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Los demás días transcurrieron con una normalidad inquietante y artificial, como si el mundo exterior se empeñara en seguir girando mientras en las profundidades del sótano se gestaba una lenta y silenciosa destrucción. Era viernes, y durante todos aquellos días Soobin no le había dado de comer a Huening ni una sola vez, limitándose a llevarle únicamente agua en cantidades mínimas antes de desaparecer de nuevo escaleras arriba, dejando atrás un vacío que se clavaba en el estómago del chico como un castigo deliberado y cruel. Era su "castigo", una forma silenciosa y prolongada de recordarle quién tenía el control absoluto sobre su supervivencia, sobre su cuerpo y sobre cada respiración que aún conseguía tomar. A la hora de la salida, Soobin se encontraba guardando sus cosas en su mochila con movimientos calmados y metódicos, mientras la búsqueda de Hueningkai seguía en pie con una intensidad que no disminuía. El oficial, junto a sus compañeros, había investigado ya varias de las casas de las personas que aparecían en la lista que Yeonjun había elaborado con obsesiva determinación.

—Oye —lo miró Yeonjun con los brazos cruzados y la voz cargada de veneno—, espero y estés listo para ir a la cárcel.

Soobin suspiró profundamente, fingiendo cansancio y resignación.

—Entiende, no sé nada de Hueningkai.

—Lo veremos cuando lo hallemos en tu casa.

—¿Hallemos? El oficial irá con sus compañeros.

—Y conmigo. Me autorizaron ir.

Soobin suspiró por segunda vez, más pesado y prolongado.

—En serio eres molesto. No entiendo cómo Hueningkai podía soportarte —dijo mientras se colocaba la mochila sobre el hombro con gesto desganado.

Yeonjun lo estranguló de la camisa con fuerza repentina, haciendo que la tela se tensara alrededor de su cuello y que todos en el salón volvieran la mirada hacia ellos con sorpresa y murmullos crecientes.

—¡Joven Yeonjun! —exclamó el profesor con voz alarmada.

—Cuando estés en la cárcel me encargaré de que te pudras en ella —siseó Yeonjun, los ojos ardiendo de rabia contenida.

—Sí, claro.

Yeonjun lo soltó con un empujón seco y se marchó sin mirar atrás. Soobin acomodó su camisa con calma aparente, aunque por dentro una oscura satisfacción comenzaba a extenderse, y salió del salón junto con los demás estudiantes. Fue hasta su auto en el estacionamiento, se subió a él y cerró la puerta. En ese preciso momento su celular sonó con la notificación aguda de la aplicación de cámaras. Lo tomó con rapidez y leyó el mensaje en la pantalla.

Se ha detectado movimiento en la cámara número 2.

Algo confundido, tocó la notificación y abrió la aplicación. Hueningkai se encontraba arrastrándose con dificultad por el suelo del sótano hasta llegar al inodoro; una vez allí, se quitó con manos temblorosas la cinta adhesiva y la bola de tela de la boca para vomitar violentamente en el retrete. Soobin, preocupado por primera vez con una inquietud real que le apretaba el pecho, puso en marcha su auto de inmediato y condujo hacia casa a toda velocidad, el corazón latiéndole con una mezcla de irritación y algo peligrosamente cercano al afecto retorcido.

Al llegar, bajó del auto con prisa y entró a la casa, corriendo directamente al sótano mientras quitaba cerradura tras cerradura con dedos ágiles. Bajó las escaleras casi volando.

—¡Hueningkai!

Corrió hasta él, quien seguía arrodillado frente al inodoro, sostenido de este con las pocas fuerzas que le quedaban. Soobin puso su mano sobre la frente del chico, sintiendo lo caliente y febril que estaba su piel. Sin decir una palabra más, lo cargó en brazos y salió del sótano para llevarlo directamente al baño principal. Lo sentó con cuidado en la tina vacía y fue rápidamente a su habitación por la llave de las esposas. Regresó, introdujo la pequeña llave en el mecanismo y se las quitó con delicadeza, observando las marcas profundas y enrojecidas que habían dejado en sus muñecas. Le quitó la ropa con movimientos suaves pero firmes, abrió la llave del agua fría y dejó que la tina se llenara poco a poco, el sonido del agua cayendo como un eco extraño en medio de la tensión que flotaba en el aire.

Chocolate - SooKaiDonde viven las historias. Descúbrelo ahora