La defensa del ex novio de Elena me parece innecesaria. Aún no entiendo cómo es posible que exista algún abogado que quiera ayudarle a reducir su pena o, en el peor de los casos, a dejarle en libertad.
Sé que es por derecho, pero considero que una persona que le ha hecho tanto daño a alguien no debería tenerlos. Maldita sea la norma del inocente hasta que se demuestre lo contrario, no puedo evitar pensar.
—El demandando ha confesado haber maltratado a Elena —me recuerda Mauricio al oído.
— ¿Y qué con eso? —murmuro, mirándole de reojo.
—No buscan dejarle libre, buscan rebajarle la sentencia —explica y yo aprieto mis puños, molesto por ello.
— ¿Sabes cuánto tiempo pueden darle para que se pudra en la cárcel? —inquiero.
—De treinta a setenta años, dependiendo de la gravedad del asunto. Si Elena hubiese estado a punto de morir, sin duda le darían más de setenta, creo que podemos esperar a que le den unos 40 o 60 años de cárcel —responde—. Y si le rebajan por confesar, creo que quedamos en treinta años.
—Chingada madre —mascullo entre dientes.
—Reciban al juez para el veredicto final —el portavoz declara y todos volvemos a ponernos de pie.
El juez entra y toma asiento en el estrado, apilando de manera elegante unos documentos en sus manos. Da la charla que resume todo lo que se ha hablado durante el caso y le pide a los consejeros junto a él que le entreguen el veredicto.
—Por decisión unánime entre los consejeros y yo, el juez a cargo de la sentencia, condenamos al señor Esteban José Montes de La Cruz a una condena de 50 años en la cárcel por maltrato físico, verbal, psicológico y violencia sexual contra la señorita Elena María Santos Cornejo durante tres años. Será trasladado a...
No escucho más. Cincuenta años me parece poco, pero me alegra que no salga librado de esta. Federica se levanta y tira de mi brazo en busca de estrecharme contra sí misma, mientras llora de felicidad.
—Estoy segura de que le irá muy mal allí. No sabes las cosas terribles que suelen hacerle a los hombres que se meten con mujeres —habla ella, levantando el rostro—. Me duele sentir satisfacción por lo que estoy por decir, pero... no creo que salga vivo de la cárcel.
—En estos momentos, Elena nos necesita —es lo que respondo, a pesar de que concuerdo con ella—. Vamos.
Elena se encuentra con nosotros a mitad de camino y nos une en un abrazo grupal, mientras llora. Lamentablemente, tengo que decir que sé que es una persona afortunada al obtener justicia porque hay muchísimos casos afuera de este tribunal al que no le prestan la debida atención, sea por cualquier motivo.
Sé que su justicia se debe a nuestro apellido y, por primera vez en mucho tiempo, es algo que no me enorgullece porque de ser así quisiera que cada mujer en México contara con, al menos, un Díaz que pueda ayudarle.
Pero sé que eso es imposible.
—Todo acabó, Elena. Ahora... solo vienen cosas buenas para ti —le dice Fede, quitando unos mechones de cabello de su rostro en un gesto que se me hace tierno.
—Chicos, los amo. Sé que yo soy la mayor y que debería cuidar de ustedes, pero no saben lo que significa todo lo que han hecho por mí —lloriquea, haciendo que un nudo en la garganta me incomode—. Son los mejores amigos que he tenido, las mejores personas que tengo en mi vida y les deseo muchas cosas buenas de todo corazón. Bendigo su relación, que sea larga, duradera y honesta, llena de mucho amor y cariño. Los quiero mucho —culmina con voz quebrada, volviendo a unirnos en un abrazo grupal.

ESTÁS LEYENDO
Caricias de chocolate | Libro 2 | Trilogía "Gastronomía del placer". (+18)
Roman d'amourAmbos tienen una pasión en común: los postres. ¿El problema? Se llevan de perros. Él es arrogante, egocéntrico y bromista. Ella es testaruda, orgullosa y atrevida. ¿Qué sucede cuando un beso lo endulza todo? Hay quienes dicen que el postre es un luj...