Capítulo 28 parte dos - LÉGİON

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Corrí sin mirar atrás, convencida —solo por un instante— de que huir podía bastar. Corrí como si el problema fuera únicamente la casa, como si ellos necesitaran seguir huellas. Sabía que podían perseguirme hasta el infierno si querían. Mis pies se movían con una torpeza febril: tropezaba, me corregía, seguía. El miedo no me dejaba pensar; convertía las calles en un paisaje deformado, borroso, parecido al sueño en el que conocí a Azael.

Todo se veía igual que al principio.
Igual que la primera vez.

Salí de la calle Ac tan pronto como pude.

No tenía adónde ir.
No tenía opciones.

Al pasar frente a la iglesia pensé en Fernando. No fue una decisión meditada. No tenía ningún pensamiento; el pecho me ardía. Los labios apenas se rozaban mientras el aliento se me escapaba roto, inútil.

Aquel hombre siempre correcto, casi intocable fuera del espacio sagrado, tardó más de lo que pude soportar. Sentí que iba a desplomarme antes de que la puerta cediera, pero seguí llamando, una vez más, otra, hasta que finalmente abrió.

—¿Camila?

Me quedé de pie, clavada frente a él, con el cuerpo en desacuerdo conmigo. De inmediato quise explicarme, decir algo, pero apenas podía respirar. Respiraba mal, a trompicones, como si cada inhalación tuviera que convencerme de no abandonarme del todo.

Él dio un paso hacia mí y se detuvo al notar el temblor de mis manos.

—¿Qué te pasó?

Sin urgencia en la voz, como si supiera que cualquier exceso podía quebrarme, habló en voz baja, contenido. Y aun así, me quebré. Las lágrimas salieron sin ruido, sin gesto, sin permiso. Lloré frente a un hombre que no me conocía lo suficiente como para juzgarme, pero sí lo bastante como para preocuparse.

—Déjame entrar… por favor.

—Claro —dijo al instante, sin dudar, haciéndose a un lado.

El lugar olía a café frío, a jabón neutro y a papel viejo. Fernando cerró la puerta con cuidado.

—Siéntate. ¿Estás herida? ¿Alguien te estaba persiguiendo? —miró alrededor, inquieto—. Voy a traerte agua.

Sus ojos se movían rápido, sin dramatismo, registrándolo todo: mis rodillas, el dobladillo húmedo, mis muñecas demasiado delgadas.

Regresó enseguida. Se sentó frente a mí, no demasiado cerca. Me sostuvo la mirada sin invadirla.

—No sé qué decir sin empeorarlo —admitió—. Respira despacio. ¿Puedes decirme qué pasó? ¿Por qué estás vestida así?

Me tendió el vaso.

—Toma… bebe un poco.

Lo sostuve con ambas manos y lo apoyé sobre mis piernas. Me quedé rígida, con la vista empañada y el pecho apretado. Lo único que deseaba era desaparecer.

—Si no puedes hablar, asiente o niega —continuó con cuidado—. ¿Alguien te hizo daño? ¿Quieres que llame a la policía?

Negué con la cabeza.

Suspiró, bajando la mirada, como si buscara el siguiente paso en el suelo.

—Aquí estás a salvo —dijo al fin—. Tómate tu tiempo. Puedes ir al baño, lavarte la cara… ducharte si lo necesitas. Tengo ropa de mi hija, más o menos de tu talla. El baño está al fondo, a la izquierda.

Se detuvo, como si fuera a decir algo más, pero no lo hizo. Me observó sin disimulo, con una atención que no era curiosidad, sino cálculo prudente.

—No puedo volver —murmuré.

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