Mauricio y Gabriela se van a casar. Mi prima me ha pedido que, junto con Montse, me encargue de organizarle una boda sencilla pues ya las maestrías terminaron y Gaby se vendrá pronto.
Montse ya está aquí, junto con Cris. Mauricio se fue a Londres con Gaby mientras terminaba la pasantía, así que también regresa hoy a México.
No he querido hablar mucho con ella, pues las veces que lo he hecho ha intentado hacerme ver que Sebastián sí me ama y que no debería dejar que lo que pasó en el principio nos separe.
Muchos me tildarán de exagerada, porque eso pasó hace mucho, pero… ¿es que acaso no logran ver que eso estuvo mal? incluso él todavía lo ve como algo sin importancia, excusándose en que eso fue hace mucho tiempo y que en ese entonces era un idiota.
Pues lo sigue siendo, coño. Y sí, también lo sigo amando.
Ha ido a la pastelería a hablar conmigo, pero le he negado el acceso al área de cocina. Elena y Lucrecia han hablado con él, pero no logran convencerme de que lo escuche.
No puedo escucharle ahora, la herida está muy reciente.
¿Cómo quieren que no me sienta mal si mi maravillosa historia de amor con Sebastián fue falsa, desde un principio? Si él no hubiese fingido ser amable y, a lo mejor, hubiese seguido en la pastelería nuestras vidas no estarían unidas de esta forma.
¿O sí? Porque no lo voy a negar, su actitud de idiota nivel dios del olimpo me atraía mucho, pero ¿hasta qué punto? ¿Igual nos hubiésemos hecho cercanos? ¿Igual me hubiese contado sobre su papá y su mamá? ¿O todavía nos detestaríamos?
Igual, no es algo en lo que pueda pensar ahora, ¿cierto? Porque eso no pasó, él fingió y eso nos llevó a donde estamos ahora. ¿Se supone que debería estar agradecida por ello?
Estoy hecha un lío, maldita sea, más que todo porque odio que me mientan y detesto que utilicen a las personas. Y Sebastián Díaz Guerra hizo ambas.
Me limpio una lágrima rebelde y salgo de mi habitación. Me despido de mis papás y de tía Aida para salir de casa a recibir a Gabriela y a Mauricio en el aeropuerto.
Me paralizo cuando veo un coche, el que Mauricio le dejó a Sebas para que Pascual tomara unas vacaciones, estacionado frente a la acera de mi casa y respiro hondo cuando baja el vidrio, dejándome ver sus ojos mieles llenos de timidez.
—Montse y yo también vamos a recibir a Mau y a Gaby, pensamos en venirte a buscar ya que vamos al mismo sitio —habla, encogiéndose de hombros—. Sube, por favor.
Trago saliva con dificultad mientras siento que el abismo entre nosotros me hace añico el corazón. Abro la puerta del asiento trasero y me encuentro con una sonrisa tímida de Montse.
Muy buena jugada, pero no…, pienso.
—Arrímate para la otra esquina —ordeno, colocando una mano en mi cintura—, por favor.
Ella suspira, borrando su sonrisa, y se mueve hacia el otro lado. ¿En verdad creían que iría de copiloto con Sebastián? ¡Por supuesto que no!
Montse trata de sacarme tema de conversación, pero cuando nota mi poco interés, cierra el pico y mira por la ventana. Yo hago lo mismo, pero no puedo evitar sentirme tensa al sentir los ojos de Sebastián puestos en mí a través del retrovisor.
Cuando llegamos al aeropuerto, no espero a que me abra la puerta. Me bajo del carro y camino a paso apresurado hasta la zona de desembarque por la que saldrá mi prima con su futuro esposo.
Respiro hondo cuando su colonia llega a mis fosas nasales y los vellos de la nuca se me erizan al saber que está detrás de mí, pero ninguno hace ademán de hablar. Me remuevo con incomodidad y termino yendo a algún café a pedir algo de comer.
Cuando recibo mi orden, me siento en la primera banca que veo y me tenso cuando un peso extra rechina la misma. Por el rabillo del ojo noto que es Montserrat y suspiro, un tanto aliviada.
