"-Esto que estás viendo, este hermoso amanecer, ese sentimiento que invade tu cuerpo al observar tan hermosa escena, es lo mismo que yo siento siempre que estoy contigo, siempre que te veo. Porque tú eres mi sol. Eres mi amanecer... "
El Nuevo Mundo...
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Después de un ajetreado viaje por el mar, donde más de una vez estuvieron a punto de volcarse por las fuertes olas y la tormenta que los azotó a medio camino, alcanzaron el Jolly Roger. El enorme barco se alzaba sobre el mar con toda su majestuosidad, pareciendo un barco fantasma y errante en medio del mar de Disolvente. Isla Calavera se podía apreciar a lo lejos.
La intensa lluvia no parecía querer cesar. Las olas moderadamente grandes lograban hacer que el barco subiera y bajara al compás del mar. El fuerte viento empujaba las grandes velas atadas a los mástiles de la cubierta.
Acercaron la embarcación lo más que pidieron al enorme barco donde el Capitán Cráneo Rojo se encontraba escondido en algún lugar de si interior.
—¿Cómo vamos a subir? —cuestionó Peter.
En ese momento, un pequeño bote atado con unas cuerdas y poleas descendió hasta colocarse junto a la embarcación que el grupo abordaba. Era un bote común de madera, de esos que los piratas suelen usar para llegar a tierra firme con más facilidad, o en casos extremos, salvar sus vidas si el barco sufre algún tipo de daño.
Tony suspiró, consciente de que ese bote no bajó por casualidad o por mera suerte.
—Nos está esperando —afirmó.
—¿Es buena idea subir? —preguntó Natasha con evidente nerviosismo y miedo.
—No tenemos de otra —contestó—. Si no lo hacemos, nos arriesgamos a que reactive la máquina en Isla Calavera, y no podemos permitir que eso suceda. Además, necesitamos la siguiente pieza del cohete o Peter se quedará atrapado en este lugar para siempre. Recordemos que Victor quiere el corazón de Peter, por lo que necesitamos sacarlo de aquí antes de que el científico nos intercepte.
Los demás suspiraron y asintieron con pesadez. No sabían qué ocurriría una vez se encuentren con Cráneo Rojo cara a cara, o cómo terminará la inminente pelea. Pero, si de algo estaban seguros, es que hacían lo correcto. Sacar a Peter del Páramo y salvar al resto de las personas era lo correcto.
Con el corazón en sus gargantas (forma hipotética de decirlo, ya que eso es imposible de que suceda, obviamente. Sin contar que el único con un corazón en ese lugar era Peter), abandonaron la embarcación y montaron el bote que cayó a un costado de ésta. Casi al instante, el bote volvió a elevarse. Se escucharon los chorros de Disolvente mezclados con agua cayendo al memento que la superficie de madera se despegó del mar.
Cuando el recorrido del bote llegó a su fin, se encontraron frente a la cubierta del barco. Descendieron con cautela. Nada. No había ni un alma. Ni un sólo rastro del capitán. Blandieron las espadas que traían consigo, las cuales tomaron de algunas de las bestias mecánicas mientras buscaban los puntos de anclaje en Isla Calavera.
—Esto huele a trampa —susurró Bucky, y esperaba que sus predicciones no se cumplieran.
Viajando la vista por todas partes, Peter vislumbró lo que estaban buscando: en la punta de un mástil, dentro de un pequeño saco de tela dorada que se movía bruscamente por acción del viento y que parecía brillar por una luz proveniente de su interior, estaba la siguiente pieza del cohete. Era bastante evidente. Ya sus amigos le habían dicho que a Cráneo Rojo le encantaba provocar de esa forma a sus oponentes; es decir, a ellos.