Capitulo 33

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«Mmm.» Lali había visto a Peter cuando decidía que alguien no le caía bien. No cambiaba de parecer, y su ira podía ser... destructora. Por otro lado...

—Así que, sólo quieres hablar —susurró, llevándose la mano al bolsillo de su blusa abierta—. Y darme regalos, ¿me imagino? —Con la mirada clavada en el rostro de Pamela, sacó un anillo de diamantes y lo dejó sobre la mesa entre ambas—. Muy caros, además.

—¿Cómo... ? —La ex la miró fijamente durante un instante, luego empezó a llorar—. ¡Odio esta ciudad! Nunca nada me sale bien.

—Teniendo en cuenta que por un minuto pensé que me estabas tocando y que casi te rompo la nariz, yo diría que las cosas han ido bien. —Lali se puso de pie, se dirigió hacia la pequeña refrigeradora del rincón y sacó una Coca Cola Light para ella. Sí, Nicolás la conocía extremadamente bien—. ¿Y, de quién es esto? No es tuyo, o no me lo habrías dado.

—No te lo estoy dando, zorra estúpida.
Así que las dos se sacaban las caretas y estaban siendo francas.

—Ok, entonces me lo estabas endosando. Lo cual no responde a mi pregunta. ¿A quién pertenece?

—¿Por qué iba a decírtelo? —Pamela se sentó enderezada—. Ya que ahora tiene tus huellas dactilares. Lo has agarrado. Y voy a llamar a la policía.
A pesar de la reacción inmediata de huir por parte de Lali, volvió a sentarse y abrió la tapa de su gaseosa.

—Dale. ¿Qué vas a decirles?

—Que robaste el anillo.

—¿Y cómo sabes que es robado? —Lali tomó un sorbo—. Deberías analizar esto con cuidado, sabes. La policía es muy astuta por estos lares.
Bueno, algunos de ellos sí lo son.

—Tú me dijiste que lo habías robado.

—Así que soy tarada. ¿Y tú quién eres, Lara Croft de Tomb Raider. No me hagas reír, Pame. ¿De dónde lo sacaste?

—Me llamo Pamela —soltó la ex—. No seas condescendiente conmigo.

—No intentes chantajearme. Tu marido lo intentó y mira como terminó, no le sirvió de nada.

—Mi ex esposo. ¡Ex, ex, ex!

—Como si me importara un pomelo que me lo aclares. Acabas de endosarme un anillo. Robado, obviamente. —Tomó aire, realizando una rápida valoración de la situación—. Y por mucho que deteste utilizar la súper carta como apoyo, tengo a Peter de mi lado. Así que vamos, desembucha.

—Te odio.

—¡Ay! mira qué bien. —sacó su celular del bolsillo y observó la pantalla—. Lo tengo en marcación rápida apretando el uno, Pame.

—¡Pamela! —Pamela estampó la mano abierta sobre la mesa—. ¡Todo esto es tú culpa! La manera con la que te mira... pensé, bueno, a esa puta le funcionó. Puede que sea su nuevo don, una crisis de la edad que hace que le guste acostarse con ladronas. Y luego le hablé de lo indecente que podía llegar a ser si él quería, y prácticamente me botó de la casa.

—Difícilmente puedes culparlo por eso.

—Ésa solía ser mi casa —prosiguió Pamela—. Y ahora tengo... tengo que cargar con esta estúpida cosa —y agitó el puño hacia el anillo—, y tú vas a arruinarlo todo. ¡Adelante! ¡Iré a la cárcel! Quizá me pongan en una celda contigua a la de Martín.

—No, irás a la cárcel de mujeres —la corrigió Lali.

Lloriqueando, Pamela hundió la cabeza entre sus brazos cruzados. Lali creyó que aquello no era más que un espectáculo, pero la ex en efecto tenía ciertos talentos para la interpretación. Muy buenas. Pero a juzgar por lo que Peter había dicho y lo que ella había observado, esta desvalida rutina podría no ser una farsa. Era una mujer fría y arrogante, eso seguro, pero también poseía el peor juicio de la historia.

