La Zona Safari era conocida entre los entrenadores por contener especies de pokemon extraños que difícilmente se hallaban en otros lados. Estaba a pocos kilómetros de ciudad Calagua, una ciudad grande y portuaria, por lo que era muy frecuentada por entrenadores de todo tipo. Grandes y chicos, expertos y novatos, ninguno quería perderse una ida a la famosa Zona Safari, aunque se gastara todas sus Ceboballs y se le acabara el tiempo sin capturar ni un solo pokemon, la experiencia era enormemente recomendada.
Cierto día, temprano por la mañana, justo después de abrir las puertas del safari, un muchacho de larga capa y sombrero apareció como de la nada ante las puertas. En la Zona Safari casi nunca tenían clientes a esa hora, por lo que solo había un empleado en la sala de entrada, detrás de la caja.
—Zona Safari— saludó el tipo, muy ocupado intentando ocultar su sueño como para reparar en la cara del recién llegado— ¿En qué lo puedo ayudar hoy?
—Hola— contestó el chiquillo, con una voz apacible— quisiera que liberaran a todos los pokemon cuanto antes, por favor.
El empleado, unos años mayor que el recién llegado cliente, se quedó mirando los botones de la caja. Esperaba que le pidieran un tiempo o le preguntaran sobre las distintas áreas de la Zona Safari, por lo que necesitó de varios segundos para comprender qué le decían.
Entonces se dio cuenta, y subió la mirada, atónito. Frente a él no se encontraba cualquier muchacho, sino que el mismísimo Ruby, el pirómano. Este lo miró con su ojo de color rojo y le sonrió con cordialidad, como un joven educado que iba a su primer safari.
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Pocas horas más tarde, una horda de miles de pokemon de distintas especies y tamaños corrió a través de las puertas rotas de la Zona Safari, hacia la libertad. Ruby y sus amigos se pararon sobre el edificio de la entrada del safari para mirar cómo los ríos de pokemon salvajes llenaban los caminos bien cuidados de la ruta 121 para dirigirse al oeste. Esperaron que todos los pokemon se marcharan sin más, pero de pronto los más grandes comenzaron a detenerse para mirar hacia atrás. Por un momento Ruby creyó que dudaban de si esa era la mejor opción, que los humanos irían a cazarlos nuevamente, y esta vez serían más crueles, más brutales... pero no era eso. Pronto se dio cuenta que no miraban al edificio con ojos largos, sino a él, con admiración.
En poco tiempo los otros pokemon del éxodo también se detuvieron y le dedicaron una mirada. Fue un espectáculo silencioso que dejó al muchacho y a sus amigos boquiabiertos; decenas de miles de cabezas giradas hacia ellos, callados.
—¿Qué hacen?— preguntó Ruby en voz baja— ¿Por qué no se van?
Brainy se aclaró la garganta.
—Creo...— su voz dubitativa. Estaba tan sorprendida como él— creo que saben que fuiste tú quien los liberó.
Ruby guardó un momento de silencio.
—¿Y qué hago?— alegó, nervioso.
—No lo sé ¿Saluda?
Nunca tantos ojos habían mirado a Ruby al mismo tiempo. Con cierta torpeza, alzó una mano sobre su cabeza. En ese mismo instante, como una bomba esperando una señal, los pokemon estallaron en rugidos y gritos de ovación. No se alcanzaba a oír nada coherente, pues no gritaban palabras, sino sus voces, la forma más básica de comunicación de cada especie, lo que todo entrenador oía al toparse con un pokemon salvaje. Sin embargo, Ruby comprendió el significado de cada una de esas voces sin problemas: "Gracias. Eres nuestro salvador".
La mano torpe de Ruby se volvió un puño firme, el cual recogió y alzó de nuevo con más fuerza. Los pokemon volvieron a gritar, emocionados. Ese momento de gloria era una chispa que causaría el incendio sobre la tiranía de los humanos.
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Esclavos de Hoenn
Fanfiction*AU donde los pokemon tienen forma humanoide y pueden hablar. Al momento de mudarse, Ruby cree que los pokemon no deberían tener que hacer lo que sus amos humanos les dicen, así que decide cambiarlo. Esta es una versión alternativa de los eventos en...
