Capítulo 17

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No parecía Navidad.

Regresé a casa mientras la noche parecía tragarse el mundo entero. Subí los escalones con la intención de entrar, desearle feliz Navidad a mi tía y encerrarme en mi habitación. Sin embargo, algo dentro de mí me detuvo frente al umbral. Me quedé mirando la madera de la puerta, inmóvil, hasta que un suspiro profundo escapó de mis labios. Dejé que mi frente cayera contra la superficie fría mientras sentía el peso de mi vida y mis decisiones aplastándome el alma.

Cerré los ojos sintiendo cómo el frío de la madera se mezclaba con el calor de mi aliento. Respiré hondo, una y otra vez mientras mi mano se aferraba al pomo durante interminables segundos, incapaz de girarlo.

La casa me parecía triste, tan triste como la calle Ac. No había forma de sentirse de otra manera en ese ambiente. Hubieron años mejores, pero esta vez, nada indicaba que la Navidad estuviera cerca, que estábamos en esa época de luces brillantes, fuegos artificiales y cenas familiares. La calle Ac pareciera estar bajo un domo, donde no podías escuchar ni los ruidos del centro, quizás allá si era navidad. Todos parecíamos estar atrapados en algo distinto, ajenos a las festividades; aunque, no sabía que pasaba en cada una de esas casas viejas a mi alrededor. En casa no había nada era diferente, adentro solo me esperaba  un silencio más denso, como si la casa misma hubiera decidido ignorar de forma drástica la temporada. No había árbol, ni adornos, y el aroma a comida ya se había disipado.

Nochebuena, sin olor a cerdo, sin chimeneas encendidas, sin una familia y con el sentimiento opresivo de tomar en serio el deber de mostrar amor al único familiar con quién podía compartir.

Al final, no giré el pomo. Dejé que mis piernas cedieran y me hundí en los escalones del porche.

Antes de ver a Feruse, escuché unos ruidos suaves, apagados por la distancia. Crucé hacia el patio trasero y lo llamé con un maullido bajo. No mostró interés en mi mano vacía, pero mi insistencia lo detuvo.

Se giró, me miró por un momento y respondió con un maullido corto antes de desaparecer por la ventana, dejándome con la mano aún extendida.

Regresé a la puerta. Mi mano se posó sobre el pomo nuevamente, y mi sien sobre ella y esta vez logré girarlo.

De inmediato pensé que lo único que necesitaba eran mis sábanas y el refugio seguro de mis cuatro paredes. Sin embargo, casi sin darme cuenta, mis pies me llevaron a la cocina. Estaba oscura, vacía y ordenada, como si nada hubiera sucedido allí en años.

Asumí que me había escuchado entrar; con aquella vieja puerta, era imposible que no lo hiciera. Por eso, me dejé caer en el sofá, dejando que mi cuerpo se hundiera mientras esperaba a que ella apareciera.

Margaret no salió. El cansancio comenzaba a pesarme, y sentía cómo el sueño me vencía por momentos. Finalmente, me levanté y fui al comedor, ocupando el mismo lugar donde había estado minutos antes.

Sentada allí, dejé que mi mente divagara, imaginando escenas de la cena. Una sonrisa irónica se dibujó en mi rostro al reconocer que, quizás, había podido darle otro final a la noche.

Miré el lugar que había ocupado mientras me levantaba, con el corazón apretado.

«No hay nada que hacer».

Al cruzar el pasillo, escuché a Margaret toser. Al principio fueron algunas toses seguidas, pero luego el sonido se volvió extraño. Aun así, decidí tomarlo a la ligera y crucé la puerta de mi habitación.

Intenté cerrarla, pero no pude. Su tos persistía, cada vez más fuerte. Me quedé frente a su puerta, esperando a que se detuviera, pero el sonido solo se intensificó.

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