—Fede, oye… quisiera hablar contigo —inicia y yo la miro, dándole un sorbo a mi café—. Todo esto que está pasando con Sebastián, desde el inicio, es mi culpa ¿sí? Y me duele verlos tan distantes cuando ustedes se aman tanto.
—Yo…
—Escúchame, por favor —pide, sin dejarme hablar—. Yo fui la de la estúpida idea de que fingiera ser amable contigo para quedarse con el puesto, pero lo hice porque tanto él como yo teníamos muchas cosas que aprender y demostrar. Si él perdía el trabajo, mi padre jamás dejaría de burlarse de ello y sabes que eso le haría mierda el corazón. Le di la idea porque me preocupaba por él y porque sabía que, a pesar de que tenía que fingir, iba a aprender de sus compañeros a ser mejor persona.
»Todos los Díaz, en algún momento de nuestras vidas, fuimos idiotas e inmaduros pero el amor nos cambió. ¿Qué mejor prueba de ello que Mauricio? Conoció a Gabriela y decidió sacar adelante el negocio, quitar a mi padre del medio y darnos lo que nos merecíamos y por lo que tanto hemos trabajado. Mira a Sebastián, quien aprendió que no es un ser superior solo por nuestro ADN o por nuestro negocio, a ser mejor persona. Y eso se debe tanto a ti como a Elena, como a la pastelería.
»E incluso, mírame a mí. Tal vez siga siendo la misma mimada de siempre, pero Cristian me cambió y estoy sumamente agradecida por todo lo que me enseñó.
Ella se limpia una lágrima rebelde de la mejilla y respira hondo, cerrando los ojos porque sé que hablar de su familia debe ser difícil.
—Yo no pensé que te fueras a molestar por algo que pasó hace tiempo y estás justificada para estarlo, ¿bien? Por supuesto que estuvo mal, pero créeme cuando te digo que Sebastián solo fingió un par de horas contigo, luego solo fingía con él que te odiaba. Porque si no te odiaba, terminaría enamorado de ti y eso fue exactamente lo que pasó.
»En verdad, discúlpanos a ambos por todo. No fue nuestra intención herir a nadie, solo tratar de solucionar los problemas que nosotros mismos ocasionamos. Él te ama, Fede, y eso es lo más importante en su presente.
Ella se levanta y limpia de nuevo sus mejillas, antes de alejarse y acercarse a su hermano quien nos mira desde la distancia. Yo respiro hondo, más confundida que nunca ahora y me levanto cuando anuncian la llegada del avión donde viene mi prima y… mi cuñado.
Gaby aparece, arrastrando una maleta que deja caer al suelo cuando me ve y me abraza con fuerza. Yo la aprieto con la misma intensidad y sonrío, contenta de tenerla cerca de nuevo.
—Te extrañé tanto, mamita —le digo, tomando su rostro entre mis manos—. Estás tan hermosa, me encanta ese tono casi rubio de cabello.
—Yo también te extrañé mucho, hermana. No sabes cuánta falta me hiciste —admite y mis ojos se llenan de lágrimas.
—Bueno, bueno. Quiero ver el anillo en persona, carajo. Muéstrame —le pido, acabando con la cursilería.
De reojo puedo ver como Mauricio carga a Montse y le da un par de vueltas en el aire y luego abraza a su hermano, quien sonríe muy contento. Esa maldita sonrisa, pienso y suspiro.
Gabriela me muestra el anillo con emoción y me dice que en su luna de miel irán a tres lugares, empezando con Maldivas. Mauricio se acerca a mí y extiende sus brazos, así que acepto su gesto y lo abrazo.
— ¡Cuñadita! —Me dice, estrechándome con fuerzas—. Estamos ansiosos por ver cuando el ramo caiga en tus manos, a ver qué va a hacer Sebastián —agrega a modo de burla.
Sebastián me mira y yo huyo su mirada, sintiéndome un poco incómoda, pero nadie dice nada. Al fin de cuentas, él y yo no hemos terminado como tal, ¿o sí?
—Cambiarle el estado civil, por supuesto —responde él y eso hace que se me comprima el estómago al ver como sonríe—. Bueno, vamos, se van a hospedar en la casa, ¿no?
