Capítulo 12

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"La disciplina forma el carácter. El estoicismo impide ver a los demás el estado de ánimo, la tristeza no es un espectáculo para los demás así como cualquier otro signo de debilidad. Un alma imperturbable es una muestra de cortesía para tu propia raza, la simpatía, la tolerancia son para cualquier otro pueblo del universo, pero la rudeza de corazón es propia de un verdadero guerrero... dar paso a las emociones, mostrarlas en el rostro son una falta de madurez, no permitas que vean dentro de ti, ni regocijo, ni ira, esas son las muestras de un buen carácter saiyajin..."

Esas eran palabras que Vegeta se sabía de memoria, podía recitarlas junto a otras miles que su padre y otros saiyajines le habían formado durante sus primeros años. Disciplina. Orgullo. Estoicismo, al menos las primeras dos las cumplía con toda el alma, en cuanto a la tercera se daba algunas licencias, no dudaba en mostrar desprecio o dejar salir su sentido del humor en algunas ocasiones, finalmente el rey y casi toda la raza habían desaparecido, ya no quedaba casi nadie que recordara esas viejas palabras. Respiró dejando salir todo el aire de sus pulmones y terminando el ejercicio mental se quedó quieto unos segundos más, luego recorrió la habitación para terminar de vestirse y sin mirarla dirigió su atención a la hembra: – te vas a quedar ahí o puedes levantarte y vestirte? En caso contrario te llevaré tal como estás al centro de recuperación –esa sola frase bastó para que Bulma se incorporara y comenzara a buscar ropa, justo como Vegeta anticipara la mujer se apresuró en quedar lista y pudieron partir casi de inmediato. Cuando volvían en pleno vuelo Bulma pudo apreciar que el cielo nocturno estaba comenzando a aclarar, debía ser una hora muy temprana y llegaron a su habitación sin contratiempos, una vez dentro y ya sin ninguna dolencia Vegeta se fue y la dejó sola. Bulma volteó para ver partir a su guerrero en silencio, luego fue a recostarse en la cama, mientras la luz del nuevo día comenzaba poco a poco a hacerse más visible la hermosa científica rememoraba todo lo vivido en el día anterior, fue toda una travesía, desde su enojo al escuchar a los sirvientes platicando, el cambio de edificio, el vuelo a pleno día, aunque parezca tan insignificante era la primera vez que recorría el cielo diurno del planeta Freezer, luego el rechazo de Vegeta, unas pocas horas de soledad y tuvo ese momento a solas en la ducha, que resulto no ser a solas para luego caer en los brazos del saiyajin más orgulloso y apuesto de todo el planeta, estuvieron juntos casi todas las horas de oscuridad nocturna. El solo recuerdo de la satisfacción lograba que Bulma suspire contenta, prácticamente no había dormido nada y eso muy al contrario de disgustarle le alegraba, el cansancio que sentía era de lo más agradable, ahora podía descansar a gusto mientras esperaba que su príncipe retornara.

Lo que Bulma no conocía era que a partir de ese día no existiría ningún tipo de rutina, Vegeta llegaba a cualquier hora, podía quedarse unos minutos o unas horas, a veces llegaba extremadamente tarde por las noches. Las visitas de Vegeta no eran precisamente por socializar con ella, no, eran para cambiar su armadura o su uniforme ya desgastado por las constantes batallas que debía librar. No se necesitaba ser un genio para darse cuenta que la situación dentro del ejercito de Freezer se tornaba más violenta con el transcurrir de los días y Bulma tenía todos los datos de la conversación de los sirvientes: los peligros eran numerosos. Pero sin importar lo que sucediera Vegeta llegaba casi ileso a su habitación, cosa que a la humana le colmaba de alegría, el solo ver el estado de su armadura de batalla le hacía comprender que la situación era de lo más hostil.

Como Bulma ya no soportaba las horas de silencio se alegraba mucho al ver al saiyajin cruzar la puerta, aunque fueran unos minutos, pero si era de noche ella sabía perfectamente qué hacer. Extremadamente tarde Vegeta llegó y ordenó a Bulma prepararle la ducha, a Bulma no le gustaba recibir órdenes, pero se dirigió al baño dejando caer su ropa a medida que avanzaba esperando incitar al saiyajin, activó el sistema de agua y reguló la temperatura, Vegeta se acerco hasta sujetarla desprevenida por la cintura, Bulma irguió su cuerpo al sentir el cálido contacto del cuerpo del saiyajin y se voltea para poder verlo mientras las gotas de agua tibia caen sobre ambos, la mano del saiyajin sujeta el mentón de Bulma y lentamente baja tocando con sutileza, como si estuviera abriendo el cierre de un vestido invisible. Para los ojos de ella este Vegeta es una tentación y un delirio, no así su propio cuerpo de mujer más adulta y que tuvo unos hijos, simplemente una no puede rejuvenecer, pero este príncipe es más joven y delgado, más vigoroso y desvergonzado. Al joven Vegeta no le importa ni un poco la edad de ella, la mujer es uno de esos raros ejemplares que son codiciados por los hombres, por eso al colocar sus labios sobre la piel blanca y comprobar su magnífico sabor se pregunta otra vez: que hizo para tener ese sabor delirante? La bañaban desde bebé en licor dulce? Era posible, una extravagancia más de la gente de la galaxia, una hembra exótica, digna de ser un presente para un rey. Y era toda suya. Sus besos fueron bajando hasta el abdomen plano y sensible de ella, ahí se dedicó a morder subiendo y bajando hasta lograr que los gemidos de Bulma se conviertan en verdaderos alaridos de placer, las manos del príncipe recorrían las piernas y con un poco de presión hizo que las abriera para poder devorar los apetitosos muslos, de rato en rato Vegeta elevaba la mirada para poder contemplar a la mujer en pleno regocijo por sus atenciones, el príncipe iba aprendiendo como incitarla y le encantaba empujarla un paso más lejos de su cordura, cada vez más lejos y la mujer no lo defraudaba, el espectáculo de ver ese cuerpo danzando de placer para él se había convertido en su mayor entretenimiento, su otro juego era dejarla esperando por colmar sus deseos. La mujer echaba la cabeza hacia atrás y arañaba la pared, entre gemidos le pedía a Vegeta que continuara con los placeres y solo hasta que el príncipe quedaba satisfecho con la tortura de ella es que decidía hacer oídos a las suplicas y continuaba, le gustaba verla rendida, temblorosa, impaciente, con esa chispa de enojo en la mirada. Esta vez no la hizo esperar mucho, se hundió en su intimidad al tiempo que ella le abrazaba y unían sus labios en besos ardorosos, en medio del agua tibia y en medio de un vaivén lleno de lujuria la pareja prolongaba sus disfrutes alternando las posiciones hasta por fin saciar sus anhelos y su sed de gloria.

LA VERDAD DE MI PASADODonde viven las historias. Descúbrelo ahora