Capítulo treinta y tres.

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–¿Qué carajos haces aquí?–exclamó Aedus al tiempo que me pone detrás de él.

–Solo vine a saludar a mi mejor amigo, ¿Acaso no puedo?

–No–respondió cortándole–No eres bienvenido en esta casa.

–¿Por qué yo no y esa puta si?–dijo mirándome–No sé porque la recogiste si solo es una zorra que busca dinero fácil.

–No te permito que vengas a mi casa a faltarle el respeto.

Yo quise defenderme, pero las manos de Aedus no dejaron que me moviera y hablar desde aquí me aprecia algo estúpido.

–¿Qué pasa aquí?–quiso saber el padre de Aedus.

–Nada, padre. Trevor ya se iba.

–Si, ya me iba. Por lo que veo, ahora recogen a gente desamparada, adiós perra–me tiró un beso y se dió la vuelta para irse. Pero antes de poder salir completamente es golpeado por Aedus.

–¡Déjalo!–grité pero este no me escuchó.

Aedus seguía estampando su puño contra la cara de Aedus y si no es por Adam, él seguiría pegándole.

–Basta, hijo. No lo vale.

Adam con sus manos levantó a Trevor y lo sacó de la casa.

–¿Estás bien?–tomé su cara en mis manos para mirarlo mejor.

–Estoy bien, solo es un idiota que se defiende con palabras.

–Ven, vamos a limpiarte las manos.

El rostro de Aedus está rojo y su pecho sube y baja tratando de controlar la respiración, Sophia se me adelanta y del brazo se lleva a Aedus.

–Dale un tiempo–me dice Adam–Ven conmigo.

Ambos entramos al salón donde las niñas están viendo una película de navidad. Tomamos asiento en el sofá y sin dejar de pensar en Aedus trató de concentrarme en la película. Horas después cuando al almuerzo estuvo listo me ofrecí a ayudar a poner la mesa, puse los manteles, vasos, todo lo que se necesita y cuando la cena estuvo servida por fin pude volver a verlo, allí de pies en la entrada del comedor mirándome algo serio.

–¿Estás bien?–Le pregunto cuando me acerco a él.

–¿Tú estás bien?–asiento–Entonces también estoy bien.

Finalizando el tema me da un corto beso. Cuando todos ya ocupamos nuestros puestos, la madre de Aedus se dispone a hacer una oración y después, cada uno empieza con su labor.

–Lía, ¿Qué eres para mi hermano?–Olivia me mira curiosa.

–Somos pareja–respondo mirándola.

–¿Osea que eres de la familia?

–Eso creo.

–Lo es, Oli–le hizo saber su hermano.

El corazón se me aprieta más al escucharlo y cuando toma mi mano por debajo de la mesa, siento que muero de cariño.

Al final del día Madison insistía con que la deje quedarse en casa los padres de Aedus y después de que todos se pusieron de parte de ella, accedí.

–¿La pasaste bien?

–Sí, tú familia sabe cómo hacerme sentir bien.

Aedus alarga su mano y aprieta mi muslo.

–¿No crees que aveces se pasan?

–No, para nada.

–Mamá aveces es muy cariño y sobre todo le gusta interrumpir, como lo de esta tarde.

SálvameHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora