La casa permaneció en silencio durante toda la mañana. Lo supe con certeza, porque incluso en sueños, cualquier ruido —por tenue que fuera— habría bastado para despertarme. Pero no hubo ninguno. Si Alex hubiera salido por la puerta principal, Margaret lo habría visto. Y si se hubieran cruzado, al menos un par de palabras habrían intercambiado. Sin embargo, no escuché voces, ni pasos, ni el leve chasquido de una puerta cerrándose tras de sí. Todo indicaba que Alex se había marchado por la ventana. Muy temprano.
No fue necesario girar la cabeza; lo supe, con esa certeza, él ya no estaba.
Su ausencia no me incomodó. Los pensamientos sobre él se deslizaron por mi mente con la misma tibia indiferencia con la que me incorporé, recogí el cabello y caminé sin prisa hasta detenerme en el umbral de la cocina.
—¿Qué hora es? —le pregunté a mi tía.
Margaret me miró fugazmente antes de volver a darse la vuelta. Tomó un par de ollas y las guardó, como si yo no estuviera allí.
Era casi una costumbre preguntarle la hora cuando la tenía cerca, una especie de manía. Pero esta vez, no parecía dispuesta a responder. Terminó de organizar todo sin siquiera mirarme de nuevo.
—¿Pasó algo? —pregunté, frunciendo el ceño.
—Bastante tarde para mí —dijo, al fin. Su voz era baja, plana—. Es muy probable que Alex esté afuera, esperándote. Vino a disculparse por lo del domingo.
Giré la cabeza hacia el reloj. Pasaban de las once y media.
—¿Cuánto tiempo lleva ahí?
—Quizas una hora, no lo sé.
Su rostro seguía imperturbable, pero algo en la rigidez de su postura me incomodó.
—¿No crees que exageras? —solté—. Alex y yo estamos bien. ¿No te lo dijo?
Margaret no respondió y su silencio me irritó más de lo que esperaba.
—¿Ni siquiera le dijiste que pasara?
Nada.
En ese punto, ya no me importaba entender su enfado. Me giré con la firme intención de hacerle notar que no necesitaba ni una palabra más de su parte.
Abrí la puerta sin titubear.
El sonido llamó la atención de Alex, que se puso de pie al instante y se volvió hacia mí.
Estuve a punto de reclamarle cualquier conversación que hubiera tenido con Margaret, pero me contuve, mientras lo veía subir las escaleras.
—¿Por qué no entraste?
—No sabía si querías encontrarme en tu sala.
—¿Hablando con mi tía?
—En tu sala, Camila —remarcó—. No lo sé... No quise esperarte adentro. Hablé con Margaret un rato; te habríamos despertado de seguir con sus chistes —sonrió brevemente.
Contuve un suspiro y aparté la mirada.
—A ti te cuenta chistes y a mí me ignora, esto es increíble —murmuré entre dientes—. Quedamos en que te quedarías en mi habitación, no en la sala.
—Te estuve esperando, pero tuve que irme. Mi mamá estaba preocupada.
—Ok… pero ¿por qué volviste tan temprano? ¿Por qué quedarte hablando con mi tía y luego hacer el drama de quedarte afuera?
—Te esperé tres horas después de despertarme. Tenía todo calculado, pero al final me quedé parado frente a tu ventana casi media hora más, dudando si debía volver a entrar. Margaret salió y nos saludamos… No iba a decirle que estaba ahí para colarme en tu habitación, ¿no? No tendría sentido. ¿Qué te pasa?
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IN cubus ©
General FictionLa desordenada y estancada vida de Camila se ve irrumpida por sueños recurrentes que distorsionan su realidad. Las imágenes difusas de quién se mostraba en sus sueños pasaron a tener carne, huesos y un rostro. Un demonio, un Incubus, Azael... Vesti...
