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Kuroo me acompaña a nuestra habitación porque quiere coger su bloc de dibujo, así que le pregunto si puede llevarse también mi consola. Él no pone ningún problema al respecto. Antes de dejarme solo me vuelve a recordar (o amenazar, según desde que perspectiva se mire) que como tarde mucho va a venir a buscarme.

Cuando escucho la puerta cerrarse no puedo reprimir un suspiro de alivio. No obstante, inmediatamente cojo todo lo que necesito para ducharme y me encierro en el cuarto de baño. En ese momento echo de menos un pestillo más que nunca.

Como no quiero tentar la suerte me enjabono el cuerpo y el pelo con demasiada rapidez y no me permito disfrutar de la sensación del agua caliente más tiempo del necesario para aclarar el jabón. Creo que es la ducha más rápida que me he dado en toda mi vida. Ese pensamiento me arranca una tímida sonrisa porque Kuroo lo hace todo mucho más interesante de una forma un tanto peculiar.

Después de diez minutos me encuentro delante del espejo del cuarto del baño con el corazón en un puño, pero listo para ir al encuentro de Kuroo. Me he secado el pelo un poco porque si no lo hago mañana estará horrible, lo que me ha hecho retrasarme más de la cuenta, aunque que irrumpa en el baño ahora no me supone ningún problema porque al menos tengo ropa encima.

Finalmente salgo de la habitación para dirigirme al patio. Esperaba que no hubiera nadie siendo un día entre semana, pero, para mi sorpresa, varios estudiantes han copiado la idea de Kuroo.

Visualizo al chico sentada en torno a una de las mesitas de madera más alejadas del gentío totalmente concentrado en lo que sea que está dibujando. Me acerco a él con paso firme y, cuando todavía me quedan unos cuantos metros para llegar a su altura, él parece oír el sonido de mis pisadas sobre la hierba, porque se gira con una sonrisa para seguirme con la mirada hasta que tomo asiento en una silla situada en frente de él.

- He estado a punto de subir, pero has tenido suerte.

Decido ignorar ese comentario porque sé que solo lo ha dicho para molestarme, así que le pido mi consola. Él la deja sobre la mesa, pero en el momento en el que coloco mi mano sobre ella para atraerla hacia mí, él atrapa mi mano con la suya, impidiendo que pueda moverla.

- ¿No has oído lo que he dicho?

- ¿Qué quieres que responda a eso?

- ¿Tu opinión? -inquiere él-. Quizás te habría gustado que fuera a buscarte a la ducha.

Intento zafarme de su agarre, sintiendo como mi cara se pone cada vez más roja debido a esta situación. Espero que nadie nos esté prestando demasiado atención porque esto es muy bochornoso.

- No me habría gustado.

Kuroo esboza una sonrisa divertida ante mi respuesta, pero libera mi mano finalmente. Antes de que se arrepienta, cojo la consola y, a continuación, comienzo a jugar intentando ignorar lo que acaba de pasar porque el corazón me late demasiado deprisa.

Pasamos un rato en completo silencio, cada uno sumergido en su propia actividad, lo cual me permite relajarme. Ahora que tengo la mente en frío debo admitir que me alegro de haber aceptado su oferta porque hace una noche magnífica. Además, corre una pequeña brisa que lo hace todo incluso más agradable.

Justo cuando pienso eso, una ráfaga de viento más fuerte que las demás me revuelve el pelo. Mientras me lo coloco detrás de las orejas veo a Kuroo por el rabillo del ojo: está oliendo algo, tal como revela su nariz, que se mueve de una forma graciosa. En ese momento me recuerda a un gato que ha captado un aroma que le llama la atención.

- ¿Es tu pelo eso que huele tan bien? -inquiere él de repente.

- ¿Creo que sí? -respondo, inseguro. Me acerco un mechón de pelo a la nariz para olisquearlo-. Supongo que es el champú que he utilizado antes. Si quieres, puedes utilizarlo también, es un bote rojo.

Habitación 212Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora