Capítulo 26

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Abrí los ojos con una pesadez sofocante. El cuello me dolía, rígido, torcido en un ángulo incómodo contra el respaldo del sofá, mientras un cosquilleo adormecido recorría el brazo atrapado bajo mi propio peso. Contuve un largo suspiro, uno que parecía haberse atascado en la garganta, y apreté los párpados con fuerza antes de volver a abrirlos.

Lo vi.

Mi mente había ignorado —o quizá reprimido— la información de que había un desconocido en casa. Pero ahí estaba, frente a mí. Y me estaba mirando.

Tenía la boca seca, los labios pegajosos. Sentía el perfil izquierdo de mi rostro aplastado, seguro con la marca del pliegue del tapizado. Me incorporé despacio, confusa, con esa extraña sensación de no saber si habían pasado minutos o varias horas.

La habitación estaba sumida en un silencio expectante, apenas interrumpido por el zumbido lejano de un electrodoméstico.

Me tomó unos segundos reprocharme la imprudencia de haberme quedado dormida en esas circunstancias.

«¿Cuánto tiempo llevará mirándome, por Dios?»

Su pálido rostro era la única parte de su persona que no estaba bajo aquella manta.

Inhalé lentamente por la nariz y aparté la vista de él. A través de un pequeño espacio entre las cortinas, observé el exterior.

Anocheció.

Me obligué a mantener la calma, a fingir una compostura que no sentía, a no darle importancia a mi aspecto bajo esa mirada que me atravesaba como un cuchillo lento. Me acomodé en el sillón y pasé ambas manos sobre mi rostro, dejando escapar un bostezo que no disipó la tensión.

Aún no podía hablar. No después de haber dormido de esa manera tan rígida e incómoda. No con la garganta tan cerrada.

Dégel no apartaba los ojos de mí. Su mirada era inexpresiva y serena.

Yo ya sabía lo que quería decirle, las palabras que había ensayado en mi cabeza desde el instante en que lo vi mirándome. Sabía cómo deseaba manejar la situación. Pero al verlo contraer la mandíbula, al notar cómo fruncía los labios con un gesto contenido, entendí que él sería quien tendría la osadía de romper primero aquel silencio.

—¿Descansaste? —preguntó al fin, con una voz baja, casi neutra, pero cargada de un filo imperceptible.

Me quedé quieta. Había algo en su tono que me obligaba a repensar cada palabra.

Pasé la lengua por mis labios resecos y me limité a mirarlo. Su serena rigidez me incomodaba más que cualquier agresión abierta.

El silencio volvió a extenderse entre nosotros.

—Gracias por cuidarme —dijo, y recorrió con la mirada la habitación—; por dejarme entrar, por salvarme la vida.

La espalda me dolía, no sentía las piernas y tenía hambre. Todo eso bastó para que olvidara mis intenciones previas de echarlo de mi casa, al verlo aparentemente repuesto.

«¿Salvarle la vida…?».

El pensamiento se quedó suspendido en mi mente mientras me encontraba con sus ojos negros por un instante. Intenté acomodarme, inquieta.

—¿Te sientes mejor?

Me incliné para tocar su cuello y su frente con él dorso de mi mano, quitándola al instante.

—Aún tienes un poco de fiebre.

Lo observé, esperando una respuesta. Mantener mi mirada fija en él fue un acto de paciencia, porque él optó por guardar silencio hasta impacientarme.

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