Capítulo 32

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"Para cuando la razón entiende lo sucedido, las heridas en el corazón ya son demasiado profundas

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"Para cuando la razón entiende lo sucedido, las heridas en el corazón ya son demasiado profundas."

—Carlos Ruiz Zafón

MARCELLA GIL

—Buenos días —saludé entrando a la cocina de la casa de Railane donde todos estaban reunidos desayunando.

—Buenos días —respondieron al unísono.

—¿Cómo te fue ayer? —cuestionó Avery invitándome a sentarme con ellos.

—Bien, coloqué las cámaras y micrófonos los cuales ya están funcionando y le conté a Evellyn lo del plan, pero no les hablé sobre ustedes —expliqué sirviéndome desayuno.

—¿Qué dijo ella? —dijo Railane esta vez.

—Aceptó inmediatamente.

—¿Nadie te vio colocando las cámaras? —preguntó don Vicini.

—Por poco me descubren —respondí dando un largo suspiro mientras recordaba el horrible susto que pasé ayer.

Flashback.

Me acerqué al escritorio y comencé a ver los documentos que yacían sobre estos con el fin de buscar algo comprometedor, pero no vi nada, este hombre se cuidaba demasiado. Me di la vuelta quedando de espaldas a la puerta, observando una foto de Quintanilla fumando tabaco encima de un caballo hasta que una voz me sorprendió:

—¿Qué buscas aquí?

Di un leve salto asustada y rápidamente me giré a ver a Quintanilla quien me miraba con los ojos entrecerrados como si tratara de descifrar algo. Traté de no mostrarme nerviosa, pero fue imposible, debía inventar algo rápido y que sea muy convincente para que él pueda creerme y así no echar a perder todo.

—Te hice una pregunta Irenne —dijo muy serio cerrando la puerta tras de él.

—Bueno, pues... Estaba aburrida porque me dejaste sola... Y comencé a... A ver la casa —balbuceé.

Él llevó sus manos a sus cinturas y comenzó a mirar a todos lados como si estuviera buscando algo, pero yo no sabía que, supongo que buscaba algo comprometedor como cámaras o micrófonos, obviamente, era un hombre muy inteligente y sabía de todo esto.

Se acercó al escritorio y le echó un vistazo a los documentos que yacían allí para luego tomarlos con sus manos y verlos uno por uno. Al terminar se colocó frente a mí y con cuidado me tomó por lo hombros:

—No me gustan que hagan cosas sin mi permiso —susurró sonriendo con falsedad.

—Pero tú no estabas aquí para pedirte permiso —me defendí.

NarcotraficantesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora