"-Esto que estás viendo, este hermoso amanecer, ese sentimiento que invade tu cuerpo al observar tan hermosa escena, es lo mismo que yo siento siempre que estoy contigo, siempre que te veo. Porque tú eres mi sol. Eres mi amanecer... "
El Nuevo Mundo...
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Muchos años antes de lo sucedido.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó intentando sonar serio tras abrir la puerta y descubrirla de pie del otro lado.
—¿Podemos hablar? Por favor.
—No tenemos nada de qué hablar.
—Por favor, Steve, lo siento. Déjame que te explique.
—¡¿Qué me vas a explicar?! ¿Que me cambiaste por otro, es eso? ¿O que me pusiste el cuerno? ¿Es eso lo que me vas a explicar?
Paloma sintió las lágrimas empapar sus ojos. Nunca, en ningún momento de su relación, Steve le había hablado de esa forma. Él era el hombre más perfecto y amoroso que cualquier chica desearía con ansias.
Su cabello blanco se pegaba a su frente debido al aguacero que estaba cayendo. El impacto de las gotas de agua resonaba contra la fachada de la casa del rubio.
—¡Perdón! —rogó con la voz quebrada—. Fui una estúpida, no supe valorarte. Steve, yo te amo, por favor, dame una segunda oportunidad.
Steve suspiró sonoramente.
—Yo también te amo, pero es mejor que no continuemos con esto. Sólo nos estamos haciendo daño, Paloma. Tenemos que seguir con nuestros caminos... por separado.
—¡No puedo, no sin ti! —la chica estiró los brazos para abrazarlo, pero el rubio la detuvo.
—Lo siento. Es mejor que te vayas.
La chica sollozó, dio media vuelta y se largó. Nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, pensó, y el dicho le cayó como anillo al dedo. Steve era el hombre perfecto: noble, cariñoso, guapo, romántico y mil adjetivos más, todos perfectos en cada sentido. Y ella, bueno, ella tomó el corazón del rubio y lo hizo mierda. Ya era tarde para remediar el daño provocado. Ahora se quedó como el perro de las dos tortas: sin novio guapo y sin amante ricachón.
Steve la observó irse en silencio. Estuvo a punto de correr hacia ella, tomarla del brazo, atraerla hacia él y besarla. Darle una segunda oportunidad. Después de todo, él la amaba. Pero no lo hizo. Entró a su casa y subió a su cuarto ante la mirada expectante de sus padres, quienes se encontraban en la cocina en ese momento.
Cerró la puerta con seguro y se apoyó de espaldas contra ésta. Lentamente, se deslizó hasta terminar en el suelo. Pegó sus rodillas a su pecho y las abrazó con sus brazos. Se quedó ahí, sufriendo y derramando algunas lágrimas.
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