Capítulo 27

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No tenía intenciones de dormir esa noche. Recostada con una almohada entre mi espalda y la pared me quedé allí, mirando la puerta al otro lado de mi habitación. Sabía que sería una larga noche.

Con un dolor leve de estómago, incluyendo la falta de voluntad para comer a pesar de lo hambrienta que me sentía, pasaron muchos minutos antes de lograr forzarme a engullir dos rebanadas de pan secos y vacíos. Con el vaso a medias de jugo acepté que sí, que habían momentos en los que juzgarme miserable era un sentimiento tan fuerte que me hacía querer huir de mí misma, quizás, ser otra persona.

Habían pasado casi dos horas y seguía despierta. No entendía por qué. El sueño venía, rozaba mis párpados, pero algo dentro no me dejaba hundirme del todo. Hacer garabatos sobre la cátedra me había servido por un rato; líneas torcidas, círculos inútiles, como si dibujando pudiera vaciarme. Pero luego vino el cansancio.

No había motivos para permanecer alerta. No temía que él robara nada. En esta casa no había nada que mereciera ser robado —ni dinero, ni objetos, ni recuerdos que alguien quisiera conservar—. Solo el aire, y a veces ni eso. Y aun así, me quedé despierta.

Cuando el reloj marcó la una con cincuenta y siete, me levanté.  Me acerqué a la ventana, agradecí que apenas caía llovizna. Me quedé ahí unos minutos, inmóvil, observando el reflejo borroso de mi rostro en el vidrio hasta que tomé el vaso y el plato para llevarlos a la cocina. Tenía que llevarlos. O eso me repetí. Sabía que era una excusa, una excusa torpe, perfectamente irónica. Quería verlo. Solo eso. Quería asegurarme de que dormía, de que seguía ahí, de que no era una idea más que había inventado. Ese era el contraste del asunto.

Crucé el pasillo despacio, como si el suelo pudiera quejarse bajo mis pies. Me imaginé encontrándolo dormido en el sofá, el cuerpo rendido, la respiración tranquila. Pensé que, tal vez, si lo veía así, podría dormir yo también. Pero el pensamiento se quebró en el instante en que mis ojos lo encontraron.

Dégel estaba sentado en el suelo, junto a la puerta. La imagen me atravesó con la violencia de un rayo. No tuve tiempo de entender nada: el vaso y el plato resbalaron de mis manos. Tuve que sostenerme de la pared.

—¡¿Qué diablos haces ahí?!

Él se puso de pie en el instante en que me vio. Dégel se quedó observándome en silencio, con una expresión absurdamente tranquila, como si no entendiera la gravedad del momento o como si su calma fuera una forma de defensa.

—¡¿Qué hacías?! —repetí, alzando la voz sin poder contener el temblor que me recorría los brazos.

—Sentado. —Su respuesta cayó con la misma frialdad que su mirada.

—¿Me estabas espiando?

—¿Cómo? —murmuró, bajando los ojos hacia el suelo junto a la puerta, justo donde lo había encontrado—. Es decir... no, por supuesto que no. Quería estar pendiente, por si requerías ayuda. No habría podido escucharte si me hubiera acostado en el sofá.

Su tono era tan simple que me desconcertó.

—¿Tu ayuda? —le eché un vistazo a los trozos de las vajillas en el suelo para volverlo a mirar a los ojos de mala manera. Después me reí—.  Esto es muy raro, tú eres raro. No soy tu problema. Tú tampoco eres el mío desde hace horas. Ya estás bien. Deberías irte de mi casa.

—Cierto.

—¿En qué diablos estabas pensando? —dije, intentando no alzar más la voz, aunque mi paciencia se quebraba a cada palabra—. Me has dado más trabajo que hacer.

—Puedo hacerlo —afirmó inclinándose de golpe.

—No hace falta que lo hagas —dije con un suspiro, mirando al techo, buscando una calma que no encontraba.

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