—No, cambio de planes —intercede Gabriela por mí, ya que ella sí sabe que estoy molesta con Sebastián—. Nos quedaremos en la suite, no se preocupen. Además, morimos de hambre y ¿qué mejor que volver al restaurante?
—Le diré a Aida que vaya al restaurante entonces —les digo y mi prima afirma.
Dejo que todos avancen primero, mientras escribo un mensaje a mi tía para avisarle que llegaron sanos y salvos. Retengo la respiración cuando una sombra se posa a mi lado y su colonia llega a mi nariz.
Maldita sea, pienso.
—Fede —musita.
—Ahora no, Sebastián —lo interrumpo, mirándolo.
Él afirma con lentitud, pero sigue caminando a mi ritmo y me abre la puerta de copiloto. Esta vez me siento a regañadientes, ya que Mauricio y Gaby van atrás con Montse.
—Yo le avisé a Cristian, para que también nos encontrara en el restaurante —informa Montse.
Afianzo el cinturón justo cuando Sebastián coloca su mano sobre la palanca y nuestros nudillos se tocan. Nos quedamos mirando por unos segundos, pero desvío la mirada a la ventana y me cruzo de brazos, a él solo lo escucho suspirar y pone el carro en marcha.
Mauricio y Gaby tienen un montón de anécdotas que contar y las escuchamos con atención hasta que llegamos al restaurante. Yo me ofrezco a ayudarlos con las maletas, pero Gabriela le pide a Mauricio que se quede con sus hermanos ya que quiere un momento a solas conmigo.
— ¿La situación está muy tensa todavía? —pregunta, colocando una mano en mi hombro.
—No sé ni qué decirte, Gaby. Él ha tratado de hablar conmigo, pero yo aún no puedo escucharle, ¿sabes? Es que ¡ugh, cómo odio que me haya utilizado! —me quejo, cubriendo mi rostro.
—Son errores del pasado, Fede. Todos crecemos, aprendemos, maduramos y él te ama muchísimo —me dice y yo la miro, suspirando.
—No sabes cuánto te extrañé —le digo, cambiando de tema.
Ella sonríe y las puertas se abren, así que la ayudo a organizar todo. La boda es en dos días, así que tengo que aprovechar el tiempo al máximo con mi prima. Sabrá Dios cuándo la vuelva a ver.
— ¿Piensas terminar con él o algo? ¿O ya no están juntos? —inquiere, sentándose en la cama frente a mí.
—No sé, no veo como que terminamos. Solo me fui de la casa porque no podía, puedo, podría… no sé, no lo quería cerca —admito, encogiéndome de hombros.
— ¿Y ahora sí?
—Por supuesto que sí. Lo extraño como no tienes idea —musito, cabizbaja—. Lo amo demasiado, Gaby. Demasiado.
—Bueno, bajemos ¿sí? En serio muero de hambre —pide ella, levantándose y tirando de mi mano ya que nota que mis ojos se llenan de lágrimas—. No puedo creer que en dos días me case con Mauricio. ¡Con Mauricio!
Se ve el anillo con tanta emoción que no puedo evitar sonreír, pero también pienso en cómo sería cuando Sebastián dé ese paso y me pida ser su esposa. ¿Cuánto faltará para ello? ¿Uno o dos años? ¿Meses? Peor aún, ¿dos días? Que ni se lo ocurra pedirme matrimonio en la boda de Mauricio y Gabriela. Creo que empiezo a hiperventilar al imaginármelo.
Cuando llegamos al restaurante, Gaby corre y se cuelga del cuerpo de Cristian. Yo me avergüenzo ante la algarabía, pero me alegra mucho verlos reunidos. No hay amistad más bonita y sincera que la de ellos.
Aunque no puedo evitar mirar a Montse, porque de seguro le afecta. Sin embargo, me sorprendo cuando sonríe con total sinceridad y aplaude, contenta.
Sí que ha madurado la mini Díaz, pienso, sonriendo.***
—Mierda, creo que voy a vomitar. ¡No debí haber comido empanada de caraotas con queso! —se queja Gabriela, temblando y pálida.
—No, no debiste, pero ya lo hiciste. ¿Por qué estás tan tembleque, mujer? —la regaño, tomando sus manos y le pido que respire hondo.