Lali tomó el anillo. Era platino de buena calidad, y el diamante parecía muy auténtico. Incluso sin la ayuda de una lupa parecía tener quizá cinco quilates. Miró el interior de la alianza. «Para mi amor, LO», leyó.

—¿Entraste a una casa para cogerlo o simplemente te metiste en la habitación de alguien cuando no miraban?

—¿Qué importancia tiene?

—La tendrá cuando llamen a la policía y la víctima comience a repasar quién estuvo allí cuando desapareció.
Pamela arqueó una ceja. Llevaba máscara de pestañas resistente al agua, pero eso no impidió que sus ojos estuvieran rojos e hinchados.

—¿La víctima? —repitió—. ¿De qué estás hablas?

—La víctima, Pame. Responde a la pregunta. ¿Allanamiento o conveniencia?

—Estuve en una cena en casa de los Olaechea. Subí al segundo piso para ir al baño y estaba sobre la mesita de noche del dormitorio principal. Pensé... pensé...

—Ya sé lo que pensaste. —Lali cerró la mano alrededor del anillo—. Los Olaechea. —Recordaba haberlos visto en el club, una pareja mayor con una tonelada de dinero heredada de la minería y el petróleo. Y recordaba cinco años atrás cuando poseían una calavera maya de cristal. Esa cosa le había puesto la piel de gallina. Jamás se había alegrado tanto de deshacerse de un objeto al darse al comprador—. ¿Cuándo lo agarraste?

—Anoche.

A juzgar por la expresión en el rostro de Pamela, se había dado cuenta de que debía cooperar con las preguntas. Nadie podía evitar sentir esperanza, y la señora Lanzani–Valente mostraba gran cantidad. Lali frunció el ceño. Estaba siendo una tonta e iba a lamentarlo. Y al mismo tiempo, sabía lo mucho que debía haberle dolido a Pamela que Peter le diera la espalda, independientemente de quién tuviera la culpa de lo que sucedió. La idea de que él estuviera lo bastante cerca para poder tocarla y no querer tener nada que ver con ella... El dolor que le provocaba esa idea la impactó como si le atravesaran el pecho con una bala.

Y, además, había otra cosa. La atracción por peligro, la emoción de ir a algún lugar en el que se suponía no debía estar... la tentaba. Había rechazado Venecia; ¿acaso no merecía algo a cambio? Sobre todo si podía valorarlo como una buena acción.

—¿Lali? ¿Lali? ¿Crees que... ? ¿Querrías... ?

Se guardó nuevamente el anillo en el bolsillo de la blusa mientras tomaba aire. Una buena acción. Eso era todo. Algo que le ayudara a sumar algunos puntos a su favor en el karma.

—Me ocuparé de ello. Pero si le cuentas una sola palabra de esto a alguien, a quien sea, me encargaré de que tengas una muerte horrible, dolorosa y lenta.
Tanto si creía su amenaza como si no, Pamela asintió enérgicamente.

—No lo haré. No voy a decir ni una sola palabra. Lo juro. No lo olvidaré, Lali. Avísame si necesitas algo.

—Está bien. —Vomitaría si tenía que aguantar un poco más toda esa farsa de la buena samaritana. Sobre todo cuando ya se estremecía al pensar en un rápido allanamiento de morada. Lali se puso de pie—. Tengo que terminar con las entrevistas.

—Sí, obvio. Entonces, te dejo y no te quito más tiempo.
Pamela se dirigió hasta la puerta que daba a la recepción. Pero antes de que pudiera abrirla, Lali la bloqueó con la mano.

—Una cosa, Pamela.
La ex tragó saliva con evidente irritación.

—¿Sí?

—No te acerques a Peter.
Con una carcajada, Pamela cruzó la zona de recepción hacia la puerta de salida.

—Por supuesto.
Claro. Como si Lali fuera a creérselo.

Arte para los Problemas 2: De Ladrona a...Donde viven las historias. Descúbrelo ahora