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Alex estaba recostado junto a la puerta del baño, su figura delgada dejaba ver las líneas de sus músculos por la ropa mojada pegada a su piel.
Me observaba en silencio, tan concentrado en mí que casi podía sentir el peso de su mirada sobre mi cuerpo. Habían pasado unos diez minutos, tal vez más, y no habíamos pronunciado palabra alguna.

Había tenido ese sentimiento muchas veces en la vida, ese que te hacía sentir horrible, como si toda tu existencia no fuera más que un cúmulo de errores los cuales tratabas de pasar desapercibidos. Así me sentía esa madrugada; la posibilidad de haberme equivocado, otra vez, me atravesaba como un puñal en el pecho. Aun así, al mirar a Alex solo veía al chico que siempre me había elegido, el único que no huyó aun después conocerme como el desastre que representaba. Alex era la ternura de una amistad paciente que moría de amor no correspondido.

Con el cuaderno en mano y sentada al borde de la cama, evité su mirada por un instante más antes de atreverme a preguntar:
—¿En qué piensas?

—¿En qué piensas tú? —preguntó él, mirando el cuaderno, sus ojos curiosos, esperando una reacción.

Lo miré por un instante fugaz, pero mi mirada se deslizó de inmediato hacia otro punto, como si su presencia quemara.

—No estás leyendo nada —observó, con una pizca de burla en la voz—. Ni me dices nada.

—Me preguntaba en qué piensas… Solo te quedas mirándome. Y yo… quizás no tengo nada que decir.

Alex suspiró y apartó la vista, fijándola en un rincón de la habitación.

—¿Qué haremos?

Al segundo sabía que no sabría cómo responder, así que simplemente lo ignoré.

—¿Ah? —insistió, su voz sonaba casi resignada.

Mis manos se aferraron al cuaderno con fuerza. Nada, pensé. Pero no quise decirlo en voz alta. En cambio, dejé el cuaderno a un lado, buscando una distracción que disipara el peso de la conversación.

—Estoy hablando contigo —me insistió algo molesto—. ¿Por qué estoy aquí?

—Por que decidiste quedarte —me levanté para acercarme al armario—. ¿Por qué no te quitas esa chaqueta tan mojada? 

No tardé en encontrar una camiseta blanca; mirándolo directamente a los ojos me aproximé para extendérsela.

—Llevo más de media hora aquí y recién ahora te preocupa que esté mojado —rió levemente.

Conteniendo un suspiro, Alex se apartó de la pared.De mi parte, mantuve mi mirada fija en él, pero me cohibí de responderle.

—Somos demasiado drama, ¿no? —dijo, tomando la camiseta que le ofrecí con una mezcla de molestia y cansancio—. Ya es suficiente por hoy. Esperaré a que pare la lluvia para irme.

—Okey.

Alex me miró algo sorprendido.
—¿En serio?

—¿Quieres que te pida que te quedes? Ya lo hice.

Se rió y, sin decir más, entró al baño.

—No hay manera de que no volvamos a pelear, lo sabes —murmuré.

—Intento decirte que estoy harto de pelear. Parece una mala costumbre... de los dos.

Arqueé una ceja y le tendí un pantalón de pijama.

Cuando salió, confirmé lo que ya imaginaba: la camiseta le quedaba algo ajustada, marcando su sutil musculatura.

—Deja la ropa mojada sobre el lavamanos. Mañana la vienes a buscar.

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