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 NARRA SEBASTIÁN

Por pedido de mi querida jefa, hoy puedo entrar a trabajar un poco más tarde. De todas formas, igual debo cumplir mis ocho horas de trabajo. Me despierto como a las diez de la mañana y reviso mis mensajes.

Mensaje de Mauricio:

Papá va a comer con Aarón y con unos compañeros de la junta. No puedo asistir, así que ve tú si puedes, por favor. Es en media hora.

Restriego mi rostro con ambas manos y me meto al baño para ducharme lo más rápido que puedo. Me coloco un pantalón de vestir, un suéter con cuello de tortuga color beige y un saco negro. Cuando no estoy en la cocina, suelo usar algunos anillos, así que estos son imprescindibles.

No tengo mucho que peinarme ya que siempre trato de llevar el cabello rapado, tal vez en unos años decida que vuelva a crecer. Por ahora, me gusta mi look así. Me aplico mi colonia Blue de Antonio Banderas y tomo mi cartera de bolsillo y mis cosas para ir en dirección a Café Toscano.

El chófer ya me está esperando, así que solo me trepo en el carro y él conduce por las calles de la ciudad. Sé que ese tipo de reuniones son largas, así que es probable que no pueda ir a trabajar hoy.

Tendré que inventarme alguna excusa.

Le escribo a Federica, diciéndole que no me siento muy bien. Le invento que tengo fiebre y mucho dolor de cabeza y ella me responde con que no hay problema, que me tome el día porque los lunes no hay tanto ajetreo en la pastelería.

Llego al café y busco con la mirada la mesa favorita de Aarón, donde se encuentra mi padre con los miembros de la junta directiva. Me sorprende ver a Gaby con el uniforme de mesera, ya que no sabía que trabajaba aquí.

Les sonríe con amabilidad y se da media vuelta, pero algo la hace paralizarse. Noto que se tensa y yo me acerco con sigilo, porque no tengo un buen presentimiento sobre su postura.

Llego a tiempo, ya que se da media vuelta casi que con llamas en los ojos y le cubro la boca, pegándola a una de las columnas del café.

— ¿Eres imbécil o qué coño te pasa? —masculla, aun intentando volver a la mesa.

―Menos mal llegué a tiempo, ya ibas a empezar a despotricar contra mi padre ―le digo, rodando los ojos―. Allí está el dueño del café, ¿acaso estás loca?

―Pues mejor, para dejarle en claro que la cocina dejó de ser dominada por hombres desde hace mucho tiempo. Es más, las mujeres siempre han sido las encargadas de la cocina, ¿por qué ahora quieren quitarnos el puesto? ―gruñe, visiblemente molesta.

―Quienes suelen ser los jefes en las cocinas son los hombres, Gabriela. A eso se refería mi papá ―explico, aunque es algo obvio.

― ¡Claro que no, Sebastián! ―exclama, irascible―. Joder, quiero matar a medio mundo. ¿Por qué ustedes tienen que ser tan machitos, eh?

― ¿Por qué ustedes tienen que ser tan feministas? Fede y tú nos van a volver locos ―me burlo, sonriendo un poco al pensar en mi jefa.

Ella me brinda una extraña mirada, sus ojos cafés un poco similar a los de Federica. No sé qué logra hacer que se calme, pero respira hondo antes de continuar.

― ¿Qué escuchaste exactamente que dijo tu papá? ―me pregunta, desviando un poco la mirada.

―Supuse que estaban hablando de mi hermana y de que es mujer, escuché lo de imponerse y toda la cosa. Ya te habías detenido antes y deduje que eso no podía ser nada bueno ―respondo, alzando una ceja.

Caricias de chocolate | Libro 2 | Trilogía "Gastronomía del placer". (+18)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora