Capítulo 25

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Estaba lloviendo.
O acaso desplomándose el cielo.

El sonido bruto de los rayos era lo único que interrumpía los miles de pensamientos inoportunos que me invadían en aquellos días. Días de silencio. Días sola. Los truenos —tan insistentes como funestos— presagiaban que la tormenta no cesaría en mucho tiempo.

Me quedé bajo la regadera. El agua caía sobre mi cabeza, bajaba por mi cuello, mis senos, seguía su curso hasta mis pies y finalmente se perdía en el desagüe. No tenía problemas tangibles, solo una maraña de pensamientos oscuros. Fingía calma bajo la ducha, aunque cada estallido de luz y trueno me arrancaba una súplica silenciosa: que no se fuera la electricidad.

Envuelta en mi toalla, salí en busca de la lámpara de aceite que Margaret guardaba como una reliquia. La precaución me parecía necesaria. Entonces, de pronto, la luz se fue y volvió de inmediato. Suspiré aliviada.

Aunque no era un objeto pequeño, rebusqué durante mucho tiempo en los cajones, sin hallarla. Fui entonces hasta el armario multiuso, donde solo encontré solo dos trozos de velas. A unos pasos de la columna de la cocina —donde colgaba el interruptor de la única bombilla encendida de la sala— me detuve en seco. Mi corazón, también, se detuvo conmigo: un vacío hondo me robó la respiración.

Lo escuché con tanta claridad que concentré mi atención en el violento contacto de la lluvia contra las ventanas, forzándome a creer que había sido aquello… y no lo que temía: un toque en la puerta. Permanecí inmóvil. Un trueno estremeció la casa y mi corazón se desgarró en un salto. Traté de convencerme de que era una ilusión. Esperé.

Me acerqué despacio al interruptor, sin apartar la vista de la puerta. Quise apagar la luz y volver a mi habitación. La tormenta llevaba más de dos horas. Me negaba a aceptar que alguien pudiera estar allí afuera, bajo semejante diluvio. Sin embargo, los golpes regresaron: insistentes, crecientes, innegables.

Contuve el aliento. Y no me moví.

Cuando al fin lo solté, avancé con pasos sigilosos.
El corazón me golpeaba con fuerza en el pecho.

—¿Quién es? —mi voz apenas logró escapar.

Respondieron tres toques débiles.

Otra vez, yo contra una puerta cerrada, sin saber qué me encontraría al abrirla. No debía abrir. Lo sabía. Y justo cuando mi mano rozó el picaporte, la luz se extinguió otra vez.

«Dios».

El corazón me quedó suspendido en un vacío. La oscuridad era tan completa que parecía tragarse incluso mis pensamientos. Cuando la luz regresó, lo hizo acompañada de nuevos golpes.

—¿Quién es? —pregunté de nuevo, con más fuerza, buscando acabar con aquella incertidumbre que me consumía.

Nadie respondió.

Me reproché de inmediato por haber dado señal de que estaba ahí. No tenía muchas opciones. Y no quería que una de ellas fuera quedarme con la incertidumbre de quién estaba al otro lado, ni tampoco pasar la noche escuchando aquellos golpes. No sabía a qué me enfrentaba.

Abrí la puerta de un jalón.

Mi mente se quedó en blanco.
De pronto solo atiné a decir:

—¿Qué? ¿Tú...?

Pasmada mirando semejante insania. Hasta que recibí una topada del viento frío que filtraba la tempestuosa lluvia sin que pudiera reaccionar ante su presencia inoportuna. Era él. El mismo chico que había ayudado días atrás. Empapado por la lluvia, descalzo, respirando a medias como si cada bocanada fuese un esfuerzo insostenible. Me miraba con aquellos ojos enrojecidos que apenas podía mantener abiertos.

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