Capítulo trece.

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El fin de curso llegó y con eso la graduación. Decir que estaba nerviosa era poco, me ponía feliz que por fin mañana sería el gran día.

–Hola, nena.–La voz de mi padre hace que gire a verlo–Te traje tú malteada favorita.

Mi padre se acerca a mi y me tiende el vaso de plástico. Le doy un sorbo disfrutando del sabor de banana y chocolate mezclados.

–Gracias, pa. No esperaba verte tan temprano en casa.

Miro el reloj de la laptop y veo que es la una de la tarde, normalmente mi padre llegaba en la noche.

–Vine para que almorcemos en familia y para darte un regalo.

–¿La malteada?–Pregunto a lo que mi padre niega.

–Algo mucho mejor, sé que te gustará.

–Ya quiero saber que es, ¿Vamos a verlo?

Mi padre niega, se acerca a la cama y toma asiento para después palmera su lado invitandome a sentar con él. Me levanto de la silla y tomo asiento junto a él, mi padre pase su brazo por mis hombros y yo recuesto mi cabeza en su cuerpo.

–Primero quiero que sepas que tu madre estaría muy orgullosa de ti. Eres esa hija que ella siempre soñó en tener y conocer.

–Ojalá estuviera aquí con nosotros.

–Ojalá, cariño. Pero si las cosas fueran así tampoco tendríamos a nuestra pequeña Madison.

Como si la fuéramos invocado, Madison entra corriendo feliz, su cabello rubio lo trae suelto, de su cuello cuelga un collar rojo que le llega hasta los muslos, sus labios rosados ahora están pintandos de color rojo al igual que uno de sus dientes delanteros.

–¡Hola!–La rubia saluda al tiempo que brinca a las piernas de mi padre.

–Hola, Madi.

–Hola, pequeña. ¿Tú madre te Pinto así?–Mi padre limpia la comisura de la boca de la rubia quitándole el exceso.

–Mm no, yo lo hice. Saqué todo del bolso de mami.

Madison se cubre la boca con sus manitas y ríe.

–Deberías devolver todo ahí, puede molestarse si se entera.–Le digo quitándole el collar rojo–No sabía que le habías hecho un nuevo regalo, padre.

El pelinegro toma el collar en sus manos y lo mira a la vez que niega.

–Este no lo compré yo.

Alzo los brazos restándole importancia, seguro uno de sus amantes de lo obsequió.

–Tengo hambre, papi.–La rubia hace un puchero mirándolo.

–Es cierto, la comida debe estar por llegar.

–¡Madison Davies!–El grito de Natasha nos hizo dar un pequeño brinco–¡Ven para acá!

La pequeña rubia se encoje en los brazos de papá buscando protección. Mi padre y yo nos miramos por un segundo porque sabemos lo que viene, unos pasos se oyen cerca y sabemos de quién trata.

–Yo la limpiaré, tú ve a hablar con Natasha.–Mi padre asiente y deja a Mad encima de la cama para después salir del cuarto–Muy bien, niña traviesa. Vamos a quitarte ese labial.

Llevo en brazos a la rubia hasta al baño, la siendo en el mesón del lava platos y saco unos paños húmedos, los pasó suavemente por su rostro.

–No quería que mami se enojara.–Madison baja su cabecita triste.

SálvameHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora