"-Esto que estás viendo, este hermoso amanecer, ese sentimiento que invade tu cuerpo al observar tan hermosa escena, es lo mismo que yo siento siempre que estoy contigo, siempre que te veo. Porque tú eres mi sol. Eres mi amanecer... "
El Nuevo Mundo...
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Diez años después. En el Mundo Real.
—Hasta luego, Peter. Me saludas a tu padre.
Peter salió feliz de la oficina, con un pastel sobre ambas manos. Su jefa, la señora Carter, hizo ese pastel personalmente para el padre de Peter. El rubio sabía perfectamente que su jefa tenía cierta atracción por su padre, y aunque la idea de que ella y Hugo llegaran a tener algo no le agradaba del todo, aceptó el pastel con gusto. La verdad es que le sorprendía la amabilidad con la que la señora le trataba a él y a su padre, teniendo en cuenta que su sobrina fue una de las personas que, probablemente, murieron en el Páramo hace diez años.
Accidente que, por cierto, Peter se encargó de enterrar el recuerdo muy, muy profundo. A tal grado de ya casi no recordar nada de lo que pasó con el Nuevo Mundo, ni de sus amigos que quedaron atrapados en dicho lugar. Es como si el recuerdo de lo que sucedió se haya borrado de su memoria. Como si alguien hubiera presionado Ctrl + Z y eliminara ese suceso de su cerebro.
Con pasos firmes y con una sonrisa imborrable en su rostro, se encaminó hasta su casa. Mañana sería un gran día y nadie podía arruinarlo.
Ya en su hogar, Peter dejó el pastel en el refrigerador, tomó una ducha, se hundió en la cama y se dispuso a dormir. Y lo logró. No pasó mucho cuando cayó profundamente dormido.
Pero su tranquilidad no duró por mucho.
Al paso de unas horas, un fuerte ruido proveniente del sótano lo despertó abruptamente. Fue un ruido fuerte, como un golpe a una puerta. Se sentó en la cama y observó la oscuridad de su cuarto. Nada. Todo era tranquilidad. Lo único que se escuchaba era la suave brisa del exterior. Después de un rato sin ningún tipo de movimiento o ruido extraño, volvió a sumergirse entre las sábanas.
Su padre saldría de prisión a primera hora de la mañana, y como ya había decidido: nada iba a arruinar ese día que le esperaba. Habían pasado diez largos años desde que éste fue ingresado en aquel lugar y el día de su salida por fin había llegado. Peter se había quedado en su casa durante todo ese tiempo, solo. Su abuela había fallecido hacía dos años, aunque tampoco es como que ella le prestara demasiada atención antes de su partida. La señora Carter le proporcionó un empleo en su empresa, siendo el secretario de ésta. Pero era más que suficiente para mantenerse.
Estaba ansioso por la salida de su padre, por lo que, en poco tiempo, volvió a quedarse dormido. No es que lo volviera a ver después de tanto tiempo; Peter visitaba a su padre mínimo tres veces a la semana en prisión. Pero claro, no era lo mismo verlo en ese lugar rodeado de vándalos y gente mala, a verlo en la comodidad de su hogar.
Otro fuerte sonido se escuchó a los pocos minutos. Un golpe a una puerta, seguido de un gran objeto que cayó al suelo. Pero, esta vez, Peter no despertó.
Y tampoco lo hizo cuando la puerta de su cuarto fue abierta.
Despabiló un poco cuando sintió una sustancia babosa caerle en la frente. Refunfuñó sin abrir los ojos y pasó su mano por la parte del rostro donde aquello le salpicó, pensando que se trataba de algún insecto. Vaya sorpresa que se llevó al darse cuenta de que no era un insecto lo que tenía en la cara. Y la sorpresa creció aún más cuando otro poco de aquella sustancia volvió a caerle ahora en la mejilla. Abrió los ojos y se sentó de golpe sobre el colchón, sólo para ver frente a él a un par de brazos que entraban por la puerta. Unos brazos enormes con manos que tenían largas y afiladas garras. Unos brazos hechos de ¿tinta? ¿En dónde había visto eso antes?