Me he sentido atrapada en un bucle interminable, donde el tiempo se diluye en una serie de momentos inconexos. A las 3:34 de la madrugada, habían pasado ya más de cinco horas desde que empecé a contar el tiempo. Quería ver cuánto tiempo podía castigar a mi enemigo: sin nombre, porque suele decir que se llama como yo; sin edad, porque afirma que nacimos el mismo día, pero se comporta como si estuviera cansada de vivir; sin casa, porque le he puesto orden de desalojo y, aun así, no se va. Mi enemigo no puede irse porque somos una sola persona.
Azael me aplastaba, haciéndome trizas y Alex me volvía polvo con su ausencia.
Cinco horas. A las 3:34 de la madrugada, entendía que me habían dejado atrás.
Nueve horas y veintiséis minutos. A las 11:12 de la mañana, no puedo dormir más.
Trece horas. A las 3:00 de la tarde. Nada tenía sentido.
Veintiuna horas y cuarenta y nueve minutos. A las 11:23 de la noche.
Estoy segura de que jamás me había desesperado tanto en medio de tanta tranquilidad, porque eso era lo mío. Sabía que era una ilusión, sabía que deseaba morir ahí. Tenía la voluntad quebrada, pero el sonido de mi respiración, lenta y entrecortada, me advertía que estaba a punto de colapsar. Horas sin comer, forzándome a dormir.
No encontraba las fuerzas para levantarme, mucho menos para llevar mi cuerpo hasta la cocina.
Me puse boca arriba, desesperada, sintiendo que las paredes de mi habitación se cerraban cada vez más, como si la casa misma conspirara para mantenerme atrapada.
Moví mi cabeza de un lado a otro, desesperada, mientras lágrimas brotaban de mis ojos y el impulso de gritar se hacía irresistible.
Con el rostro empapado en sudor frío y luchando por respirar, un dolor en el pecho se intensificó y me tiré de la cama. Sin poder sostenerme, caí contra la pared junto a la puerta, la abrí con dificultad, asfixiándome, sintiendo que debía escapar de mi propio cuerpo que amenazaba con matarme deteniendo mi corazón.
Me arrastré hasta la nevera, tomé el bote de leche casi vacío y bebí de él. Vomité al instante.
A las 11:47 de la mañana volví en sí después de desmayarme. El olor me obligó a levantarme, sujetándome de la pared. Tomé el envase de agua, el queso crema y la funda de pan sobre el refrigerador, y caminé como pude hasta el comedor, donde me senté por horas donde apenas la mitad de un pan y bebí toda el agua.
Veintinueve horas y veintiséis minutos. A las 6:07 de la tarde, me quedé dormida sobre el sillón. Al despertar, me dirigí a la habitación, llevando conmigo la otra mitad del pan que había dejado sobre la mesa. Todo seguía en silencio, roto solo por el ocasional crujido de la madera y el sonido de los insectos.
Aunque todo parecía inerte y estático, el mundo seguía girando, y la calle Ac se vaciaba cada vez más.
No pude dormir toda la noche. Cuando eran alrededor de las 4:00 de la mañana, me levanté de la cama, me envolví en la manta y me senté en el sillón, sintiéndome atrapada en un bucle que me hostigaba hasta el alma y del que, de cierto modo, no quería salir.
Sentada ahí, no veía más que el costado destartalado de la casa abandonada. Sin embargo, el sol salía entre un hermoso árbol justo detrás. Mi desayuno fue la mitad del pan que me había traído conmigo.
Cuarenta y nueve horas.
A las 2:01 de la tarde, fui a recoger mis vómitos y vomité otra vez. No hice más que levantar mi basura sin intentar deshacerme del olor que había impregnado el suelo y la cocina en general.
Tomé algo más de comer y regresé a la habitación.
A las 5:17 de la tarde, intenté dormir. No había logrado descansar más de diez minutos seguidos, así que permanecí dando vueltas hasta las 3:28 de la madrugada.
Setenta y dos horas.
Desperté no solo perdida y mareada, sino también temblando. Mi respiración se volvía irregular, alternando entre rápida y lenta.
No podía enfocar la vista. Me tiré de la cama, me arrastré al baño orinándome de camino, entré en la bañera y abrí la regadera sobre mi cabeza. Solté un suspiro y mi cuerpo empezó a tener espasmos. Mi mente deseaba apagarse, pero luché por mantenerme consciente.
Me desnudé y me senté en el sillón con el cuerpo mojado. Cuando el sol empezó a filtrarse por la ventana, me desperté después de haber dormido alrededor de dos horas. Apenas podía mantenerme de pie, pero necesitaba ir al baño. Tomé el trapeador y limpié lo que quedaba de las orinas sobre el suelo; luego, abrí la llave del lavamanos y me miré en el espejo. Allí había una extraña mirándome: una chica que solía decir que tenía diecisiete años, pero cuyos ojos estaban hundidos y rodeados de ojeras, su piel pálida y sin vida.
¿Te has llamado por tu nombre? ¿Te has preguntado si realmente eres lo que ves? Yo me pregunto si siempre seré la persona que veo.
«Estás viva...»
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IN cubus ©
General FictionLa desordenada y estancada vida de Camila se ve irrumpida por sueños recurrentes que distorsionan su realidad. Las imágenes difusas de quién se mostraba en sus sueños pasaron a tener carne, huesos y un rostro. Un demonio, un Incubus, Azael... Vesti...
