ESTAS AQUÍ

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Escucha las gotitas impactar contra el cristal. Nunca ha sido de tener el sueño profundo, así que solo le hace falta que caigan con más intensidad para desvelarle del todo.

Gruñe, se tapa más, y abre los ojos. Todo está oscuro, menos la luz naranja de la farola, que llega a tocar sus pies. Debió haber cerrado la cortina. Se incorpora cuando recuerda porque no lo hizo. Le estaba esperando. Y ahora son las cuatro de la mañana y no le hace falta mirar por la ventana para saber qué es improbable que vuelva hasta mediodía. Siente algo oprimirle el pecho al pensar que ha vuelto a perderle, y que cada vez será más difícil hacer que vuelva.

Se levanta porque siente la garganta seca y necesita algo caliente para coger de nuevo el sueño. Chocolate no, porque le recuerda a sus ojos, pero tal vez una infusión. No, eso tampoco. Él siempre las tomaba mientras hacían puzles.

Siente ganas de llorar, y abre la nevera para coger leche y echarla en un vaso. Leche blanca, Agoney nunca ha sido blanco.

La lluvia parece caer con furia, enfadada, desastrosa, así como se fue Agoney esa tarde. Y no ha vuelto, se recuerda Raoul con tormento.

El microondas suena, y Raoul se quema la mano porque mierda, el único que sabía controlarlo ya no está en casa, y a él siempre le queda o frío o ardiendo.

Decide ir al baño mientras se enfría un poco. Pero no le da tiempo, oye un golpe contra la puerta de la entrada, y después metal contra metal. La cerradura.

El miedo le eriza el bello de los brazos. Siente los latidos del corazón altos, en sus manos, en sus oídos, en su pecho. Se acerca tambaleante, traga saliva.

Se pone de puntillas para mirar por la mirilla y recuerda la primera vez que Agoney le vio hacer eso, las carcajadas y el beso en la nariz como disculpa. Siente que podría echarse a llorar por todo. Pero sobretodo por lo que ve.

Abre con prisa, las manos temblorosas, y de pronto un cuerpo cae sobre él.

- Raoul... - Solloza, está llorando, mojado, y borracho, pero está ahí, ha vuelto.

- Agoney, dios, menos mal. - Le abraza con fuerza aunque se esté mojando él también, y cierra la puerta aún sin soltarle. No puede, no quiere, y no le deja.

- Lo siento.

Asiente, lo entiende. Está contento porque ha venido, a pesar de todo.

- No pasa nada. Estás aquí.

Llegan al sofá. Se dejan caer y Agoney reposa casi todo el cuerpo sobre el rubio. Minutos después parece más tranquilo.

- De pronto... Estaba solo y...y... Y te echaba de menos. Y la pelea fue una mierda. Tú tenías razón. Necesito... Necesito parar de esto. - se señala, incorporándose un poco. Su pelo está empapado, y tiembla, y Raoul no sabe si es por el frío o no.

- Está bien, no pasa nada. Mañana podemos hablarlo mejor. - Le sonríe calmado, y se levantan de nuevo, está vez hacia el baño. - Ahora te tienes que duchar con agua calentita, y yo hago dos chocolates.

- Si. - Por fin ve sus ojos brillar, aunque un poco rojos, y decide que necesita besarle.

- Vale. Gracias por venir.

- Gracias por esperarme.

Mini Ficciones// RAGONEYDonde viven las historias. Descúbrelo ahora