Capítulo 21

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Ciento veintidós horas de disputas.

Mil doscientos tres minutos de indirectas.

Cinco mil setecientos treinta y cinco milisegundos de besos robados.

Una amistad que alimentada por dieciséis años... y con la debilidad de un infante.

Alex rechazó aquello que, durante años, me había exigido con la elocuencia muda de las miradas, con suspiros, con caricias evasivas, incluso con palabras. Esa noche mi corazón vibraba diferente, en mí había una exigencia necia de comunicar lo que sentía sin usar palabras. Y es que para nuestra mala suerte, las palabras, en nosotros, siempre fueron una enemiga común.

Amargada, me aferraba a la idea de que él debía aceptarme, como si lo que recién sentía era una deuda que se paga por insistencia. Pero al regresar a mi habitación, en medio del silencio que siempre lo dice todo, comprendí que también yo debía aceptar que había esquivado, arruinado y pisoteado toda oportunidad que ingenuamente Alex me había dado de acercarme a él.

Me eché sobre la pila de ropa en el sillón previo a suspirar deshaciéndome de la goma que sujetaba mi cabello. Mis pensamientos también se desataron, confusos, envueltos en palabras susurradas que no entendía. Ese ruido interno que enloquece...

Miré hacia la esquina del armario y, de pronto, todo volvió: su voz, tono exacto e imágenes; su expresiones y su gestos. Como me alzó...

Cuando me di cuenta mis ojos se o dejaban de llorar y mis pensamientos no seguían una secuencia, mi amigo, el monstruo que entra a mi habitación, Alex que de pronto no me deja acercarme El mundo es lo que se me acerca y me suspenden el aire sosteniéndome del cuello.

Cuando me di cuenta, mis ojos no dejaban de llorar y mis pensamientos se deshacían sin orden. Por un lado, mi amigo, a punto de marcharse a otra ciudad; por otro, los demonios que se cuelan en mi habitación. Alex, de pronto, me rehúye, no me deja acercarme. Y de nuevo, el monstruo: acechándome en mis sueños, irrumpiendo en mi habitación, palpándome y suspendiéndome el aliento al sostenerme del cuello.
 
Esbocé una sonrisa rota, seca, mientras limpiaba las lágrimas. Me incorporé lentamente y me dejé caer sobre la cama.

No tenía sueño. 

Alex era una víctima,  —rechazar las migajas mohosas no era egoísmo. Lo pensé en medio de un breve silencio.

Me retiré de la cama y me dirigí al baño. Encendí la luz para verme. Quería mirarme, enfrentar el juicio mudo del espejo, descubrir —quizás— qué era lo que Alex veía en mí.

Pero no lo soporté. Entonces le di la espalda al espejo por unos minutos. .

Otra vez tenía lágrimas en los ojos y el corazón arrugado como una pasa añosa. Extrañada y llenas de dudas toqué mi vientre. Lo acaricié con suavidad... hasta que empecé a presionar. Luego, aparté la mano, cerré el puño y, sin pensarlo siquiera un segundo, me golpeé. Cuatro veces, al menos.

Al volver mi atención al espejo sopesé lo estúpido que era hacerme daño.

Mis pies tembleques me llevaron a retroceder adheriendo mi espalda contra la pared. Me deslicé por ella hasta quedar sentada, con el rostro hundido entre las piernas.

Lloré.

Me tomó unos minutos de gimoteos decidirme a darle paso a mis designios poniéndome de pie dispuesta a entregarlo todo, consciente de que sacrificaba mi ficha más valiosa, mi seguro de paz. 

Me quité el vestido, lo único que cubría mi desnudez. Mojé mi cabello y lo eché hacia atrás. Lavé mi rostro y, con la toalla que pensaba usar para cubrirme, me sequé la cara. Apagué la luz sin apartar la mirada del espejo.

IN cubus ©  Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora