Capítulo 29

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No volví a salir.
La casa se fue apagando por capas. Primero la luz, luego el ruido, después el cuerpo. Durante días —quizás semanas— no sentí un rayo directo.

Agonizaba. No de una forma limpia, ni dramática. Era una agonía lenta. Comer se volvió una tarea innecesaria, casi ofensiva. El hambre no dolía tanto como levantarme. Apenas podía incorporarme dos veces al día.

El silencio fue lo único que no me exigió nada. Me adormecía los sentimientos, los volvía borrosos, manejables. Tenía miedo —eso era claro—, pero aposté a mi capacidad de quedarme quieta y fingir que ignorar también era una forma de sobrevivir. Me hablaba al espejo: monosílabos, frases sueltas, lo mínimo indispensable para no desaparecer del todo. A veces necesitaba romper el silencio, aunque fuera conmigo misma. Dejaba que el agua de la ducha me golpeara durante horas. No dormía. El insomnio se volvió mi forma más honesta de vigilia.

En una de esas noches, me di cuenta de que a penas faltaban nueve días para que Alex volviera de las vacaciones

Después, una tarde —creo que era una tarde, aunque ya no confiaba en la luz—, tocaron la puerta.

El corazón me dio una punzada seca, inmediata. Pensé que era él. Pensé: se adelantó. El pensamiento me atravesó antes que la razón.

Los golpes eran insistentes.

Me levanté de la cama y entré al baño pese a que no sentía las piernas. Me sostuve de las paredes. Frente al espejo, humedecí el cabello sin desarmar la cola de caballo. Lavándome el rostro no iba a borrar nada. La imagen seguía siendo funesta. No encontré fuerzas —ni tiempo— para quitarme aquel vestido gris, viejo y corto.

Tomé el pomo y tiré de la puerta hacia mí sin pensarlo.

Vi su rostro apenas unos segundos. Los suficientes para que mi cara se contrajera en una mueca involuntaria. Cerré de nuevo.

—Alex —dijo, Michael del otro lado.

Yo continuaba con el pomo en la mano.

Escuché sus pasos subir y acercarse a la puerta.

Abriendo la puerta sonriente, me miró a los ojos un momento.

Sonrió al principio, me sostuvo la mirada un instante. Al ver mi rostro inmóvil, conteniendo cualquier gesto, su sonrisa se borró. Algo duro se le instaló en los ojos.

—¿Por dónde comienzo?

—¿Qué haces aquí?

—Ni siquiera puedes hablar —me recorrió con la mirada—. ¿Qué te pasó?

Lo observé en silencio. Su pregunta no nacía de la preocupación, sino del desprecio. Me exigí mantenerme firme frente a él.

—Responde.

—No te importa.

—Tienes razón. Pero quiero saber si es cierto lo que dicen —hizo una pausa mínima, cruel—. Que pretendes dejarte morir aquí porque quedaste huérfana. Esta casa es un asco. Apenas pareces una persona cuerda.

—Suelta la puerta.

—¿No quieres saber nada de tu amado?

—No quiero. No quiero verte. No quiero oírte.

—¿Segura? —dijo, y me tocó el mentón.

—No me toques —murmuré, mordiéndome el llanto.

—Me da asco tocarte —dijo, casi sorprendido de sí mismo.

—No lo vuelvas a hacer.

—Estás embarazada.

La visión se me nubló. Las lágrimas llegaron antes de que pudiera detenerlas. Michael soltó el pomo y empujó la puerta un poco más, dejándome expuesta, entera.

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