— ¡Estoy cagada! ¿Y si Mauricio se arrepiente y no está en la jefatura? Juro por Dios que lo busco por cielo y tierra para caerle a coñazo —habla entre dientes y yo miro a Montserrat, quien se cubre la boca para no reír.
— ¿Puedes colaborar, por favor? —inquiero y ella se pone seria, acercándose a mí.
—No seas pendeja, Gabriela. Mi hermano está tragadísimo por ti —le dice, acariciando su espalda—. Anda. Vamos a maquillarte y estás lista para ir al altar y ser una Díaz. ¡Al fin una mujer más en la familia! Y luego sigues tú, aunque te estés haciendo la dura de roer, ¿eh? —agrega, señalándome.
—Montserrat, ahora soy yo la que va a vomitar las empanadas con caraotas —le digo, sintiendo una presión terrible en el estómago—. Júrame que tu hermano no me va a pedir matrimonio hoy, por favor. ¡Júramelo!
—No te voy a jurar nada, ¿acaso le dirías que no? —inquiere, alzando una ceja.
— ¡Por supuesto que le diría que no! —miento—. Estamos peleados.
—Chingada madre —se queja, buscando su celular y habla—. Aborta misión, Sebastián. Fede dirá que no.
— ¡No le digas eso, Montse! ¿Es en… en serio? —balbuceo y me recuesto de la pared, sintiéndome mareadísima de repente.
— ¡No seas tonta! —se ríe la muy coño de su madre—. Te estaba jodiendo, por supuesto que Sebas no te va a pedir matrimonio hoy. Ni porque te caiga el ramo en las manos, tranquila. Sin embargo, eso no evita que tú seas la siguiente. Tenías que ver tu cara de pánico.
—Fue mejor que la mía, definitivamente —agrega Gabriela, riéndose—. Ahora, ¿alguien me va a terminar de maquillar? Porque estoy segura de que con esta tembladera en las manos, no voy a lograr nada bonito.
—Voy, voy —habla Montse, encargándose de maquillar a mi prima.
Yo me termino de arreglar y limpio mis manos sudorosas en mi vestido. Joder, que esa bromita de Montserrat fue muy pesada.
— ¿Harán a mis sobrinos en la luna de miel o en unos años? —le pregunta Montse, pero noto que eso hace que la piel de mi prima se ponga verde—. Bien, mala idea distraerte con embarazos y bebés. ¿Me dijiste que iban a las Maldivas?
Cuando la novia está lista, nos acompaña a la salida de la casa de Mauricio. Respiro hondo cuando veo a Sebastián recargado del auto, con traje y recuerdo el día de la graduación de Montse, Gaby y Cristian, cuando le dije que por qué todos los Díaz tenían que verse tan guapos vestidos de esa forma. Además, el muy hijo de la chingada está usando púrpura. ¡Púrpura! Y estoy segura de que es para combinarse conmigo.
Me tiembla el cuerpo cuando sus ojos me recorren de arriba abajo y cuando me mira a la cara, levanta la esquina de su boca en una sonrisa ladeada que muestra sus dientes. Trato de enfocarme en caminar con decencia o me matará con estos tacones por su jodida culpa.
Cristian llega en su motocicleta y miro a Montserrat con ganas de matarla. Ella no me dijo que se iría con él, así que ahora tendré que viajar a solas con Sebastián todo el trayecto hasta la jefatura.
—Nos vemos en la boda. ¡Los quiero! —chilla ella, despidiéndose de nosotros mientras se trepa en la motocicleta de Cristian.
Pero claro que se iría con su novio, Fede, me recuerdo.
—Bueno, los padrinos no pueden llegar tarde —dice él, abriendo la puerta de copiloto para mí.
Yo me adentro en el mismo, reprimiendo una estúpida sonrisita.
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Caricias de chocolate | Libro 2 | Trilogía "Gastronomía del placer". (+18)
RomanceAmbos tienen una pasión en común: los postres. ¿El problema? Se llevan de perros. Él es arrogante, egocéntrico y bromista. Ella es testaruda, orgullosa y atrevida. ¿Qué sucede cuando un beso lo endulza todo? Hay quienes dicen que el postre es un luj...