Durante años creí que estaba muerta, mi niña interna la que se encargaba de hacerme amar y buscarle el lado bueno a las cosas, la había asesinado. Pensé que no quedaba ni el mínimo rastro de ella, pero cuando te conocí, entendí que sólo dormía.
Me e...
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“Y una vez que la tormenta termine, no recordarás como lo lograste, como sobreviviste. Ni siquiera estarás seguro si la tormenta ha terminado realmente. Pero una cosa si es segura. Cuando salgas de esa tormenta, no serás la misma persona que entró en ella. De eso se trata esta tormenta.”
—Haruki Murakami
MARCELLA GIL Dos días después:
Entré a la casa de Quintanilla y lo vi en el sofá con los brazos abiertos a cada lado, mostró una sonrisa de felicidad al verme y se la devolví también. Se puso de pie y caminó hasta mí para abrazarme fuerte y plantarme un corto beso en los labios:
—Cuanta falta me hiciste princesa —dijo con su marcado acento mexicano.
—¿En serio te hice falta? —cuestioné frunciendo el ceño y él asintió sin aún soltarme.
Me liberé de su agarre y contoneando mis caderas me senté en el sofá donde anteriormente él estaba sentado:
—¿Te pasa algo dulzura? —dijo agachándose frente a mí.
Suspiré y di a notar mi tristeza, sentí mis ojos picar, pero evité que las lágrimas saliesen:
—Tranquilo, no importa —contesté sosteniendo su mano.
—Sí importa amor, a mí me importa lo que te pase —contestó rápido. —Dime si alguien te ha lastimado que te juro que lo haré pagar por lo que sea que te haya hecho.
Me quedé mirándolo fijamente por unos segundos, ¿en serio un narcotraficante tan grande como él ya había caído a los pies de una simple desconocida o todo era teatro al igual que el mío?
—Se murió mi abuela —dije frunciendo mis labios.
Él abrió sus ojos sorprendido e intentó decirme algo, pero solo se quedó intentando porque nada salió de él. Esbocé una sonrisa y continué hablando:
—Ya no seguiré trabajando en esto porque ya ella no está y sabes que necesitaba el dinero para sus medicamentos, así que no es necesario que siga en esto —expliqué y él negó repetidamente con su cabeza.
—No, no, no, yo quiero que estés conmigo —habló sentándose a mi lado y reí por lo bajo. —Te propongo vivir conmigo ¿Qué dices?
—Eres un amor de persona —mentí acariciando su mejilla—, Pero tengo hermanos que no puedo abandonar.
—¿Cuantos hermanos tienes?
—Ocho.
—¿Tantos? —dijo casi gritando y reí.
—Mis padres eran igual de salvajes que tú en la cama —comenté y él sonrió de lado.
—Aquí la salvaje es otra —profirió. —Entonces, te propongo vivir aquí, tus hermanos pueden trabajar para mí como choferes y escoltas.