Abro la puerta del departamento y lo encuentro hecho trizas: los cojines están en el suelo y hay varios trozos de vidrio por el lugar. Montse está acurrucada en el sofá y veo su cuerpo temblar, cosa que hace que se me caliente la sangre y a la vez suspire.
—Mon —murmuro, acariciando su cabeza. Ella levanta su rostro y cierro los ojos al ver su maquillaje corrido—. Lo siento mucho —agrego, limpiando sus lágrimas.
—¿A quién quería extorsionar mi papá, Sebas? ¿Por qué quería divulgar ese contenido? ¿A quién estaba acosando? —pregunta.
—Quería divulgarlo para obligar a la víctima a acostarse con él —confieso y ella se cubre el rostro con las manos, sollozando—. Estamos mejor sin él, Mon. ¿Lo sabes, no?
—Pero no así, Sebas. No así, maldita sea —lloriquea y está por levantarse cuando la tomo de los brazos.
—Te vas a cortar —le digo, notando que está descalza. La ayudo a bajarse del sofá, alzándola en brazos y luego dejándola en el suelo donde está libre de vidrios.
—¿Qué puedo esperarme del hijo de puta que llevó al borde a mi mamá? —Pregunta, encaminándose a la cocina para tomar una botella de vino—. Ni se te ocurra acercarte a quitármela —advierte y yo alzo las manos, rendido.
—Toca esperar a ver qué sucede ahora con el negocio —murmuro, encogiéndome de hombros—. Y con nosotros tres, como hermanos.
—El muro entre nosotros y Mauricio era Leonardo. Sin él... no debería haber ninguno —responde, imitando mi gesto—. ¿Sabes quién es?
—¿Quién? —pregunto, ladeando la cabeza.
—La chica —responde, dándole un sorbo a la botella.
—Su identidad fue protegida, Mon —le recuerdo y ella me mira, entrecerrando los ojos.
—¿Ni Mauricio sabe quién fue? —pregunta.
—No lo sé —me libero de aquella tensión, dándole la espalda—. Mejor, ven a arreglar este desastre, chamaca. Yo te ayudo.
—Quisiera sentirme feliz por tenerlo fuera de nuestras vidas, al menos por unos cuantos años, pero... —murmura y yo la encaro de nuevo, sintiendo como se hunde mi pecho al ver su semblante tan decaído.
—Duele, lo sé —concuerdo y esta vez ella me mira—. Es nuestro papá al final de cuentas.
***
—Al fin Gabriela y Mauricio son novios, oficialmente —me cuenta Fede, sonriendo—. Una escapada romántica a un acuario. Como siempre, el señor Díaz pagó para tener el lugar para ellos solitos. Qué arrogantes son ustedes, ¿eh?
—Si yo hago algo parecido, te derrites. No vengas a quejarte —bromeo y ella sonríe, sin poderlo negar—. ¿Sabes cuándo le dirán a Montse?
—Luego de los resultados —responde, rodando los ojos—. ¡No entiendo por qué no se lo dicen de una vez!
—No sé, yo por mi parte... no pude decirle que todo lo que hizo Leonardo se lo hizo a ellos —murmuro, desviando la mirada.
—Niño, ¿cómo se lo vas a decir si ella no sabe que están juntos? —pregunta, tomando mi rostro entre sus manos.
—¿Y cuándo lo sepa? No quiero que se entere de eso —admito, suspirando—. Vamos a volver, ¿sí? Hay trabajo que hacer en la pastelería y ya la hora está terminando.
—Sebas, sé que te estás haciendo el fuerte en toda esta situación... pero también puedo ver que te duele tu papá.
—Por supuesto que me duele y me avergüenza también.
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Caricias de chocolate | Libro 2 | Trilogía "Gastronomía del placer". (+18)
RomanceAmbos tienen una pasión en común: los postres. ¿El problema? Se llevan de perros. Él es arrogante, egocéntrico y bromista. Ella es testaruda, orgullosa y atrevida. ¿Qué sucede cuando un beso lo endulza todo? Hay quienes dicen que el postre es un luj...