Capitulo 41

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—Bueno, ella era la mejor ladrona de por aquí, y ahora alguien ha hecho un trabajito en sus narices. Te apuesto a que eso la enoja demasiado.

—Las cosas no son así —dijo Juan Pedro con dureza.

—De acuerdo. Entonces se siente culpable por haberle fallado a Bedoya-Agüero. Algo completamente egoísta.

—¿Y qué es lo que quieres decir?

—¿Por qué eres tú, en vez de ella, quien me pide que consiga los informes policiales?

De haber sido otra persona, Juan Pedro no hubiera respondido. Gastón, sin embargo, era su mejor amigo desde hacía diez años. Y Gastón le daba cierto equilibrio de juicio en lo que a Lali respectaba... un equilibrio que de otra manera no existiría.

—Hice una apuesta con Lali —dijo con sequedad, acomodándose en su asiento para revisar con más atención el informe de la policía. Gastón estaba en lo cierto; ahí no había demasiado.

—¿Qué clase de apuesta?

—Apostamos cien a que la policía puede resolver el asesinato mediante un proceso legal con más rapidez de lo que podría hacerlo ella a través de cualquier medio que se le ocurra.

—Cien es una miseria para ustedes.

—Lo importante no es la suma. Podría haber sido un centavo y afrontaríamos el asunto de la misma forma.

—Así que te expones a que viole la ley —comentó Gastón.

—No. Iba a violar la ley de todas maneras. Le dije que las autoridades podrían llevar a cabo una investigación mejor.

—De ahí el uso de favores para conseguir los confidenciales informes policiales cuya existencia es desconocida incluso para la familia de Bedoya-Agüero.
Juan Pedro miró a su abogado.

—Sólo le sigo la pista a mi equipo. Y seguiré haciéndolo.

—Está bien. ¿Quieres que te consiga alguna otra cosa? ¿El dibujo de la porcelana que tenía Bedoya-Agüero? ¿O debería enfocarme en este acuerdo internacional de doce millones de dólares con la compañía de accesorios Fittings-dom?

—De hecho —respondió Juan Pedro, manteniendo un férreo control sobre su explosivo temperamento—, ¿puedes ocuparte de que tu secretaria coordine una comida con el gobernador? Para hoy, si es posible. Mañana también podría ser.

—Peter...

—Jamás trates de superarme en sarcasmo, Gastón. Y voy a ganar la apuesta. Consígueme ya la nueva propuesta.

Peter se levantó, llevándose el informe cuando salió de la sala de conferencias. Puede que Dalmau tuviera razón sobre su enfoque, pero en su obsesión no había espacio para la lógica. Lali andaba por ahí y, si él ignoraba dónde, al menos podría saber qué estaba haciendo. Y para saber eso tenía que pensar igual que ella. Por suerte, el informe le proporcionaría algunas pistas. Cierto era que había bordeado la ley. Sin embargo, eso no significaba que tuviera que limitarse a cruzarse de brazos a observar.

—Peter.
El se dio la vuelta cuando Gastón lo alcanzó por el pasillo.

—¿Qué?

—No te molestes conmigo, pero si quieres el trato con Fittings-dom, va a necesitar más que reescribir la propuesta por parte de mi equipo. Todavía tienes que convencer a Lyon para que venda. Él es el voto clave.

—Estoy en eso.

—No, no lo estás. Estás ocupado en ganar una apuesta de cien, no una empresa de doce millones de dólares.

—Me ocupo de ambas cosas. Y coordino el programa de ayuda humanitaria para África, presido un comité sobre usos de la energía solar, examino una declaración preliminar de beneficios, renuevo una propues...

—Está bien. Entendí.

—Así que, si vas a empezar con esa tontería de que Lali es un riesgo demasiado grande y nada beneficiosa para mi fortuna o con lo que sea que intentaras la última vez que estuve en Buenos Aires, ahórrate el esfuerzo. Haz tu trabajo.

—Lo hago.
Juan Pedro dio un paso hacia Gastón.

—Lali no va a irse a ninguna parte si yo puedo evitarlo. Si no puedes con eso, estás en todo tu derecho de mandarme una carta con tu renuncia notarialmente o por correo electrónico.

—Por Dios, Peter. No estoy en contra de Espósito. —Gastón se aclaró la garganta—. Sólo te digo que jamás te había visto perder la concentración durante una negociación. Ni siquiera cuando estabas deshaciéndote de Pamela. Esto es difere...

—Es diferente. —Respirando profundamente, Juan Pedro se obligó a retroceder—. No estoy perdiendo la concentración. Estoy aumentando su radio. Lali lleva limpia tres meses, pero tengo la sensación de que está... buscando una excusa para cometer un desliz.

—Debe ser bastante difícil para ella, lo reconozco. Es como ser una especialista en tu campo y verte obligada a trabajar en fiestas infantiles como payaso.

—Gracias por la comparación.

—Sí, bueno, no he terminado. ¿Y si le ofrecen trabajar en la nueva película del agente 007 o algo parecido? ¿Piensas que seguiría haciendo animales con globos?

—Más le vale.

—Aja. Las amenazas funcionarán.

—Bueno, por suerte soy más importante para ella que su antigua vida —dijo Juan Pedro, harto de situaciones hipotéticas—. Si nos separamos, no será por algo que haya o no haya hecho. No pienso cometer un error con Lali. Llegado el caso, todo puede irse al diablo. La amo.

—Está bien. Eso es lo que necesitaba saber. —Gastón le agarró del hombro, luego pasó por su lado, continuando su camino hacia la puerta principal—. Me aseguraré de que nada se vaya al diablo. Si necesitas algo, estaré en mi oficina.
Juan Pedro lo vio dirigirse escaleras abajo.

—Gracias, Gastón.

—Está bien así, si quieres darme las gracias, deja de despedirme.

—Nada de promesas.

El celular comenzó a sonar con el familiar tono que significaba que Lali estaba llamado. Saliendo de sus pensamientos, contestó.

—¿Estás en la cárcel? —preguntó.

—He estado y he salido, Pipi. Yo...

—¿Qué? —La interrumpió, dando media vuelta de nuevo hacia su oficina y cerrando la puerta mientras uno de los guardias de seguridad hacía la ronda—. ¿Estás bien? ¿Qué pasó?

—Dios mío. Y yo que pensaba que estarías enojado por decirte «Pipi» —respondió con voz relajada y divertida.

Entonces, no estaba en peligro amenazador. Por bueno que fuera siguiéndole el juego, él todavía podía descifrar el tono de su voz. Haciendo rotar los hombros, se sentó detrás de su escritorio.

—Eso lo estaba guardando para después.

—Me parece perfecto, entonces. Solamente fui a visitar a Castillo. Que no te dé un infarto.
Juan Pedro se tomó un momento para asimilar eso. Era significativo que visitara de manera voluntaria una comisaría y que le hablara sobre ello.

—Muy bien. Nada de infartos.

—Bien. Sólo quería avisarte que voy a ir al funeral de Bartolomé Bedoya-Agüero con Franco en el caso de que tú no vayas. ¿Vas?

Arte para los Problemas 2: De Ladrona a...Donde viven las historias. Descúbrelo ahora