Durante años creí que estaba muerta, mi niña interna la que se encargaba de hacerme amar y buscarle el lado bueno a las cosas, la había asesinado. Pensé que no quedaba ni el mínimo rastro de ella, pero cuando te conocí, entendí que sólo dormía.
Me e...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
"Cuando somos felices no siempre somos buenos, pero cuando somos buenos no siempre somos felices".
—Oscar Wilde.
RAILANE VICINI
—Pueden retirarse —dijo el maestro borrando la pizarra.
Rápidamente recogí mis cosas y salí. Bajé las escaleras mientras sostenía los lazos de mi mochila, hoy sería el primer día de entrenamiento de Marcella —por llamarlo de alguna forma—; en lo que correspondía enamorar a Quintanilla. Mi padre y mi tía la amaron desde que vieron que tiene una puntería mortal y sabe mucho de armas, aparte de que es muy hermosa su cuerpo es voluminoso, sus hermosas piernas largas, blancas y limpias, al parecer nunca se cayó cuando pequeña, un cutis limpio y ojos grandes y verdes, en verdad era hermosa.
Miré mi reloj y marcaban las 5:00, lo más probable es que Marcella me esté esperando en los bancos de la cafetería ya que nos iríamos juntas. Estando ya cerca de la puerta sentí que alguien me topó repetidas veces en la espalda y me volteé a ver de quien se trataba:
—¡Oh, no moriste! —dije sarcásticamente y él rió.
Llevaba puesto unos lentes oscuros, quizás quería cubrir sus enormes ojeras. Tenía el pelo despeinado y vi como sujetó su mochila a lo que me fijé que sus nudillos estaban pelados y con moretones, a diferencia de anteayer que no estaban así, lo miré nuevamente a la cara y él percató que me había dado cuenta de aquello, pero no le dio importancia:
—Me dejaste tirado en un hospital al borde de la muerte —replicó.
—¿Qué querías? ¿Qué te lleve a casa, te de masajes y te prepare un chocolate caliente? —dije con indiferencia rodando los ojos para seguir caminando.
—No me habría enojado si lo hubieses hecho, bombón —contestó con tono coqueto.
Iba a reprocharle por llamarme así, pero en ese momento alguien pasó corriendo y chocó con la parte detrás del hombro de Ezra haciendo que sus lentes caigan al suelo y no tuvo la mínima decencia de pedir perdón, sino que siguió corriendo. Me agaché y tomé los lentes para dárselos, pero él me estaba dando la espalda quizás buscando a aquel muchacho:
—Toma —dije tratando de llamar su atención, pero él solo me extendió la mano para que se lo diese lo cual me pareció muy extraño. —Ezra —le llamé, pero no respondió.
Lo tomé por el brazo con fuerza e hice que se diera la vuelta quedando frente a mí y nos quedamos mirando, su cara daba a mostrar vergüenza y me quitó los lentes de las manos para ponérselos y empezar a caminar. Corrí tras él y me le puse en el frente para detenerlo:
—¿Quién te hizo eso? —cuestioné preocupada.
¿Desde cuándo me empiezan a preocupar las cosas? ¿Desde cuándo me importa lo que la pase a la gente que no conozco?