Capítulo Veinticinco ||Mamá||

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Leyla

Al pasar por el portal que quedaba en los terrenos de la Academia Lizbeth, no pudo evitar traer de vuelta el recuerdo de cuando escapó del calabozo en el cual su padre la tuvo por un año, vio partir definitivamente el alma de su madre, y llegó finalmente a la Academia de su tío que tenía el nombre de la persona que los unía.

Tropezaba por cada paso que daba, sin embargo, eso no la detuvo en ningún momento, porque dentro de ella se mantenía la esperanza de ser libre. Al fin sería libre de él.

Respiraba pesado, sintiendo cómo el aire le faltaba y pensando que en cualquier momento caería y perdería la consciencia, pero su convicción por salir de ese lugar no flaqueaba ni por más aire que le faltara o por el cansancio que su cuerpo presentaba debido a las extremas circunstancias en las que se había visto expuesta con antelación.

Se cayó justo cuando llegó al comienzo de las escaleras, al final de su camino, y con una sonrisa, se puso de pie para abrir la puerta haciendo caso omiso a la pesadez de su cuerpo y languidez de las extremidades que a duras penas eran capaces de mantenerla. Salió de los calabozos.

Libre, repetía en su mente. Libre, libre, libre.

Llegó a un pasillo oscuro, solo y alumbrado sólo por antorchas. Y a pesar de su color lúgubre y frío, el ambiente estaba agradable y temperado. Leyla quería salir lo más rápido de ahí.

Arrastraba sus pies sobre la alfombra, mientras mantenía la mitad de su cuerpo pegado a la pared de ladrillo para no caerse y seguir con su camino.

Cuando dobló en uno de los pasillos a su derecha, fue capaz de ver una silueta negra corpórea con dos cuencas rojas que resplandecieron al verla.

A Leyla se le paralizó por unos instantes el corazón, se le heló la sangre y luego el mismo motor que parecía estar ausente, comenzó a palpitar desenfrenadamente sobre su pecho mientras todo su cuerpo recobró la vida en una oleada de terror.

La populus umbra abrió la boca, y un chillido atronador salió de esta.

Leyla alzó la mano como si estuviera diciendo alto y de ella surgió una inestable esfera de poder que tiritaba a medida que crecía paulatinamente y, sin previo aviso, fue disparada con velocidad de su mano hacia la populus umbra que quedó desintegrada en el acto.

Suspiró más tranquila al ver a la amenaza destruida y comenzó a caminar de nuevo, cuando más chillidos se hicieron escuchar resonando por las inmediaciones del castillo.

La desesperación se filtró por cada uno de sus poros. No tenía la fuerza suficiente como para acabar con todas, ni mucho menos para salir volando de ahí. Inspirando todo el aire del que era capaz de aguantar en sus pulmones, comenzó a correr, tropezando en más de una ocasión. No se dejaría atrapar. No quería volver a aquella celda.

Corrió esquivando torpemente a las populus umbra, y para cuando estaba llegando a un callejón sin salida con aquellas criaturas a sus espaldas arañando suelo, pared y a ellas mismas en un desesperado y ansioso intento por alcanzarla, incrementó la velocidad, tensando todo su cuerpo al verse sometida a aquella exigencia que ella misma se estaba imponiendo para no caer ni mucho menos ser alcanzada por esas cosas.

Lágrimas se desprendían de sus ojos al sobreexigir a su cuerpo, llevándolo hasta el límite.

Los metros se volvieron cada vez más escasos entre ella y el muro de ladrillos. No había salida. No pararía. Se estrellaría. No dejaría que esas cosas la alcanzaran. Con sus últimas fuerzas, endureció todo su cuerpo y, cuando ya nada quedaba para el inminente choque entre ella y la estructura sólida, cerró los ojos y se lanzó rompiendo la maciza estructura quedando sin la más mínima pizca de energía ni para manifestar un poder que la salvase del precipicio en el cual caía sin parar, ni mucho menos para mover algún músculo debido a la desesperación causada por la circunstancia en que se encontraba.

Luz de Luna [Virtus Lapidi #1] ✓Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora