar. No pude; era cuando mis pensamientos empezaban a dar vueltas alrededor de las cosas que me hacían falta que mi mundo moría. Sentía que era más que suficiente aceptar que no tenía madre, y que esta jamás tendría la posibilidad de volver, porque había muerto. Margaret nunca habló de mi padre. Ni siquiera sabía su nombre. No podía recordarlo, imaginarlo, ni odiarlo. No sabía que había pasado, no podía acusarle de haberme abandonado o de ser un mal padre; simplemente nunca existió para mí.

Quizás las respuestas estaban en las cartas, las mismas que quemé.

Corretear al lado de Alex me hacía sentir en la cima del mundo; los mejores momentos de mi vida los construí a su lado. Y sí, Alex también demostró amar inmensamente mi compañía, por algún motivo que aún no he terminado de comprender.

Sabía muchas cosas sobre él, pero no todo. Alex hablaba poco de su padre; no sé si lo amaba. Este lo solía visitar una o dos veces al año hasta que Alex cumplió los siete; sin embargo, nunca dejó pasar su cumpleaños, día de reyes, el día de su santo ni Navidad sin enviarle obsequios. También tenía un hermano, el único, del que casi nunca decía nada.

Cuando cumplí trece años, quedábamos diez adolescentes en la calle Ac; los demás se habían ido, a la universidad, al pueblo o a la nueva cuidad, que para entonces estaba a medio construir.

Katherine Sandoval,  con su pelo negro y flequillo recto, su cuerpo delgado y ropa impecable siempre aspiró a ser parte de la amistad que tenía con Alex. Yo me negué durante mucho tiempo. No podía —o no quería— sostener una amistad con alguien que no fuera él. Su casa perfecta, dos casas más abajo por la pendiente, parecía diseñada para su vida perfecta. No tenía nada contra ella… y tal vez eso era lo más incómodo: no había razón para rechazarla más allá de mi propia necesidad de no compartirlo. Al final, cedí. Jugamos los tres. A veces en mi casa, otras en la suya, con sus juguetes. Pero ese “nosotros tres” fue breve, como todo lo que no está destinado a durar.

Al cumplir los trece y medio el padre de Alex regresó después de más de siete años, y con él trajo a Michael. A ese niño de cabello alborotado, ojos marrones oscuros y labios pequeños. Jamás le interesó jugar con nosotros, —para ese entonces dejamos de corretear como niños; de todos modos, Michael no quería las mismas cosas que nosotros, —él se comportaba de una manera tan apartada a su edad que pese a vivir bajo el mismo techo que Alex no lo vi durante todo un año. Jamás pregunté por él, no tenía la más mínima importancia para mí.

IN cubus ©  Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora