Las mejores madrugadas de mi adolescencia fueron aquellas en las que el sueño me rehuía, y pensaba que indudablemente Alex encajaba perfectamente en mi vida… conmigo.
No dormía: respiraba a través de los escenarios que inventaba con él, como si cada fantasía fuera un hilo de aire que me mantenía viva.
Katherine decía que leer era un acto de fe.
—Leer —decía— es como escapar de este mundo cada vez que lo necesites. Viajar a lo maravilloso o a lo terrible. Y lo mejor —agregaba con una sonrisa— es que siempre puedes volver.
Yo la creí. Cada libro era una puerta. Y cada noche, al cruzarla, buscaba a Alex del otro lado.
Pero Katherine también amó a Alex. Y digo amó porque es el verbo justo, el que duele. Ella lo esperó con paciencia silenciosa, con esa devoción que parece inocente pero nunca lo es. Esperó cualquier indicio, cualquier grieta diminuta que le diera una oportunidad. Y cuando vio una brecha, la tomó sin dudarlo.
Quizás —pienso ahora— ella también tejía mundos con él. Pero lo hacía sin naufragar, sin descuidar la realidad, sin perderse en las sombras de lo que no existía.
A diferencia de mí, que nunca hice nada realmente valioso. Yo solo soñaba, y mientras ella actuaba, yo me quedaba observando cómo la vida se la llevaba a ella y me dejaba a mí en el mismo punto: despierta en la madrugada, con el corazón lleno de ficciones y los ojos ardiendo de tanto imaginar.
Fue entre una madrugada y otra cuando llegó Michael. Su hermano.
No apareció de golpe; llegó como esas presencias que primero se sienten y después se confirman. Bastaron cinco meses para que su nombre quedara grabado en la calle Ac., y decían que incluso en Satnesis hablaban de él. Su pasado parecía inventado, y su encanto —del tipo que debería espantar— atraía más de lo que alejaba.
Durante semanas no lo vi. Y cuando por fin se acercó, llevaba de la mano a una muchacha que parecía una versión mejorada de mí: mi flequillo, mis pecas, pero más bonita, más viva.
—¿Esperas a Alex? —me preguntó sonriente deteniéndose al frente de mí.
—Pues sí.
En ese momento Alex salió de su casa, nos miró a los tres, y Michael se alejó con la pelirroja sin dejar de sonreír.
Esa noche habíamos planeado hacer una fogata en el patio trasero, en la casa de Katherine o en la de Alex. Sus padres se negaron. Sin discusión, sin margen. Así que terminamos sentados en la acera, con las rodillas recogidas, comiendo dulces.
—Mi madre dice que sería peligroso hacerlo allá atrás, por el césped, además, hay muy poco espacio. En tu casa hubiese funcionado —dijo él, mirando a Katherine.
–Quizás —divagó ella.
—Hubiera sido genial —agregué.
—Busquen agua, necesito agua para terminarme esta sección —dijo Katherine tomando un puñado de ositos se goma.
—También quiero agua. Alex, es tu casa, búscala.
—Mi mamá está arriba, ve tu Camila.
—Quiero agua, pero yo no la pedí primero. Que vaya Katherine —dije, tomando el refresco—. Prefiero aguantarme un dolor de barriga.
—No pienso levantarme otra vez, vaya una de ustedes. No es mucho esfuerzo levantarse —empezó a hacer ademanes—, caminar hasta la puerta, abrir la puerta, caminar hasta la cocina, abrir la nevera ¡Tomar un vaso primero! Echar el agua en el vaso ¡Mucha! —nos miró pero dejando su mirada sobre mí, agregó: —No traigas solo para ti. Michael todavía está en su habitación con esa muchacha. No creo que te moleste, Camila.
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IN cubus ©
Ficción GeneralLa desordenada y estancada vida de Camila se ve irrumpida por sueños recurrentes que distorsionan su realidad. Las imágenes difusas de quién se mostraba en sus sueños pasaron a tener carne, huesos y un rostro. Un demonio, un Incubus, Azael... Vesti...
