14.

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Un balde de agua fría me hubiese tomado menos desprevenido. El corazón se me encoge y duele por la rabia que crece en mi pecho. Mi hermana busca mi mano para sostenerla y miro a Federica, quien luce un poco perturbada.

― ¿Qué? ―mascullo, mirando a mi hermano. Me levanto de la mesa, furioso y temblando de rabia―. Si dijiste que los pasteleros estaban completos, Mauricio ―le recuerdo.

Él no dice nada, nadie lo hace. Yo niego con la cabeza y golpeo la mesa con mi puño antes de salir de allí.

Las lágrimas pican mis ojos y mis manos tiemblan, queriendo partirle la cara al imbécil de mi hermano una y otra y otra vez. Todo lo veo rojo y lanzo al suelo un jarrón, haciéndolo trizas antes de entrar a mi cuarto y cerrar de un portazo.

Soy un jodido iluso. Casi quiero reírme de mí mismo por creer que con Fraga expandiéndose, yo tendría oportunidad de entrar. ¡Por supuesto que no! ¿Por qué pensé eso? Si mi propio padre y mi hermano mayor, quien era mi maldito amigo, me quieren fuera de todo lo que tenga que ver con el negocio familiar.

Estoy caminando de aquí para allá cuando la puerta se abre. No miro quien ha osado a entrar, pero definitivamente no estoy de ánimo para hablar con nadie.

―Quiero estar solo ―mascullo de inmediato.

―Sebas...

― ¡QUIERO ESTAR SOLO! ―estallo, encarando a la persona frente a mí.

Federica se encoge en su puesto, cerrando los ojos aunque no me he acercado a ella. Mi respiración está agitada y mi corazón parece a punto de detonar en mi pecho.

Ella me mira, enderezándose poco a poco. Sus ojos están cristalizados y me mira con lástima, cosa que me enerva aún más.

—¿Qué haces aquí? Ve, toma esta oportunidad para lastimarme. ¿O no me odias lo suficiente? ―hablo, señalando la salida―. Anda y trabaja en Fraga, clávame el maldito puñal en el pecho de una vez.

―No vine para pelear, Sebas ―musita con voz trémula.

―Oh, ¿ahora sí me hablas? Porque hace rato...

― ¡Por Dios, sabes que lo que hiciste estuvo mal! ―me grita y las lágrimas se deslizan por sus mejillas―. Me humillaste frente a tus hermanos, frente a mi prima. ¿En qué cabeza cabe besarme frente a todo el jodido mundo?

―No lo hice por humillarte ―aclaro, ofendido.

― ¿Ah, no? ¿Entonces por qué? ―pregunta, cruzándose de brazos.

― ¡Porque sí! Porque me estaba muriendo por probar tu boca otra vez ―admito y ella se nota sorprendida―. ¿Por qué te sorprende tanto? Siempre he dejado en claro que me pareces hermosa.

― ¿Hermosa cómo? ¿Para jugar con mi corazón? ¿Para follarme en el baño de una discoteca y después mandarme a la mierda? ―gruñe y yo cierro los ojos―. ¡Por favor, Sebas! Iba borracha, pero no soy tonta. ¡Te la cogiste!

― ¡Sí, me la cogí! ―respondo, molesto―. ¿Cuál es el problema? Estoy soltero, puedo coger con quien me dé la gana.

―No tenías derecho a besarme ―habla entre dientes.

―Tú tampoco ―le recuerdo―. Y no me quejé por ello. De todas formas, ¿por qué traer eso a colación ahora? Ya pasó. Aquí lo único importante es que seguro empezarás a trabajar el lunes en Fraga Restaurant.

― ¿Quién te dijo que aceptaría tal cosa? ―pregunta, ofendida.

― ¿Acaso eres así de estúpida?

― ¿Perdón? ―gruñe, acercándose a mí.

―Cualquiera aceptaría la entrevista, Fede. Es el mejor restaurante de la ciudad ―le recuerdo.

Caricias de chocolate | Libro 2 | Trilogía "Gastronomía del placer". (+18)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora