Había iniciado una guerra silenciosa. Una cruzada silenciosa desde adentro. Las batallas eran mínimas, pero tan intensas como la de esa noche. Resistirse a lo que no se ve, a lo que no se explica, mientras continúo el curso de mi vida.
Despertar fue como romperse contra el concreto. Sin embargo, cuando supe que estaba despierta, decidí no abrir los ojos. Aspiré con lentitud y esperé a que mi corazón se calmara.
El miedo estaba presente, sí, pero la voluntad de conservar el control lo superaba. Y lo logré, incluso cuando lo vi.
Estaba sentado frente a mí, en uno de los sillones, observándome.
Me sonrió.
Lo tomé como un agradable indicio de su alegría el verle sentado en uno de los sillones frente a mí, observándome.
—¿Qué haces? —me forcé a decir, la voz aún envuelta en el letargo del sueño, sin hacer ningún movimiento.
—Te veía dormir —dijo con una sinceridad desarmante.
—Mmm...
—¿Quieres salir conmigo un momento?
Fruncí el ceño, desconcertada.
—¿Salir? ¿Para qué? —traté de mirar por la ventana por encima de su hombro—. ¿Qué hora es?
—No lo sé. Dejé el celular en casa y no quise moverme para buscar el reloj. Solo... quiero estar allá afuera cuando aparezcan los primeros destellos de luz. Contigo.
—¿Y si todavía son las tres de la madrugada?
—Has dormido al menos tres horas, te lo aseguro. Ven —me ofreció su camiseta.
La contemplé por unos segundos. Luego lo miré directamente a los ojos. Su expresión cambió. Supo que dudaba.
—¿Qué estuviste haciendo todo este tiempo?
—Esperando a que despertaras. Quiero compartir esto contigo... este amanecer. Tal vez sea el último que vea desde este lado del mundo... antes de conocerlo verdaderamente.
—Exageras —me incorporé, apoyándome en un codo—. Alex, la universidad no es el mundo.
Él bajó la mirada. Se levantó lentamente, exhalando con pesadez.
—Ojalá te animes a venir.
Me tomó un momento decidir. Finalmente, tomé su camiseta y me la puse. Apenas me cubría por debajo de los glúteos, así que fui por ropa interior y un pantalón de pijama. Estirando mi cabello desaliñado, caminé hasta la puerta y me detuve al cruzar el umbral.
Su cuerpo reposaba sentado en el último escalón, con sus codos apoyados en el peldaño anterior. Alex no reaccionó ante mi presencia.
—Soy un caso perdido, ¿verdad?
—Lo eres. Definitivamente —dijo, girando apenas el rostro hacia mí con una sonrisa leve—. Pero ya me acostumbré. Ven, siéntate conmigo.
—Primero iré por una manta. Hace demasiado frío aquí fuera.
Volví a salir al momento, envuelta en la frazada. Me senté a su derecha sin decir nada. Lo miré de reojo. Su torso desnudo me atraía más de lo que quería admitir. Su piel, un poco pálida por el frío. Alex siguió mirando hacia el frente, quieto, como si estuviera lejos de ahí, perdido en algo que no podía compartir. El viento le había desordenado el cabello, y me quedé mirándolo, sin pensar en disimular.
—Gracias por venir a acompañarme —dijo en voz baja.
—Claro.
—¿Sabes? Nadie quiere quedarse aquí. Todos terminan por rendirse, por abandonar. Este lugar dejó de parecer una ciudad hace años. No sé cómo han tenido tanta paciencia para no desalojarnos de una vez. ¿Cuántas familias quedan? ¿Cinco?
—En esta calle, sí. Pero allá —señalé las luces al otro lado del barrio—, todos se quedaron. Allá sí habrá desalojo forzoso. Nosotros hemos vivido aquí toda la vida.
Lo miré.
—Me alegra que te vayas. Que salgas de aquí. De verdad. Lo que sea que te haga feliz. Espero que te vaya bien. Y si decides no volver... igual seguiré estando aquí para ti. Como tú lo estuviste para mí.
—Gracias. Pero volveré —respondió, bajando la mirada—. Y si no lo hiciera... volvería por ti. Mi madre sigue aquí. Mis recuerdos. Todo lo que soy respira entre estas casas viejas.
Nuestros ojos se encontraron. Me sonrió. Pero, por alguna razón, esa sonrisa me dolió.
—Nada fue para que te quedaras, Alex.
Él desvió la mirada, fijándola en el suelo entre sus pies descalzos.
—No eres la única que le teme a las decisiones significativas; no creo que habría podido echar todo a un lado así de repente. Sin estar seguro de que me quieres. Acabamos de hacer el amor. Estoy viendo un amanecer contigo. Es lo mejor que me ha pasado en años. Tal vez en toda mi vida.
Sonrió.
Y con esa sonrisa, algo en mí se apagó. Me quedé vacía. Pero cuando volví a mirarlo, regresé a mí.
—No he sido justa contigo. Nunca. Pero eres importante para mí, Alex. Y tú lo sabes. No miento. Quise tocarte. Sentir, con la piel, lo que vivo en mis sueños —mi voz se volvió mínima—. Lo hice por mí. Porque lo necesitaba. Me alegra que fueras tú.
Calló un momento. Alex no me miró.
—Tú también eres importante para mí —dijo, al fin.
Miré hacia el cielo. El azul oscuro comenzaba a rendirse. Detrás de las casas, un tenue resplandor rompía el horizonte.
No dijimos nada más durante largo tiempo. Escuchamos al primer gallo cantar y Alex echó su cuerpo adelante, tiró su cabello hacia atrás y se levantó.
—Tenemos que entrar.
—Espera, ¿no?
Me tendió la mano, la tomé y me levanté. Poniéndose frente a mí, me miró directamente a los ojos.
—Me iré sin entender nada, sin respuestas —miró mi brazo—. Aceptando todo lo que me ofreciste y, desde luego, cuando me vaya, los malos entendidos no se irán conmigo. Camila —dijo en voz baja, tocándome la mejilla—, tú eres lo mejor que me ha pasado.
Había olvidado la cicatriz.
Apenas podía verlo con aquellas lágrimas retenidas entre mis párpados. Alex tomó mi rostro entre sus manos, y tuve que pestañear varias veces para verlo mejor. Quedándose muy cerca, aproximó sus labios para otorgarme un beso vehemente en la frente.
—Necesitas descansar —murmuró—. Terminamos de despedirnos después.
—¿Y el amanecer?
Me atrajo hacia él. Sus brazos me rodearon el cuello.
—Ya amaneció, tonta. Además... tú eres mejor que cualquier amanecer.
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IN cubus ©
Ficción GeneralLa desordenada y estancada vida de Camila se ve irrumpida por sueños recurrentes que distorsionan su realidad. Las imágenes difusas de quién se mostraba en sus sueños pasaron a tener carne, huesos y un rostro. Un demonio, un Incubus, Azael... Vesti...
