Capítulo Cincuenta y seis ||Un rencor olvidado||

10 2 0
                                        

Nathan

Justo cuando aquel animal salvaje se abalanzaba sobre él, la gran hoja irregular de la espada de Claire se lanzó sobre su hocico dispuesto a cortarlo. Sin causarle el más mínimo rasguño, Claire logró salvar a Nathan haciendo que el animal cerrara sus fauces, no obstante, no tuvo el suficiente impacto como para detener la marcha del mismo y tanto Nathan como el león rodaron sobre la tierra eterrándose una que otra piedra. 

En cuanto el animal se recompuso del golpe, volvió a precipitarse contra Nathan para retomar su misión: cenarlo. Nathan evitaba volverse en su bocadillo y mientras forcejeaban, el muchacho podía oler perfectamente el nauseabundo hedor de animal muerto proveniente de las fauces de su agresor. Reunió toda la fuerza con la cual disponía para apartarlo de su rostro, flectó ambas rodillas y lo lanzó lejos.

Aprovechando que ya era libre volvió corriendo hacia los demás para retomar la formación, dándose cuenta que se hallaba solo. Vociferó una maldición. El descomunal animal se puso de pie, lo miró con ojos aireados y Nathan volvió maldecir. Se preparó para esperar al león y cuando la bestia se abalanzó sobre él esquivó por los pelos su ataque.

La bestia rugió aún de espaldas a él. Su rugir era similar a una carcajada. Los músculos del animal se fueron estirando con lentitud, giró su cabeza y miró por sobre el hombro a Nathan, con ojos desafiantes y burlones. La luna alumbró su brillante pelaje rubio y frondosa melena. Finalmente, el gran felino se dio media vuelta y gruñó, meneando su cola de un lado al otro.

Con pasos firmes y cautos, el león se acercaba a él sin quitarles los ojos de encima. Nathan no era capaz de moverse producto del terror que le generó contemplar a un león tan grande: suponía que era dos veces... no, tres veces más grande que un león normal, y él lo sabía porque conoció a uno en un zoológico años atrás.

Su corazón golpeteaba sobre su pecho, aumentando su ritmo a medida que el felino se hallaba a escasos pasos de él. Conocía cuáles eran sus opciones: correr o luchar, sabía que debía tomar una de esas dos opciones, pero los ojos de la bestia, sus descomunales dientes y su intimidante presencia no le dejaba tomar ninguna de las dos. Como una plegaria que no estaba seguro de haber pedido, Leyla se materealizó desde la sombra del león, golpeándolo por la costilla con la suela de su zapato, enviándolo a volar. El animal vociferó un aullido lastimero y chocó contra un árbol, rompiéndolo.

La muchacha fue a su encuentro, jadeante.

⎯ No nos van a servir las armas con él – le dijo ella, sin dejar de ver al león.

Nathan tragó duro.

⎯ Sí me di cuenta.

⎯ Podemos utilizar la fuerza, como dice en el mito de Hércules – propuso.

⎯ Me parece. Aunque debemos alejarnos de sus dientes.

⎯ ¿Yo distraigo y tú atacas?

⎯ Okey.

El león se recompuso, gruñendo hacia ambos. Nathan veía atentamente el dificultoso respirar del felino. Ya no advertía sus dientes, sino su tórax, pues ese era su objetivo.

Inmediatamente se pusieron en marcha. Leyla le tiró una daga al animal que rebotó contra su pelaje inmune, llamando instantáneamente su atención. El león pareció reconocerla y recordar que ella había sido quien lo acababa de lastimar, porque gruñó furioso hacia ella. En cambio, Nathan se alejó lentamente de Leyla para quedar a un lado de la fiera.

El león no le despegó en ningún segundo los ojos de encima a Leyla, quien continuaba tirando una daga tras otra hasta quedarse sin ninguna. Sin embargo, cuando el león se preparaba para atacarla, se desvió para embestirlo a él.

Luz de Luna [Virtus Lapidi #1] ✓Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora