Azael.
Los caídos no poseemos patria alguna. Somos errantes eternos, condenados a la sombra perpetua por haber abandonado la dignidad que nos fue otorgada, engañados por la codicia insaciable de una gloria insuficiente. Y ahora, en este exilio sin retorno, somos la sombra misma de aquella decisión fatal. No conocí jamás a otro entre los caídos que, tras la reclusión, anhelara regresar; ni siquiera aquellos que se resignaban a su encierro eterno. Pero yo, Azael, aún guardo el deseo ferviente de volver al Tercer Cielo. Ahí está nuestro hogar. Mi hogar.
Nunca anduve huyendo de mis iguales; desde la caída, supe que quería volver. Por eso, tras milenios, cesé la búsqueda de quien compartiera mis ideas. Apartarme previno enfrentamientos estériles que no habrían cambiado mi voluntad.
No nos cuestionamos qué somos. Lo sabemos. Somos como un líquido impuro que corrompe y se extiende sin tregua. Hemos vivido demasiadas vidas, infinitas, y aun así recordamos. Recordamos lo esencial: fuimos grandes. Fuimos dignos. Sin pensamientos firmes ni constantes, sin esencia propia que se mantuviera, recordamos estos principios como el sustrato esencial de nuestro ser.
Invadir es nuestra naturaleza. Hacerse uno con lo ajeno hasta que no haya distinción entre el invasor y lo invadido. Eso hacíamos y más. Sin embargo, la única semejante que ha sido una conmigo tanto en lo visible como lo que no lo es, ha sido Camila. En las ocasiones en que debía presentarme frente a ella, incluso en su estado onírico, soportaba el infierno bajo la planta de mis pies. El suelo era mi enemigo al ser quien ella conocía.
Ningún otro semejante me conoció así. Ninguno. Solo ella.
Aunque los demonios podemos tomar formas humanas, somos humo, sombras. Para ella, en cambio, me volví carne y hueso. Eso tuvo un precio, y ese peaje fue sentir en cada paso el ardor del mismo infierno, transformado en humano.
Descendí descalzo, vestido como el hombre que ella conoció después de tantos años. Jamás anduve como si huyera de mis iguales, desde que caí sabía que quería volver, por esa razón después de milenios detuve mis intentos de buscar a alguien que compartiera mis ideas. Apartarme previno confrontaciones innecesarias que no me harían desistir.
Requería una respuesta. No avanzaría a ciegas hasta mi destino para encontrarme con la muerte de mi única esperanza. Ese niño debía vivir.
Un bebé que ya existía.
No me importó haber pasado tanto tiempo entre los semejantes. Quería sobrellevarlo, acostumbrarme. Solo necesitaba algunos años para preparar a mi intercesor, mi hijo intercedería por cada uno de los caídos, los malditos, desobedientes inredimibles.
Todo estaba como lo había dejado, excepto por la multitud que caían como granos de mostaza desde la tierra a lo lejos. Habían legiones de nosotros encarcelados, atados en troncos ardientes, y un gran alboroto entre los inferiores impetrando estar delante de quien ostentaba el control de las tinieblas.
Pasé entre ellos apartándolos como si aún tuviera la jerarquía para hacerlo de esa manera. Todos los indispensables nos conocíamos; mientras que los demás, a causa de mi olor, bufaban y se apartaban.
—¡Vaya, mirad quién regresa a su dulce hogar! —exclamó uno de los que guardaban la puerta—. ¿Por qué todos se apartan ante su paso? —aspiró con desdén—. ¿Aún huelen en él autoridad? ¡Mírenlo bien! Es un traidor, disfrazado de humano, perdido en su propia identidad.
Edd, que alguna vez descendió como arcángel, dio un paso adelante. Su cuerpo había olvidado la belleza celeste; ahora era una abominación de piel gris, colmillos y ojos que no parpadeaban.
Edd, que alguna vez descendió como arcángel, dio un paso al frente. Su cuerpo había olvidado la belleza celeste; ahora era una abominación de piel gris, colmillos y ojos incapaces de parpadear.
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IN cubus ©
Ficção GeralLa desordenada y estancada vida de Camila se ve irrumpida por sueños recurrentes que distorsionan su realidad. Las imágenes difusas de quién se mostraba en sus sueños pasaron a tener carne, huesos y un rostro. Un demonio, un Incubus, Azael... Vesti...
