No recordaba la última vez que estuve tanto tiempo sentada en el sofá. La televisión seguía encendida, en silencio, lanzando luces parpadeantes que pintaban la sala de azules y blancos pálidos. Podría decir que, al no mirarla, ella me observaba a mí. Fija. Mientras yo le devolvía la mirada a un punto indefinido del techo.
El leve chirrido de la puerta me devolvió al presente. Margaret, envuelta en su bata rosada, caminó directamente hacia la cocina. Encendió la luz, abrió la nevera, sirvió un vaso de agua. Luego, como si cada movimiento estuviese coreografiado por años de costumbre, fue apagando las luces una a una hasta volver a su habitación.
Mi tía no se molestó en mirarme. Caminó por la sala como si yo fuera parte del mobiliario. Sabía que yo estaba ahí —no tenía que mirarme para saberlo—, pero, a juzgar por su expresión inmutable, no le importó en absoluto si me había quedado dormida sobre el sofá.
Ni siquiera apagó la televisión.
Y entonces, como ocurre con las verdades más crueles, lo comprendí sin necesidad de palabras. Era totalmente absurdo sostener la idea de que Alex volvería, pero no me había dando cuenta hasta volver a clavar la mirada en el techo.
No tenía ganas de ponerme de pie, pero quería estar en mi cama, cerrar los ojos y descansar. Eventualmente, me empujé fuera del sofá y arrastré mis pies hasta mi cuarto. Mi colchón amortiguó mi caída sobre él. No hubo sobresalto. Solo una transición, como un cambio de escena mal editado, una distorsión apenas perceptible. El aire se volvió más denso, el silencio más grueso. Cuando me di cuenta, ya no estaba en mi cuarto.
Tercera vez. Mismo lugar. Una especie de espacio suspendido, sin paredes ni cielo, sin fin ni lógica. Todo se perdía en una niebla interminable, y aun así, yo sabía exactamente dónde estaba. Sentada bajo una farola que apenas lanzaba un halo tímido que no alcanzaba a tocar del todo el suelo. El tipo de luz que no sirve para ver, solo para recordar que estás a oscuras.
Tanta quietud debía inquietarme pero decidí esperar. Y no pasó mucho tiempo cuando sentí el primer roce, las caricias llegaron suaves, pausadas, como si esa mano me conociera, como si supiera exactamente dónde tocar. Y yo, contra toda lógica, las acepté.
No eran caricias con malas intenciones. Había aprendido de mis experiencias pasadas; todas acudían a mi mente sin filtros, como un archivo que se abre solo. Lo único que ignoraba era que, yo era un animal domado en esas circunstancias. Lo que acontecía en ese instante era como dormirse entre laureles: rendida, suspendida entre lo onírico y lo prohibido, ajena a lo sensato, a lo prudente. Aun cuando mi desnudez era total, edénica, libre de telas y vergüenzas, conservé la calma.
Con la misma destreza con la que un violinista toca su instrumento, él recorría mi clavícula valiéndose de sus dedos, no existía obstáculo entre su tacto y mi piel —era una comunión sin censura. Era formidable, casi celestial, la delicadeza con la que sus dedos se deslizaban por mis mullidos. No me hice preguntas.
Así nace la lujuria: no con violencia, sino adormeciendo el impulso de huir con caricias.
Reaccioné con un suspiro sordo cuando sus manos abarcaron mis senos por completo, presionándolos ligeramente. Los sacudió de tal manera que mi cuerpo se escandalizó deseando que no se detuviera.
A pesar de sentir que tenía el control —una convicción fuerte, casi mística, de que podía volar, traspasar muros, caminar sobre las aguas— usé esa ilusión de poder para tomar su mano izquierda y extenderla hasta mi pelvis.
No me detuve a pensar en la apariencia de su brazo. Negro como una mano que sale de un abismo; un símbolo más que una extremidad. Y, sin embargo, en mi éxtasis, no me importó. Quería más. Quería todo de inmediato.
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IN cubus ©
Fiction GénéraleLa desordenada y estancada vida de Camila se ve irrumpida por sueños recurrentes que distorsionan su realidad. Las imágenes difusas de quién se mostraba en sus sueños pasaron a tener carne, huesos y un rostro. Un demonio, un Incubus, Azael... Vesti...
