Capítulo 20 -19/3 18/4

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El calor del día se filtraba por mi ventana, con esa paciencia inerte que tienen las cosas inevitables. Pero no fue hasta que los nudillos de mi tía comenzaron a golpear la puerta —al principio con urgencia, luego con una cadencia más lenta, casi resignada— que el calor se volvió insoportable bajo las sábanas. Me había dormido profundamente, tan profundamente que ni la luz ni la temperatura lograron perturbarme hasta que abrí los ojos.

El tiempo se me había escurrido.

Estaba inmóvil, atrapada en un cuerpo que no obedecía. Quería levantarme. Ir al baño, quizás. Decir una palabra. Pero no había voluntad. Ni fuerza. Ni siquiera un pensamiento completo. Solo esa conciencia brumosa de existir y doler.

Margaret dejó de llamarme, pero siguió tocando la puerta con una suavidad tensa, como si temiera que un golpe más fuerte rompería algo más que mi sueño. Finalmente se detuvo. Cerré los ojos, decidida a ceder a la incomodidad, sabía que cualquier movimiento me dolería tanto como recordar lo que sucedió.

Un segundo de calma, y escuché otra voz.

—¿Camila?

Alex.

Mi corazón dio un vuelco. La puerta se abrió con un sonido apenas perceptible y sus pasos entraron en la habitación, silenciosos pero decididos. Cerré los ojos con más firmeza, relajando el rostro. Fingir que dormía era la única forma que encontré para protegerme de lo que fuera a pasar.

Él no dijo nada al principio, pero sentí el peso de su mirada, el aire contenido en su pecho. Luego, su voz me llegó baja, controlada:

—Sé que estás despierta —dijo—. Estoy tratando de mantener la calma al verte así, pero si Margaret entra… nadie podrá contenerla. Hay sangre en el piso… y un olor horrible... Tengo muchas preguntas, Camila.

Un equilibrio extraño se batía dentro de mí: una parte deseaba que él no se fuera, que me tomara, que me rescatara. La otra lo rechazaba; me repelía su presencia, su preocupación, su necesidad de entender. Quería estar sola y a la vez nunca sentir la ausencia de Alex.

Me sobresalté cuando su mano apartó un poco más la sábana, rozando mi brazo.

No podía seguir fingiendo. Entonces, hice un esfuerzo por tragar saliva, por articular algo, cualquier cosa. Mis labios se separaron apenas. En un susurro vacío se fueron mis fuerzas. Apenas me reconocí en mi propia voz.

Permanecí inmóvil. Pasó cerca de un minuto antes de que volviera a tocarme, esta vez en el cuello.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué no puedes hablarme? —susurró muy cerca de mi oído—. Margaret está fuera, preocupada. ¿Estás enferma? ¿Te llegó el periodo?

No quería que su presencia, en lugar de reconfortarme, terminara por asfixiarme. Pero el sudor frío ya me empapaba la frente, y el aire, espeso, comenzaba a faltarme como si también él se lo estuviera llevando.

—Abre los ojos, Camila —sentí cómo luchaba consigo mismo para no perder el control, cómo cada palabra le pesaba más que la anterior—. Necesito saber qué pasó. Si tengo que llamar a emergencias… —hizo una pausa—. Tu tía necesita una explicación.

—Vete —logré decir, con menos fuerza de la que hubiera querido. No tuve fuerzas para mentir o articular una trisílaba. Hice un gesto que pretendía ser negación, aunque mi cabeza estaba demasiado pesada para moverse con claridad.

Suspiró.

—Estás ardiendo —dijo tras tocarme la nuca con una mano trémula—. Tienes demasiada fiebre.

Nada en mí respondía con claridad. Solo quería que el mundo se cerrara sobre sí mismo y me dejara hundirme en la oscuridad.

Alex se puso de pie de forma repentina, como si al fin hubiera tomado una decisión.

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